Dos guajolotes se enfrentan a muerte, un alcalde cocinero debe impartir justicia y un caso insólito termina por exhibir los vicios del poder, así comienza “Juicio a dos guajolotes en mole”, una comedia de Los Chatos Teatro que recupera una pieza novohispana del siglo XVIII para cuestionar, entre títeres, humor y sátira, quién está realmente preparado para ejercer la justicia.
En entrevista para AMEXI, el actor y dramaturgo Adrián Martagón cuenta cómo transformó el “Curioso entremés de dos guajolotes que se pelearon” en una sátira contemporánea sobre la corrupción, la autoridad y las debilidades humanas, en la que el absurdo y la gastronomía mexicana se convierten en ingredientes de una crítica social.
Definida por la compañía Los Chatos Teatro como una farsa judicial novohispana, la obra recupera una pieza anónima escrita en el siglo XVIII dentro del Convento de Santa Mónica, en Puebla, y la pone en diálogo con el presente desde la comedia, el disparate y el sentido del absurdo.
La dramaturgia conserva la médula de aquel conflicto en el que un guajolote mata a otro, la propietaria del animal muerto reclama justicia y las partes terminan frente a una autoridad que debe decidir qué hacer.
A partir de esa aparente pequeñez, el montaje convierte el juicio en una parodia del poder, de los protocolos y de la facilidad con la que el sentido común puede extraviarse entre solemnidades, intereses y palabras sin fondo.
“Me interesó descubrir que, detrás de una situación aparentemente absurda había preguntas que siguen siendo profundamente actuales: quién ejerce el poder, quién está preparado para hacerlo y qué ocurre cuando la autoridad debe resolver un conflicto”, señaló Adrián Martagón.
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Una sátira sobre la justicia y el poder
De acuerdo con Martagón, ese diálogo con el presente incorpora, dentro del cuerpo de la obra y sin convertirla en un posicionamiento partidista, una reflexión sobre la impartición de justicia y sobre la discusión pública que en México se intensificó a partir de 2024 en torno al Poder Judicial.
En ese sentido, explicó que se utiliza la ineptitud del alcalde, la disputa de las propietarias y la desmesura del procedimiento como materia cómica para poner bajo la lupa la autoridad y el arbitraje de los conflictos.
Martagón dijo que la historia le permitió establecer paralelismos entre la justicia novohispana y las discusiones actuales sobre la manera en que se elige a quienes tienen la responsabilidad de impartirla.
“Es un alcalde que fue electo por sus dotes culinarias, o sea, como alcalde es un gran cocinero y es la cocina lo que le da la popularidad dentro de su pueblo y es por eso que lo eligen alcalde. Entonces esto de alguna manera tiene el resonador de la reciente reforma judicial que en 2024, bueno, pues a todos nos hizo pensar en cómo se impartía la justicia y en si los parámetros de popularidad iban a ser sanos para el ejercicio democrático”, señaló.
El dramaturgo aclaró que la intención de la compañía no es adoctrinar al público, sino utilizar la comedia para explorar las contradicciones y debilidades humanas.
“Nosotros creemos en el poder de la risa antes que en el adoctrinamiento, nosotros creemos en la comedia antes que en hacer teatro moralino, moralizante y más allá de una lectura política creo que lo que estamos poniendo en escena es un guiso de pasiones y de vicios humanos”, expresó.
La gula y los pecados capitales, ingredientes de la obra
El hambre también ocupa un lugar central en la dramaturgia, pues la obra está construida a partir de la concepción cristiana de los siete pecados capitales y la gula funciona como detonador principal, mientras la soberbia, la ira y la envidia atraviesan a otros personajes y se convierten en motores dramáticos.
El guajolote deja así de ser únicamente la víctima del caso para convertirse en objeto de deseo, apetito y disputa.
Martagón explicó que respetó la cosmovisión religiosa presente en el texto original, escrito por una religiosa, para construir personajes atravesados por distintas debilidades.
“No es únicamente el alcalde a quien, digamos, está apuntalado un núcleo de gula mucho más evidente que los otros personajes, pero también he respetado esa cosmovisión que viene de una pluma conventual, es decir, de una hermana religiosa. Entonces hay ingredientes de los pecados capitales puestos en cada uno de estos personajes y pues no hay nada más humano que los vicios, que las debilidades carnales y que aquellas cosas que nos hacen ser seres lábiles, seres imperfectos”, comentó.
El universo de Martagón también incorpora además referencias cinematográficas y populares que amplían la lectura del montaje.
“Macario” aparece como una alusión directa al imaginario de la película homónima; la voracidad y el banquete dialogan con “La gran comilona” y “El festín de Babette”; y uno de los registros interpretativos establece un puente con la figura de Eulalio González “Piporro”.
Teatro, títeres y personajes que cuestionan la moral
La puesta, dirigida por Itari Marta, se sostiene en un ritmo de farsa, gestualidad física, caricatura y contacto directo con el público.
Los títeres forman parte de sus lenguajes escénicos, junto con la multiplicidad interpretativa de Adrián Martagón y Daniela Acuayte, quienes transitan por distintos personajes para construir un universo deliberadamente grotesco y popular.
Para el dramaturgo, uno de los mayores retos fue escribir una obra en verso que conservara el ritmo y el lenguaje de la época, pero que también permitiera establecer conexiones con el presente.
“Como dramaturgo, sin duda escribir una obra en verso implica un ejercicio de mucho detalle, de mucho trabajo, de comprender el ritmo, el habla, el lenguaje propio de la época, permitiéndose sí ciertas licencias con la actualidad, pero reitero conservando el sabor, el sazón novohispano”, explicó.
La historia también invita a reflexionar sobre los juicios y prejuicios que las personas construyen cotidianamente y aunque el público no decide mediante una votación el destino del guajolote acusado, la puesta propone un diálogo directo y un convivio gastronómico que forman parte de la experiencia teatral.
“La impartición de justicia está supeditada a un código moral y eso lo anunciamos desde las primeras escenas, porque es un teatro que juega también a una metateatralidad. Entonces todo código moral corresponde a conceptos binarios de bien y mal”, explicó Martagón.
Y añadió que “como seres individuales, que entiendo que la mayoría no somos jueces y no somos árbitros de justicia, pero sí estamos evaluando constantemente acciones o incluso a personas, si están en lo malo o en lo bueno, y esos son los juicios o prejuicios con los que vamos señalando defectos, vicios y señales de las personas”.
¿Cuándo y dónde ver “Juicio a dos guajolotes en mole”?
La producción de Los Chatos Teatro, a cargo de Eduardo Romo y Adrián Martagón, tendrá una breve temporada del 29 de octubre al 19 de noviembre de 2026, con funciones los jueves a las 20:00 horas en el Centro Cultural El Hormiguero, ubicado en Gabriel Mancera 1539, colonia Del Valle Sur, alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México.
La puesta está dirigida por Itari Marta y cuenta con las actuaciones de Adrián Martagón y Daniela Acuayte. Tiene una duración aproximada de 70 minutos y está dirigida a adolescentes y adultos.
Los boletos tienen un costo general de 300 pesos, con descuentos de 30 por ciento para maestros y de 50 por ciento para estudiantes, personas con credencial INAPAM y vecinos de la alcaldía Benito Juárez. Se pueden adquirir en Boletópolis y en las taquillas del recinto.
La invitación de Martagón es acercarse a esta historia para descubrir su particular mezcla de teatro, humor y gastronomía: «Para que prueben la latinada, el latinado sazón del alcalde Macario García», concluyó.



