La historia oficial de México suele escribirse con letras de bronce que, con el paso de los siglos, terminan por enfriar la memoria colectiva y petrificar el dolor humano. Cada 21 de marzo, el calendario cívico nos obliga a detener la mirada en San Pablo Guelatao, Oaxaca, la tierra que en 1806 vio nacer a Benito Juárez García.
Su figura, indispensable para entender la consolidación del Estado mexicano, se erige sobre pedestales inalcanzables que a menudo ocultan la inmensa fragilidad que sostuvo a la república en sus horas más lúgubres.
Benito Juárez, el niño de niñez precaria que forjó su propio destino estudiando latín, filosofía y teología, llegaría a transformar las entrañas del país promulgando en 1855 la mítica «Ley Juárez», aboliendo los privilegios de militares y clérigos, y defendiendo la Constitución de 1857.
Sin embargo, narrar esta epopeya ignorando a su esposa, Margarita Maza Parada, quien fue su igual en la trinchera y en el sufrimiento, es condenar la historia a una dolorosa ceguera.
El año de una mujer que sostuvo a la nación en penumbras
Hoy, los tiempos exigen una lectura distinta, una que desgarre el bronce y nos muestre la carne. El gobierno de México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, ha declarado oficialmente a 2026 como el año de Margarita Maza Parada.
En un acto de profunda justicia histórica y reivindicación, se ha suprimido el anacrónico «de Juárez» en los oficios y papeles de gobierno, recordando al país que las mujeres de nuestra historia poseen un peso, un valor y una identidad innegable por sí mismas.
A escasos días de conmemorar también el natalicio de Margarita, ocurrido el 29 de marzo de 1826 en la ciudad de Oaxaca, es urgente hacer un verdadero recuento de los daños.
Hija adoptiva de Antonio Maza y Petra Parada, creció en un hogar que le brindó un tesoro escaso para su época: la alfabetización. Su mente, forjada en la lectura y curtida por los abusos del clero que atestiguó, construyó una ideología liberal y un posicionamiento anticlerical tan férreo como el de su esposo.
Se casaron el 31 de julio de 1843, cuando ella tenía 17 años y él 37. Desde ese momento, sus destinos se fundieron en un pacto que le costaría a la oaxaqueña la paz, su patrimonio y la cordura.

La soledad del destierro y el frío del exilio
Cuando los oscuros vientos de la dictadura de Antonio López de Santa Anna enviaron a Benito Juárez a las prisiones de San Juan de Ulúa y posteriormente al destierro, la represión del Estado cayó a plomo sobre Margarita.
Lejos de rendirse o adoptar el papel de víctima pasiva, la joven demostró un genio táctico inigualable. Para sostener a su familia, abrió una modesta tienda en la villa de Etla, administrando lo poco que tenían mientras resistía el acoso constante de los generales conservadores que soñaban con encarcelarla para ganarse el favor del dictador.
Años más tarde, con la Intervención Francesa y el avance de las tropas extranjeras que buscaban instaurar el Segundo Imperio, Benito Juárez se vio obligado a llevar la república en una carreta hacia El Paso del Norte. Margarita, por su parte, fue arrojada a un amargo y helado exilio en los Estados Unidos.
Allá, entre 1864 y 1867, fungió como la verdadera representante diplomática del bando republicano. Cabildeó ante el presidente estadunidense Andrew Johnson, organizó juntas para financiar los hospitales de sangre del Ejército de Oriente e impidió el reconocimiento de Maximiliano de Habsburgo, logrando que el gobierno extranjero apoyara la causa de la resistencia.
La culpa de sobrevivir
Pero el costo de tejer la diplomacia de una nación en guerra fue el infierno mismo. Margarita pagó la cuota de sangre más alta que se le puede exigir a un ser humano.
De los 12 hijos que concibió la pareja, cinco no lograron llegar a la edad adulta. Fue en Nueva York, bajo un invierno inclemente y en la más aplastante lejanía, donde la enfermedad le arrebató a sus pequeños Antonio y Pepito.

Las cartas de la resistencia
La distancia continental que los separaba solo pudo sortearse a través de la tinta. Las cartas que viajaban clandestinamente eran el único salvavidas de dos almas ahogadas en la tragedia.
Hoy, gracias a los archivos que sobrevivieron (Margarita y Benito – Acervo del INEHRM), podemos asomarnos a ese abismo. En una carta fechada el 4 de enero de 1866 en Nueva York, Margarita desnudó una culpa que estremece, confesándole a Juárez su incapacidad para seguir adelante sin sus hijos:
“Si Dios no remedia nuestra suerte yo no resisto esta vida de amargura que tengo sin un momento de tranquilidad; todos son remordimientos y creo que tú lo conoces, que yo tengo la culpa de la muerte de mis hijos, tienes razón, yo no quisiera presentarme delante de ti, sin ellos, porque me debes aborrecer y con razón, pero es tanto lo que sufro, que soy digna de lástima; sólo yo sé lo que sufro con estas ideas tan tristes que me vienen. No extrañes que algunas veces no te escriba porque no sé de que hablarte, en mi cabeza no tengo más que a mis hijos que perdí, pensar en otra cosa es imposible.”
Sola, rodeada de un idioma ajeno y sin el abrazo del hombre al que amaba, Margarita se ahogaba en el luto.
El dolor compartido desde la frontera
Por su parte, Juárez, que ante sus ministros en la frontera mantenía la estoica investidura presidencial, en sus textos íntimos se desmoronaba. Meses antes, el 15 de septiembre de 1865, desde El Paso del Norte, el prócer intentaba darle consuelo compartiendo la misma desolación (Margarita y Benito – Acervo del INEHRM):
“Te supongo llena de pesar por la muerte de nuestro tierno hijo Antonio como lo estoy yo también. La mala suerte nos persigue; pero contra ella qué vamos a hacer; no está en nuestra mano evitar esos golpes y no hay más arbitrio que tener serenidad y resignación. Sigue cuidando a los hijos que nos quedan y cuídate tú mucho. Procura distraerte y no fijes tu imaginación en las desgracias pasadas y que ya no tienen remedio.”

El saqueo institucional a la memoria de México
Esas palabras, escritas con el corazón destrozado de un padre que no pudo enterrar a sus propios hijos y de una madre consumida por la culpa del destierro, son el testimonio de que las leyes de Reforma se cobraron con lágrimas.
Sin embargo, el inmenso dolor de esta mujer parece estar condenado a un constante despojo. Tristemente, nuestros acervos históricos no siempre han estado a salvo del abandono institucional y la indolencia.
A lo largo de las décadas, varias de estas invaluables y trágicas cartas, que alguna vez reposaron resguardadas en el Archivo General de la Nación, fueron sustraídas en total silencio y misterio. Este robo imperdonable, producto de la vulnerabilidad de las instituciones y el acecho del mercado negro, representa un atentado directo contra la memoria y la identidad del país.
Entre los documentos perdidos en el tiempo se encontraban las hojas más íntimas donde Juárez desnudaba su alma. Si hoy conocemos el enorme sufrimiento de la pareja es solo porque figuras dedicadas, como el ingeniero Jorge L. Tamayo, transcribieron pacientemente esos archivos a mediados del siglo pasado.
Del papel original, de las letras manchadas por la angustia viva de Margarita, hoy solo nos queda la impunidad y el vacío en los estantes.
Un adiós puramente republicano y el eco de los cañones
La vida de Margarita se apagó de forma prematura el 2 de enero de 1871 en la Ciudad de México, a los 44 años de edad, devorada por una implacable enfermedad que se presume fue cáncer.
Su funeral rompió todos los moldes de una sociedad temerosa: fue masivo, popular y estrictamente civil. Obreros, mujeres, escuelas de niños y cerca de trescientos carruajes la acompañaron al Panteón de San Fernando.
La notoria ausencia de la iglesia, aplaudida por pensadores como Ignacio Manuel Altamirano, fue el último acto de congruencia de una mujer que defendió el Estado laico con su propia existencia.
Poco tiempo después, un 18 de julio de 1872, un infarto en las habitaciones de Palacio Nacional terminó con la vida de Benito Juárez a los 66 años. Su sucesor, Sebastián Lerdo de Tejada, decretó luto nacional y el eco de los cañonazos sonó ininterrumpidamente hasta que su cuerpo fue depositado junto al de su amada Margarita.
Celebrar a Benito Juárez en este año oficial de Margarita Maza Parada es reconocer, por fin, que la soberanía de este país no solo se dictó en los fríos despachos presidenciales, sino que sobrevivió gracias a la resistencia, la destreza diplomática y el corazón destrozado de una mujer que entregó absolutamente todo para que México no muriera en el exilio.
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