Hay artistas que mueren y hay artistas que, de alguna manera, nunca se van. José Alfredo Jiménez, Tomás Méndez y Rubén Fuentes pertenecen a esa segunda categoría.
A cien años de sus respectivos nacimientos, sus nombres volvieron a ocupar un mismo escenario la noche de este domingo en el Centro Cultural Roberto Cantoral, donde Inmortales: El Canto Eterno de México convirtió la memoria en música y reunió a distintas generaciones alrededor de tres autores fundamentales para entender la canción mexicana.
La velada tuvo como protagonista al Mariachi Vargas de Tecalitlán, cuya presencia adquirió un significado especial al tratarse de una agrupación estrechamente vinculada con la trayectoria de Rubén Fuentes, quien fue una figura determinante en su evolución musical.
A través de las interpretaciones, las obras de los tres homenajeados dejaron de sentirse como piezas de un pasado distante. Volvieron a sonar vivas, actuales y capaces de provocar la misma emoción que las convirtió en parte de la memoria colectiva de México.

Tres historias que terminaron siendo de todos
José Alfredo Jiménez escribió sobre el amor, el desamor, la soledad, la derrota y esa particular manera mexicana de levantarse después de perderlo todo. Tomás Méndez convirtió imágenes de la cultura popular en canciones que atravesaron generaciones, mientras que Rubén Fuentes aportó una mirada musical que transformó y llevó el mariachi a nuevos escenarios.
Sus caminos fueron distintos, pero terminaron encontrándose en algo que permanece intacto: sus canciones.
Y precisamente por eso, el homenaje no se limitó a recordar fechas o trayectorias. El escenario se convirtió en un punto de encuentro entre quienes heredaron directamente sus historias y quienes continúan interpretándolas.
Entre ellos estuvieron José Alfredo Jiménez Medel, hijo de José Alfredo Jiménez, y Tomás Méndez Jr., hijo de Tomás Méndez, quienes participaron en la construcción y presentación de este proyecto con una responsabilidad que va más allá de lo artístico: mantener vigente la memoria de sus padres.
La presencia de los descendientes añadió una dimensión íntima a una celebración que, aunque estaba dedicada a tres figuras de la música mexicana, también hablaba de familias que han aprendido a convivir con un legado que dejó de pertenecerles exclusivamente para convertirse en patrimonio cultural.
César Costa: memoria de una generación
Al frente de la conducción estuvo César Costa, amigo cercano de los tres homenajeados y una figura que, por su propia trayectoria, pertenece a una generación que conoció de primera mano el México musical en el que José Alfredo Jiménez, Tomás Méndez y Rubén Fuentes construyeron sus carreras.
Su participación funcionó como un puente entre la memoria personal y la historia de la música popular mexicana.
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Más que conducir una sucesión de números musicales, Costa acompañó una noche en la que los recuerdos de una época convivieron con voces e intérpretes de generaciones posteriores.
Rosy Arango y una tradición que se niega a desaparecer
La voz de Rosy Arango se sumó a la celebración para demostrar que la música mexicana puede conservar sus raíces sin convertirse en una pieza de museo.
Su participación, junto al Mariachi Vargas de Tecalitlán, llevó nuevamente al centro del escenario una tradición que continúa encontrando intérpretes y públicos dispuestos a escucharla.
También estuvo presente José Alfredo Jiménez Medel, mientras que el legado de la familia Jiménez encontró continuidad en la participación de Luis Alfredo Jiménez, representante de una nueva generación que lleva uno de los apellidos más importantes de la música mexicana.
El contraste resultó inevitable: quienes alguna vez escucharon estas canciones cuando fueron estrenadas compartieron espacio, simbólicamente, con quienes hoy las descubren por primera vez.
El verdadero homenaje ocurrió cuando comenzaron las canciones
Porque un centenario puede celebrarse con discursos, fotografías y reconocimientos.
Pero para tres compositores como José Alfredo Jiménez, Tomás Méndez y Rubén Fuentes, probablemente no existía una manera más fiel de recordarlos que volver a cantar sus obras.
En el Centro Cultural Roberto Cantoral, sus nombres aparecieron en el escenario, pero fueron sus composiciones las que terminaron ocupando todo el espacio.
Ese es quizá el significado más profundo de Inmortales: comprobar que cien años después de sus nacimientos, estos tres autores siguen formando parte de conversaciones, reuniones, celebraciones, despedidas y momentos cotidianos de millones de mexicanos.






