Las ciudades también esconden cadáveres bajo sus mitos. A veces aparecen enterrados bajo discursos científicos; otras, detrás de sermones religiosos o proyectos políticos que prometían un futuro mejor. En El Club Barba Azul, José Mariano Leyva levanta esas capas de polvo histórico para mostrar uno de los rostros más oscuros del México posrevolucionario.
La trama sigue a la doctora y psicóloga Ángela de Lizardi, quien descubre un inquietante patrón en la morgue del antiguo Palacio de Medicina: la aparición constante de cadáveres de niños pequeños. La investigación la conducirá hasta una organización secreta protegida por las élites políticas y científicas del país.
Cuando los niños eran invisibles
Uno de los aspectos más perturbadores de la novela surge directamente de la realidad histórica.
«En ese momento, estamos hablando de los 20 de México, era muy común ver a los niños en la calle de manera prácticamente masiva. No había nada parecido a instituciones o de protección para la infancia. Al gobierno no le interesaba la idea de proteger a los niños. Es una idea muy reciente», explica Leyva.
El autor descubrió durante sus investigaciones que muchos de los primeros intentos institucionales por retirar a menores de las calles no estaban motivados por razones humanitarias.
«Ni siquiera era por el bien de los niños, era porque lo dicen de manera concreta en un discurso, los niños afeaban la ciudad. Era horrible», señala.
La ciencia como herramienta del prejuicio
Otro de los ejes centrales del libro es la forma en que ciertos discursos científicos fueron utilizados para justificar prácticas discriminatorias y teorías racistas.
«La ciencia de repente sí servía para justificar cuestiones ideológicas de corte completamente racista», explica el escritor.
Entre los hallazgos que inspiraron la novela aparecen estudios que vinculaban el alcoholismo con criterios raciales.
«Muchas teorías de la época seguían teniendo que el alcoholismo era una condición que solamente tenían los indios, como ellos lo llamaban. Y que por supuesto jamás una persona blanca».
La investigación de Leyva también lo llevó a descubrir experimentos médicos reales que hoy resultan estremecedores.
«Hay referencias, por ejemplo, de unos médicos daneses que para curar la homosexualidad se les ocurrió hacer un injerto de testículos y el injerto de testículos terminaba en la muerte del que lo recibía», relata.
El horror del fanatismo
La Guerra Cristera ocupa un papel central en la atmósfera del libro. Sin embargo, Leyva evita construir una lectura simplista del conflicto y prefiere mostrar cómo los extremos ideológicos pueden desembocar en violencia.
«Tienes por un lado los revolucionarios recalcitrantes… y por el otro lado tienes a religiosos muy aguerridos, también tremendamente radicales», explica.
Para el autor, la lección sigue siendo vigente un siglo después.
«La ciencia en sí misma no es mala, la religión en sí misma no es mala, la revolución en sí misma no es mala, pero cuando llevas cualquiera de estos temas hacia un punto completamente fanático, empiezan a crearse pesadillas».
Esa es precisamente la esencia de El Club Barba Azul: una novela donde los monstruos no nacen de lo sobrenatural, sino de las ideas convertidas en dogma. Una máquina del tiempo literaria que, como define su propio autor, busca responder una pregunta inquietante: «¿Cómo sería si te metes a una máquina del tiempo y llegas a la calle?».






