Por Carlos Pascual*
Cuando se considera que la homosexualidad, y la homosexualidad juvenil en particular, “ya no es tema” o es “un tema superado” para los escenarios, el filósofo, dramaturgo y director de escena Alejandro Massa Varela nos ofrece en su texto “Tres, dos, uno o la Trinidad del amor homosexual” una visión que, no por haber sido visitada en otras ocasiones y por otros autores, es menos innovadora y sorprendente.
¿Por qué? Porque en un panorama donde gran parte del teatro contemporáneo oscila entre el naturalismo y la experimentación formal vacía, el texto de Massa Varela propone una vía distinta: un teatro que piensa sin renunciar a la emoción. Su mayor virtud no radica en la acción, sino en algo más exigente: la capacidad de convertir el conflicto interno en materia escénica.
La obra es discursiva, sí, pero el autor asume con claridad esta naturaleza y lo hace sin caer en un texto didáctico. El suyo es teatro de ideas. La obra no explica, expone las tensiones soterradas que existen entre Ema y Di -Emmanuel y Eduardo- quienes no son únicamente sujetos dramáticos, sino vectores de pensamiento que encarnan dos formas de habitar la experiencia homosexual. Ema es abierto al cuerpo, al deseo inmediato, a la exploración sin mediación, mientras que Di está orientado hacia la contención, la estructura espiritual y la búsqueda de sentido en lo trascendente.

Lejos de plantear una dicotomía simplista, la obra logra algo más interesante: mantener ambas posturas en fricción constante, sin resolverlas. Esta decisión es, en sí misma, un acierto. En lugar de ofrecer respuestas, el texto sostiene la complejidad.
Uno de los aportes más sólidos de la obra es el uso del lenguaje: directo, ambiguo, descarnado y por momentos, prosaico. Aquí, las palabras no son vehículo de la acción, son la acción misma. La discusión sobre el cuerpo, el pecado, el amor y la identidad no aparece como ornamento intelectual, sino como el territorio donde se disputa la experiencia.
El texto permite cuestionar términos heredados -teológicos, sociales, morales- y reconfigurarlos desde la vivencia contemporánea. En este sentido, la obra no es únicamente dramática, sino también crítica y relectora de tradición.
Un elemento particularmente valioso es la manera en que se aproxima a lo religioso. En lugar de adoptar una postura de confrontación frontal, opta por un gesto más complejo: reapropiarse del lenguaje teológico. En este sentido, el tercer personaje, que es el Espíritu Santo -ni más ni menos- funciona como un dispositivo escénico que desborda lo literal. No es sólo una figura religiosa, sino una instancia que articula el deseo y la conciencia.
La presencia del que es llamado simplemente Espíritu -que no juzga, que no induce- permite que la obra explore preguntas profundas llenas de simbolismo: ¿Puede el cuerpo ser sagrado? ¿Es posible una espiritualidad que no niegue el deseo? ¿Dónde se origina realmente la culpa?
El resultado es una propuesta que no cancela la fe, sino que la reformula desde la experiencia encarnada, siendo éste, tal vez, el giro más interesante del texto: reabrir la discusión entre la Iglesia -no necesariamente católica- y la diversidad sexual. Massa Varela lo discute con total libertad, alejándose por completo de las discusiones bizantinas que han jalonado el tema entre la institución y los creyentes desde hace siglos.
El autor propone, tanto en la elección de su reparto como en su producción, una estética híbrida a través del manga japonés, tan incrustado ya en el gusto visual de los jóvenes creadores. Y en este sentido, la influencia de la estética del manga no es superficial. Se manifiesta en la construcción de atmósferas, en la estilización de los gestos y, sobre todo, en la forma de representar la interioridad. Este recurso permite romper con el realismo psicológico tradicional y abrir un espacio donde lo emocional, lo simbólico y lo imaginario coexisten.
Así, la obra logra traducir a lenguaje escénico algo difícil de capturar: la experiencia fragmentada, intensa y a veces contradictoria del sujeto contemporáneo. ¿La estética manga que plantea el autor suple la realidad visual de los urbanos contemporáneos? ¿Es un meta lenguaje como, por ejemplo, los “extrañamientos brechtianos”? Las muchas canciones que desde el texto propone utilizar Alejandro Massa Varela, ¿redondean el concepto escénico? ¿Lo reconfiguran? Para responder a estas preguntas será necesario conocer el montaje y constatar cómo es que el director logra traducir a escena su propia intención dramatúrgica.
El logro principal de la obra “Tres, dos, uno…” consiste en visibilizar la complejidad de un tema que pareciera “no dar más” para su exploración escénica. Por fortuna, la obra se distancia de discursos simplificadores sobre la homosexualidad. No hay aquí una narrativa de liberación lineal ni una representación estereotipada. En su lugar, se presenta una realidad más cercana a la experiencia de muchos jóvenes: la identidad sexual como proceso, no como una certeza (salir o no del clóset, lejos de lo que se percibe en múltiples novelas, series o películas, sigue siendo un problema para millones de personas). El deseo se muestra como una fuerza ambivalente (también en contra de los estereotipos en libros y pantallas que hacen de la palabra gay -feliz, en español-, una realidad edulcorada). Y, por último, el sentido de culpa, no impuesto por la familia o la religión, sino como un fenómeno internalizado.
Estos enfoques son los que aportan profundidad a una obra que no busca representar “lo correcto”, sino “lo verdadero” en su complejidad. En un contexto cultural que tiende a polarizar, cuando no a simplificar, la obra apuesta por la ambigüedad, la tensión y la pregunta abierta. Más que una obra sobre la homosexualidad, este texto es una exploración sobre las formas contemporáneas de amar, creer y habitar el cuerpo. Su valor está en atreverse a sostener lo que resulta incómodo: que incluso en contextos de mayor apertura, como lo es la juventud, el conflicto no desaparece, sólo se transforma.
En este sentido, la obra no ofrece consuelo, no opina, no da consejos. Ofrece, en cambio, algo más raro y valioso: lucidez.
Tras un mes de representaciones en la Sala Julián Carrillo de Radio UNAM, la obra de Alejandro Massa Varela «Tres, dos, uno o la Trinidad del amor homosexual» estará durante mayo en el foro Somos Voces de la Zona Rosa y en el El 77, Centro Cultural Autogestivo los martes 12, 19 y 26. Con Axel Tapia, Hazel González y Mauricio Popoca.
Informes en revolucion.serenidad@outlook.com y tel. 5553365941
(*) Carlos Miguel Pascual Quiroz, escritor y dramaturgo mexicano nacido en 1964. Premios: Grijalbo de Novela 2010 por La insurgenta; Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido 2022 por Dragón de Sangre y Nacional de Periodismo 2001.
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