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José Revueltas o el escándalo de pensar hasta incomodar (Opinión)

Volver a Revueltas es, en realidad, descubrir que nunca hemos salido del todo de las tensiones que él nombró con una lucidez que todavía incomoda.

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
15 de abril de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
A cincuenta años de su fallecimiento, la obra de José Revueltas no sólo permanece: invade

A cincuenta años de su fallecimiento, la obra de José Revueltas no sólo permanece: invade. AMEXI/FOTO/ Especial

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“Ay José, cómo me acuerdo de ti en estas revueltas”.
Graffiti, CEU, 1986.

A cincuenta años de su fallecimiento, la obra de José Revueltas no sólo permanece: invade. No como reliquia ni como canon amansado, sino como una forma activa de perturbación.

Hay autores que dialogan con su tiempo y hay otros —mucho más raros— que lo fracturan. Revueltas pertenece a esta segunda estirpe: la de quienes no escriben para representar la realidad, sino para desmontarla, para obligarla a revelar aquello que intenta ocultar.

Leer hoy a Revueltas no un ejercicio de memoria cultural ni un homenaje retrospectivo: es aceptar una incomodidad que no busca resolverse
Leer hoy a Revueltas no un ejercicio de memoria cultural ni un homenaje retrospectivo: es aceptar una incomodidad que no busca resolverse. AMEXI/FOTO/ Especial

Leerlo hoy no un ejercicio de memoria cultural ni un homenaje retrospectivo: es aceptar una incomodidad que no busca resolverse, sino desplegarse. Sus preguntas siguen abiertas no porque hayan quedado inconclusas, sino porque apuntan a un núcleo que la historia, con todas sus promesas de cierre, no ha logrado clausurar.

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Revueltas desborda su tiempo porque escribe desde una sospecha radical: toda certeza —política, moral, estética— puede convertirse en una coartada. Su literatura no busca reconciliar al lector con el mundo, sino privarlo de esa reconciliación.

Hay en su prosa una ética de la intemperie: una negativa persistente a aceptar las narrativas que vuelven habitable lo que, en el fondo, es conflictivo. Por eso su obra no envejece: porque no describe una época, sino una condición.

Volver a Revueltas es, en realidad, descubrir que nunca hemos salido del todo de las tensiones que él nombró con una lucidez que todavía incomoda.

Lee: México conmemora 50 aniversario luctuoso de José Revueltas con amplio programa de actividades

Lecumberri no interrumpe su trayectoria: la radicaliza

Fue, en sentido estricto, un intelectual del conflicto. No sólo participó en el movimiento ferrocarrilero de 1958 ni acompañó críticamente el Movimiento estudiantil de 1968; pensó ambos procesos desde dentro, como experiencias límite de la conciencia colectiva.

Su paso por Lecumberri no interrumpe su trayectoria: la radicaliza. En el encierro, donde el poder se vuelve tangible, escribió El apando, una obra donde el castigo no corrige, sino que reproduce —y perfecciona— la violencia que pretende contener. Allí comprendió que el poder no sólo reprime: organiza, administra y, sobre todo, se interioriza.

Esa lectura no se agotó en su tiempo. Décadas después, en el Movimiento del CEU de 1986, su pensamiento reapareció como una inquietud viva: no como doctrina, sino como pregunta.

En los muros, en las asambleas, en los gestos de una juventud que buscaba nombrar su propio malestar, Revueltas se volvía presencia. No como autoridad, sino como herida abierta. Como advertencia: toda organización, incluso la más emancipadora, corre el riesgo de extraviarse si deja de pensarse a sí misma.

Militante del Partido Comunista Mexicano

Su relación con el poder fue siempre conflictiva. Militante del Partido Comunista Mexicano, fue expulsado más de una vez por ejercer aquello que el propio partido proclamaba: la crítica. Comprendió muy pronto que toda estructura —incluidas las revolucionarias— tiende a cerrarse, a volverse dogma.

De ahí su formulación del “proletariado sin cabeza”: no como provocación, sino como diagnóstico. Sin conciencia crítica, la historia no se transforma: se repite.

Su interlocución intelectual se desarrolló en una constelación de alta intensidad, donde pensar implicaba tomar partido. Con Elí de Gortari compartió la exigencia de una filosofía situada, capaz de pensar desde las condiciones concretas de México.

Con Sergio Fernández dialogó sobre la responsabilidad ética de la literatura: escribir no como ornamento, sino como intervención. En ese mismo campo gravitaban Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, Roberto Escudero, Luis González de Alba, Raúl Álvarez Garín, atentos a las mutaciones culturales de su tiempo, así como figuras como José Alvarado y Juan de la Cabada, con quienes compartió espacios de discusión sobre el papel del intelectual en una sociedad desigual.

En otro registro, su vínculo —tenso, estratégico— con Vicente Lombardo Toledano mostró las fricciones entre pensamiento y organización. Y, en un contrapunto decisivo, Octavio Paz: dos formas de pensar México, dos modos de situarse frente a la historia —la introspección del ser frente a la crítica de las estructuras.

Revueltas no escribe novelas

Pero es en su obra donde estas tensiones alcanzan su forma más compleja. Revueltas no escribe novelas: construye dispositivos de pensamiento. Los días terrenales desarma la fe revolucionaria desde dentro, mostrando cómo la certeza ideológica puede devenir ceguera moral.

El luto humano sitúa a sus personajes en un paisaje devastado donde la miseria material se entrelaza con una profunda descomposición ética. Y en El apando el poder aparece en su forma más desnuda: como administración de cuerpos, como vigilancia, pero también como complicidad de los propios sujetos en la reproducción de la violencia.

Vida personal

Hay, sin embargo, una zona más incómoda —y menos explorada con rigor— en torno a José Revueltas: su vida personal, atravesada por el alcohol, relaciones afectivas complejas y episodios de violencia que han sido, con frecuencia, convertidos en mito.

Su alcoholismo no fue un gesto romántico ni un adorno bohemio, sino una forma de desgaste que acompañó —y en ocasiones tensionó— su lucidez crítica. Del mismo modo, las acusaciones y testimonios sobre maltrato en el ámbito íntimo obligan a leerlo sin indulgencias: no como figura idealizada, sino como un sujeto atravesado por contradicciones profundas.

La tentación de convertir estas zonas en leyenda —ya sea para justificarlo o para condenarlo sin matices— oscurece lo esencial: que en Revueltas conviven, de manera irreductible, una potencia intelectual excepcional y una vida personal marcada por conflictos que no pueden ni deben ser borrados.

Asumir esa complejidad no disminuye su obra; la vuelve más exigente, más humana y, en cierto sentido, más verdadera.

Revueltas exige abandonar una expectativa cómoda: la de que el pensamiento debe ofrecer salidas.
Revueltas exige abandonar una expectativa cómoda: la de que el pensamiento debe ofrecer salidas. AMEXI/FOTO/ ESPECIAL

Su obra no tranquiliza, no resuelve, no consuela

Revueltas exige abandonar una expectativa cómoda: la de que el pensamiento debe ofrecer salidas. Su obra no tranquiliza, no resuelve, no consuela. Desestabiliza. Y en esa desestabilización reside su potencia. Porque obliga a pensar los problemas sin atajos, sin simplificaciones, sin la tentación de convertir la complejidad en consigna.

Su papel en el Movimiento estudiantil de 1968 confirma, con una claridad inquietante, la naturaleza de su pensamiento. José Revueltas no fue un líder visible ni un estratega de superficie; fue algo más difícil de asimilar para cualquier estructura de poder: una conciencia crítica en acto.

Pensó el movimiento no como un episodio coyuntural, sino como una irrupción histórica donde la sociedad se veía obligada a interrogarse a sí misma sin mediaciones.

Su intervención no consistió en dirigir, sino en desestabilizar certezas, en señalar los puntos ciegos, en exigir una autocrítica que pocas veces es bienvenida en los momentos de efervescencia.

Su encarcelamiento

Su encarcelamiento posterior no puede leerse únicamente como un acto represivo: revela, más bien, una forma de temor más profunda. El Estado no percibía en él sólo a un participante, sino a un pensador capaz de desmontar los lenguajes con los que el poder se justifica.

En ese sentido, la cárcel no fue sólo un espacio de castigo, sino el reconocimiento involuntario de su potencia crítica. Revueltas encarnaba una figura incómoda: la del intelectual que no se limita a oponerse, sino que interroga las condiciones mismas de la oposición.

Hay, en ello, una lección que desborda su tiempo. El poder puede, con relativa eficacia, administrar la disidencia, absorberla, neutralizarla o incluso convertirla en espectáculo.

Pero encuentra mayores dificultades frente a aquello que no busca simplemente confrontarlo, sino comprenderlo en su lógica interna, exhibir sus mecanismos, poner en evidencia su funcionamiento. Revueltas operaba en ese nivel: no denunciaba únicamente los excesos, sino las estructuras que los hacían posibles.

Por eso su figura en 1968 no se agota en la memoria histórica del movimiento, sino que permanece como una pregunta abierta: ¿qué significa pensar críticamente en medio de la acción colectiva?, ¿hasta dónde una causa puede sostener su potencia transformadora sin someterse a la exigencia de pensarse a sí misma? En esa tensión —entre compromiso y lucidez, entre acción y reflexión— se juega, quizás, la vigencia más profunda de Revueltas.

Volver a Revueltas

¿Por qué volver a Revueltas hoy? Porque su pensamiento ilumina las zonas más opacas de nuestro tiempo. En una época marcada por la espectacularización de la política, por la velocidad de los discursos y por la ilusión de una crítica instantánea que rara vez se sostiene, su insistencia en la autocrítica resulta profundamente subversiva.

Nos recuerda que la conciencia no es un estado, sino un proceso; que la crítica no es un gesto, sino una práctica; que la historia no avanza por inercias, sino por conflictos.

¿Volver a Revueltas no es un acto de melancolía? Quizá pero más bien es aceptar una exigencia: la de pensar sin concesiones. Y esa exigencia —incómoda, radical, profundamente ética— es lo que hace de su obra no sólo un legado, sino una tarea pendiente.

Porque en un mundo que tiende a simplificarlo todo, la lucidez sigue siendo, quizás, la forma más difícil —y más necesaria— de resistencia.

 

  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
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