Me llamo Jim Morrison. Fui cantante de rock, poeta y, durante un tiempo, el hombre que quiso convertirse en su propio mito. Pero antes de ser el Rey Lagarto fui un lector.
Y entre mis libros encontré a Friedrich Nietzsche, un alemán que tuvo la insolencia de anunciar que Dios había muerto y la humanidad todavía no sabía qué hacer con ese cadáver.
En La gaya ciencia descubrí que aquella muerte no era simplemente una provocación contra la religión. Significaba que los viejos valores habían perdido su autoridad y que ahora nos correspondía afrontar el vacío, sin escondernos detrás de respuestas heredadas.

Después llegó Así habló Zaratustra. Allí encontré al hombre que debía superarse a sí mismo, abandonar la comodidad de ser lo que otros esperaban y convertirse en creador de sus propios valores. Yo quería hacer eso con mi vida, con mis poemas y con la música de The Doors.
En El nacimiento de la tragedia encontré a Dioniso: el impulso que rompe las fronteras de la razón y nos devuelve al vértigo de existir. Comprendí que el escenario podía ser un ritual, que una canción podía abrir una grieta en la realidad y que el público, durante unos minutos, podía dejar de ser una multitud de individuos obedientes para convertirse en una sola criatura.
Así pronto entendí que el arte no tenía por qué limitarse a reproducir la realidad. Podía convertirse en una experiencia capaz de sacudirla.
Pero Nietzsche también me dejó una pregunta incómoda.
En Más allá del bien y del mal cuestionó las certezas morales y nos obligó a examinar de dónde vienen nuestros valores. Yo desafié las convenciones, provoqué al público y construí al Rey Lagarto. Sin embargo, ¿era realmente libre o estaba obedeciendo otra moral, la del rebelde que debe escandalizar para demostrar que lo es?
Nietzsche hablaba del eterno retorno: imaginar que tuvieras que vivir tu vida una y otra vez, con cada placer, cada error y cada sufrimiento. ¿Serías capaz de decirle sí a tu existencia?
No sé si yo habría podido hacerlo. A los veintisiete años terminé convertido en una leyenda, pero la leyenda no es necesariamente la verdad de un hombre.
Quizá mi error fue creer que destruir los límites significaba ser libre. Nietzsche me enseñó algo más difícil: que uno debe transformarse, no simplemente destruirse.
Y si hoy pudiera sentarme con él, le diría:
“Friedrich, tú querías que el hombre se superara a sí mismo. Yo quise convertirme en el Rey Lagarto. Tal vez pasé demasiado tiempo intentando ser un dios y demasiado poco aprendiendo a ser un hombre”.
Y ahora, profesor, pongamos música. Si Dios ha muerto, por lo menos que el silencio no se quede en mera provocación.
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