“Hay artistas que interpretan canciones. Otros terminan convirtiéndose en una manera de imaginar el mundo.”
Boris Berenzon Gorn

Cuando Elton John aparezca frente al público mexicano los próximos 2 y 3 de octubre habrá algo más que nostalgia en el aire.
Volverá a la Ciudad de México después de catorce años y lo hará en dos conciertos concebidos especialmente para el país, no como una prolongación de aquella interminable y monumental Farewell Yellow Brick Road Tour, sino como una suerte de despedida mexicana.
El escenario será el Estadio Banorte y la ocasión tiene algo de ceremonia: reencontrarse con un artista al que varias generaciones han escuchado en momentos distintos de sus propias vidas. Pero ¿de qué nos despedimos cuando se despide Elton John?
Difícilmente de sus canciones Your Song, Rocket Man, Tiny Dancer, Goodbye Yellow Brick Road, Daniel, Candle in the Wind, Don’t Let the Sun Go Down on Me o I’m Still Standing pertenecen ya a esa extraña categoría de obras que dejaron de ser propiedad de quien las compuso para convertirse en fragmentos de la memoria colectiva.
Tampoco nos despedimos del personaje: sus anteojos imposibles, sus lentejuelas, sus plataformas, sus trajes delirantes y ese piano convertido durante medio siglo en nave espacial seguirán formando parte de la iconografía del siglo XX.
Nos despedimos, acaso, de una época de la cultura popular en la que todavía era posible construir una figura reconocible en cualquier lugar del planeta sin necesidad de convertirse en un producto idéntico a todos los demás.
Elton John comprendió muy pronto algo que después aprenderían Madonna, David Bowie, Prince, Lady Gaga y buena parte de la cultura pop contemporánea: la identidad también puede ser una obra de arte.
Lee: Elton John reaparece en París, tras admitir fuertes problemas de salud
¿Existen transformaciones simbólicas?
Nació como Reginald Kenneth Dwight en 1947. El dato importa no sólo biográficamente. Entre Reginald Dwight y Elton John existe una de las transformaciones simbólicas más interesantes de la cultura popular contemporánea. No se limitó a escoger un nombre artístico. Inventó una posibilidad de existencia.
El muchacho tímido, miope, extraordinariamente dotado para el piano, se convirtió en un personaje exuberante capaz de presentarse vestido como jugador de béisbol cubierto de lentejuelas, como Mozart psicodélico, como ave tropical o como emperador del glam.
Aquello podía parecer extravagancia, pero había algo más profundo. En sociedades que durante mucho tiempo exigieron ocultar la diferencia, Elton convirtió la visibilidad en espectáculo. Su exceso no escondía al personaje. Paradójicamente, terminó revelándolo.
Ahí reside una de sus aportaciones centrales a la cultura pop. Elton John ayudó a demostrar que la autenticidad no siempre consiste en quitarse las máscaras. A veces consiste en elegirlas libremente. Y detrás de todas ellas permanecía un músico formidable.
El espectáculo puede hacer olvidar fácilmente que Elton John pertenece a una tradición pianística que conecta el rock and roll con el rhythm and blues, el gospel, el soul, el pop británico y ciertas formas de la balada clásica.
El piano no fue en él acompañamiento sino arquitectura. Mientras la mitología del rock construía al héroe alrededor de la guitarra eléctrica, Elton colocó un piano en el centro del estadio y consiguió que pareciera el instrumento más explosivo del mundo.
Décadas de construir canciones
A esa capacidad musical se sumó uno de los matrimonios creativos más extraordinarios de la música popular: su asociación con Bernie Taupin. Taupin escribía palabras; Elton las convertía en melodías.
Durante décadas construyeron canciones sobre astronautas solitarios, bailarinas, perdedores, amantes, celebridades, adolescentes, cowboys y seres humanos incapaces de decir exactamente aquello que sienten.
Tal vez por eso muchas canciones de Elton hablan menos del amor realizado que de su imposibilidad. Your Song parece sencilla hasta que uno advierte su secreto: alguien intenta expresar un sentimiento para el cual las palabras nunca son suficientes.
Rocket Man convirtió el espacio exterior en metáfora de la soledad. Goodbye Yellow Brick Road desmontó el sueño del éxito precisamente cuando Elton comenzaba a conocerlo en su forma más desmesurada.
Y I’m Still Standing, que originalmente no fue escrita como autobiografía, terminó convirtiéndose con los años en algo parecido a su lema existencial. Sigo aquí. Pocas frases resumen mejor su trayectoria.

El reveso oscuro de la celebridad
Porque Elton John conoció también el reverso oscuro de la celebridad. Adicciones, alcohol, cocaína, bulimia, relaciones destructivas, inseguridad y una fama capaz de ofrecerlo todo excepto tranquilidad.
La cultura pop suele producir una paradoja cruel: cuanto más visible se vuelve una persona, más fácilmente puede perderse a sí misma. Elton sobrevivió. Su recuperación de las adicciones, iniciada en 1990, cambió no sólo su vida privada sino la dimensión pública de su personaje.
El hombre que había llevado el exceso hasta sus límites comenzó a transformar la supervivencia en responsabilidad. No renegó del pasado. Hizo algo más difícil: lo incorporó a su historia. Por eso su figura resulta más interesante que la simple leyenda del rockero extravagante. Elton John es también una historia de cercanías.
Amistades…
Con John Lennon sostuvo una amistad breve pero intensa. Colaboraron musicalmente y en 1974 una apuesta terminó produciendo uno de esos episodios que parecen inventados retrospectivamente por la historia del rock. Lennon prometió aparecer con Elton si Whatever Gets You Thru the Night llegaba al número uno en Estados Unidos. Llegó.
El 28 de noviembre de 1974 subió al escenario del Madison Square Garden. Aquella sería su última gran aparición pública en concierto. Décadas después, Elton continuaría hablando de aquel vínculo como uno de los encuentros decisivos de su vida.
Con George Michael existió otra forma de proximidad: amistad, admiración y una canción que terminó perteneciendo a ambos. Su interpretación conjunta de Don’t Let the Sun Go Down on Me, en 1991 quedó como uno de los grandes encuentros vocales del pop.
Tras la muerte de Michael, Elton habló de la pérdida de un amigo amado y de un artista excepcional. También estuvieron Freddie Mercury, Gianni Versace y tantos otros nombres de una generación atravesada por el sida, la discriminación y la muerte. Es imposible entender plenamente al Elton John maduro sin comprender aquella experiencia.
Lee: Refuta Robert Rosen las memorias sobre John y Yoko en “We All Shine On”, de Eliot Mintz
Fundación para enfrentar el AIDS
En 1992 fundó la Elton John AIDS Foundation. Desde entonces, la organización ha recaudado más de 650 millones de dólares, financiado más de 3 mil 100 proyectos en 102 países y concentrado buena parte de sus esfuerzos en acceso a servicios médicos y en combatir el estigma que todavía pesa sobre personas que viven con VIH y comunidades LGBTQ+. Ahí la celebridad adquirió otra función.
Durante los años más crueles de la epidemia, el sida no fue únicamente una emergencia médica. Fue también una maquinaria de exclusión moral. Hubo enfermos a quienes se juzgó antes de atenderlos, muertos a quienes se negó incluso la dignidad del duelo y comunidades enteras convertidas en sospechosas.
Elton utilizó precisamente aquello que poseía en exceso, visibilidad, dinero, relaciones y celebridad, para combatir la invisibilidad de otros. Ese tránsito ayuda a explicar por qué es un símbolo. Pero sería equivocado convertirlo en santo.
Elton John posee un temperamento célebremente volcánico. Ha discutido públicamente con colegas, periodistas y figuras del espectáculo. Sus desencuentros con Madonna alcanzaron durante años los titulares; con Rod Stewart intercambió bromas que terminaron transformándose en enfrentamientos; Keith Richards llegó a cuestionar su música y recibió respuesta.
Elton ha podido ser generoso y feroz, protector y susceptible, entrañable e insoportable. Precisamente allí está parte de su atractivo cultural. La sociedad contemporánea suele exigir a sus ídolos una coherencia que no exige a los seres humanos. Elton John nunca ha sido coherente en ese sentido. Ha sido contradictorio. Y las contradicciones lo vuelven reconocible.

Capacidad para atravesar fronteras
Quizá uno de los episodios que mejor resumen esa capacidad para atravesar fronteras ocurrió en los Grammy de 2001. Eminem estaba entonces en el centro de una enorme controversia por letras consideradas homófobas y misóginas. Elton John, uno de los homosexuales más visibles del planeta, apareció junto a él para interpretar Stan.
La imagen desconcertó a unos y enfureció a otros. No resolvió mágicamente las controversias alrededor del rapero, pero produjo algo que la cultura necesita con frecuencia: una escena imposible de clasificar mediante categorías cómodas.
Elton siempre se ha movido bien en esas zonas fronterizas. Ha estado cerca de la monarquía y de la contracultura; de Hollywood y del activismo; de los estadios y de las causas minoritarias; del lujo obsceno y de la filantropía; de la música considerada ligera y de una enorme sofisticación compositiva. Su relación con la princesa Diana constituye probablemente la imagen más poderosa de esas intersecciones.
Relación con la princesa Diana
Cuando Diana murió en 1997, Elton reinterpretó Candle in the Wind en su funeral. Una canción escrita originalmente alrededor del mito de Marilyn Monroe se convirtió entonces en elegía de otra mujer devorada por la maquinaria de la celebridad.
Fue un momento extraordinario porque un músico de pop terminó proporcionando el lenguaje emocional para un duelo planetario. Eso es cultura popular en su sentido más profundo. No simplemente aquello que consume mucha gente, sino aquello que permite a millones de desconocidos sentir juntos.
Elton John entendió como pocos esa dimensión ceremonial de la canción. Sus composiciones han acompañado bodas, funerales, separaciones, estadios, películas, bares, fiestas familiares, marchas del orgullo y habitaciones donde alguien escucha música a solas.
La extraordinaria permanencia de su obra procede justamente de esa capacidad para desplazarse entre lo íntimo y lo multitudinario. Su personaje, además, modificó el imaginario de la masculinidad.
En el rock clásico, el hombre debía proyectar dureza, sexualidad, dominio, rebeldía. Elton apareció con plumas, diamantes, colores, plataformas, gafas gigantes y una vulnerabilidad sentimental que desafiaba aquella gramática. No destruyó el modelo masculino del rock. Lo ensanchó.
Antes incluso de que palabras como diversidad, fluidez o identidades disidentes circularan con naturalidad por los medios globales, su cuerpo escénico había planteado una pregunta incómoda: ¿por qué un hombre tendría que vestirse, comportarse, amar o mostrarse de una única manera?
Atravesó distintas etapas y contradicciones personales…
Su importancia para la historia LGBTQ+ tampoco puede reducirse a su orientación sexual. Lo decisivo fue la transformación de su visibilidad. Elton atravesó distintas etapas y contradicciones personales antes de hablar abiertamente como hombre gay.
Su vida permite observar, en miniatura, una transformación mucho mayor de Occidente: del secreto a la confesión, de la tolerancia a la reivindicación y de la vergüenza impuesta al orgullo. No fue un proceso lineal. Nunca lo son los verdaderos cambios culturales.
También por eso Elton John pertenece a una generación irrepetible. Una generación en la que la estrella podía ser gigantesca sin ser todavía completamente administrada por métricas, algoritmos y departamentos de identidad corporativa.
Sus excentricidades no nacieron de una estrategia de redes sociales. Fueron construidas cuando la fama todavía necesitaba discos, radio, televisión, revistas, conciertos y rumores.
Hoy cada artista posee una pantalla desde la cual fabrica diariamente su personaje. Elton tuvo que construir el suyo lentamente hasta volverlo mitología.
Sus gafas dejaron de corregir la vista para convertirse en signos. Sus trajes dejaron de ser ropa para convertirse en escenografía. Su piano dejó de ser instrumento para convertirse en trono. Y Elton John dejó de ser únicamente Elton John para convertirse en una imagen inmediatamente reconocible. Ahí comienza el mito.
Sobrevivió a la nostalgia
En 2023 cerró en Estocolmo la gira Farewell Yellow Brick Road, después de años recorriendo el planeta. Poco antes había ofrecido en Glastonbury su última actuación británica dentro de aquella despedida. Fue un acontecimiento intergeneracional: frente al escenario convivían quienes habían comprado sus discos en los setenta y jóvenes nacidos décadas después de Rocket Man.
Eso revela quizá su triunfo cultural más importante: sobrevivió a la nostalgia. Muchos artistas del pasado continúan siendo escuchados porque representan una época. Elton sigue circulando porque cada época parece encontrar algo suyo que necesita.
Ha colaborado con generaciones posteriores, ha defendido artistas jóvenes y se ha negado a comportarse como guardián resentido de un supuesto tiempo dorado. Su permanencia no procede únicamente de conservar un repertorio. Procede también de mantener curiosidad por aquello que vino después.
A finales de 2024, Time lo eligió Icon of the Year y resumió una trayectoria de seis décadas que reúne decenas de éxitos, premios Oscar, teatro musical, activismo y una influencia cultural que excede ampliamente la industria discográfica.
Vuelve Elton a México
México ocupa un lugar particular en esa historia. Elton se presentó en el Estadio Azteca hace 34 años durante The One Tour. Sus últimas actuaciones en Ciudad de México fueron en 2012, cuando apareció junto al percusionista Ray Cooper en el Auditorio Nacional.
Ahora regresa con un repertorio preparado especialmente para el público mexicano. Hay algo circular en ese regreso. El México que recibió a Elton John a principios de los noventa no es el mismo que lo recibirá en 2026.
Tampoco Elton es el mismo. Entre ambos momentos cambiaron las conversaciones sobre sexualidad, matrimonio igualitario, sida, diversidad, fama, género, redes sociales y celebridad.
Cambió incluso nuestra manera de escuchar música. Pasamos del disco al archivo digital, del álbum al streaming, de esperar una canción en la radio a disponer instantáneamente de casi toda la historia musical del mundo. Y, sin embargo, ahí seguirá el piano. Quizá esa sea la verdadera razón de su permanencia.
Debajo de los anteojos desmesurados, los millones de discos, los escándalos, las amistades célebres, los pleitos, los premios, los palacios, las adicciones, las rehabilitaciones y los trajes imposibles queda un hombre sentado frente a ochenta y ocho teclas. Todo Elton John cabe finalmente en esa imagen.
Elton John es un símbolo
El niño llamado Reginald Dwight aprendió que podía transformar unas palabras escritas por otro hombre en melodías capaces de sobrevivirlos a ambos. Después inventó un personaje gigantesco para poder mostrárselas al mundo. Y pasó más de medio siglo descubriendo algo todavía más difícil: cómo sobrevivir a ese personaje. Por eso Elton John es un símbolo.
No porque haya sido perfecto, sino porque convirtió sus contradicciones en lenguaje cultural. Representa el derecho a inventarse, perderse, exagerarse, equivocarse, enamorarse, caer, sobrevivir y volver a empezar.
Hizo de la extravagancia una libertad; de la vulnerabilidad, una canción; de la diferencia, una presencia pública; de la celebridad, en sus mejores momentos, una responsabilidad.
Lo verdaderamente extravagante
Cuando en octubre suenen los primeros acordes en Ciudad de México, habrá quienes recuerden dónde estaban la primera vez que escucharon Your Song. Otros habrán descubierto Rocket Man medio siglo después de que fuera grabada. Algunos conocerán a Elton por The Lion King, otros por sus colaboraciones recientes, otros por los viejos vinilos de sus padres.
Todos estarán escuchando canciones distintas y, al mismo tiempo, la misma historia. Porque quizá ésa sea la extraña victoria final de Elton John. Durante décadas apareció vestido para que nadie pudiera dejar de mirarlo. Y cuando finalmente desaparecen las plumas, las lentejuelas y los enormes anteojos, descubrimos que lo verdaderamente extravagante era otra cosa: las canciones siguen ahí.
-
El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones






