La captura de Nicolás Maduro fue leída, dentro y fuera de Venezuela, como un quiebre histórico, un golpe al corazón de una dictadura que durante años hizo del miedo su forma de gobierno. Sin embargo, para la prensa venezolana, ese quiebre no significó alivio sino continuidad y, en algunos aspectos, recrudecimiento.
La caída de un hombre no desmonta un régimen y el régimen que persiguió, silenció y castigó al periodismo venezolano sigue operando con los mismos instrumentos y reflejos autoritarios, ahora bajo nuevas circunstancias y pretextos.
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Periodismo asediado
Antes del 3 de enero, Venezuela ya figuraba entre los países más peligrosos para ejercer el periodismo en la región. No por la ausencia de leyes, sino por su diseño como instrumentos de sumisión, acoso, persecución y castigo.
Reporteros Sin Fronteras ha documentado de manera sistemática que Venezuela se mantiene desde hace años entre los países con peores condiciones para el ejercicio del periodismo en el hemisferio occidental. En sus informes más recientes advierte que el Estado venezolano utiliza una combinación de marco legal represivo, persecución judicial, vigilancia digital y detenciones arbitrarias para controlar la información.
Subraya que la censura ya no opera sólo mediante el cierre de medios, sino a través del miedo: campañas de descrédito desde el poder, procesos penales abiertos sin sentencia, amenazas constantes, castigos ejemplares e impunidad absoluta para los agresores fomentan la autocensura como política de facto.
La autocensura nunca ha sido cobardía, es una respuesta racional ante un Estado que convierte la información en delito. Informar sobre corrupción, narcotráfico o abusos de poder podía significar cárcel, exilio o persecución familiar. Ese es el “orden” que heredó el periodo de Maduro.
La captura y el control del relato
El operativo que derivó en la captura de Maduro estuvo acompañado de un cerco informativo inmediato. Dentro del país, los medios fueron forzados a distraer la atención primero, y a reproducir versiones oficiales o a guardar silencio inmediatamente después. Para el venezolano promedio, la pluralidad informativa brilló por su ausencia más que nunca antes.
La cobertura real de los hechos ocurrió fuera de Venezuela, organizada por periodistas exiliados que, desde hace años, hacen el trabajo que dentro del país se castiga. Mientras la dictadura trataba de mantener el control del relato, ellos demostraron que el periodismo que sobrevive incluso cuando se le expulsa era capaz de quebrarlo.
Ese contraste mostró que el problema no era Maduro como individuo, sino el miedo del poder a la información libre.
Reflejos autoritarios de gobierno interino
La instalación de un gobierno interino no trajo garantías. Bajo el argumento de la “conmoción exterior”, se incrementaron aún más las prácticas que vulneran directamente la libertad de prensa: revisión de teléfonos sin orden judicial, detenciones preventivas, confiscación de material periodístico.
En los primeros días del nuevo gobierno, trabajadores de prensa fueron retenidos, interrogados y liberados sin cargos, pero no sin consecuencias. Fueron muy bien advertidos que informar sigue siendo una actividad perseguida.
La Sociedad Interamericana de Prensa, por ejemplo, ha alertado que la captura de Nicolás Maduro no significó una mejora automática en la libertad de prensa y que, por el contrario, las agresiones contra periodistas se intensificaron en el contexto de la transición de mandos.
En reportes recientes han registrado detenciones temporales, confiscación de equipos, borrado forzado de material periodístico y expulsión de corresponsales extranjeros, prácticas que violan estándares interamericanos básicos y buscan disciplinar la cobertura informativa.
Para la organización, mientras informar siga siendo tratado como un acto sospechoso, cualquier proceso político en Venezuela seguirá marcado por la arbitrariedad y la ausencia de garantías democráticas.
El acceso a información pública sigue siendo imposible. Las conferencias son puestas en escena, los datos no verificables y la narrativa oficial se impone por saturación, no por su credibilidad.
Excarcelaciones con persecución
La liberación de periodistas presos fue presentada como un gesto de pacificación. Pero es irresponsable confundir excarcelación con justicia. Muchos de los liberados nunca debieron estar presos. Otros siguen bajo cargos abiertos, medidas restrictivas o vigilancia.
Roland Carreño, Nicmer Evans, Carlos Julio Rojas, Ramón Centeno y otros nombres recuperaron la libertad tras meses o años de encierro arbitrario. Sus historias son pruebas de cómo el periodismo fue tratado como enemigo interno.
Y mientras algunos salen, otros permanecen detenidos. El sistema de castigo sigue ahí y el nuevo gobierno de la vieja dictadura lo administra con mayor cálculo político.
Miedo, autocensura y desgaste
Hoy, hacer periodismo en Venezuela sigue implicando medir cada paso en las calles, cada fuente que entrevistan, cada palabra que publican. No sólo por ética, sino por supervivencia. Los retenes, las revisiones de celulares y la presencia de grupos armados en las calles generan un ambiente donde el silencio se impone antes que la verdad.
La desinformación, además, cumple una función complementaria: saturar, confundir, desgastar. Entre noticias falsas, imágenes manipuladas y rumores amplificados, el trabajo periodístico se vuelve más pantanoso y más riesgoso.
En consecuencia, la sociedad en Venezuela sigue desinformada y manipulada, encerrada en una burbuja y sumida en la incertidumbre; sin herramientas ni información de calidad que le permita tomar decisiones asertivas sobre su futuro común.
No hay transición visible
La captura de Maduro abrió una grieta política, pero no una transición democrática automática. Y mientras la prensa siga operando bajo amenaza, cualquier promesa de reconstrucción será incompleta.
No hay democracia sin periodistas libres. No habrá justicia sin información ni futuro sin memoria. Incluso bajo persecución, informar sigue siendo una forma de resistencia. La pregunta es si Venezuela permitirá que la verdad vuelva a circular sin miedo. Esa respuesta, hoy, sigue pendiente.
El caso de la prensa venezolana es una advertencia de lo que aún estamos a tiempo de evitar.






