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Un año sin Jumá Son Oro (Opinión)

La orfandad y el desamparo de la justicia

Iris Bringas Por Iris Bringas
29 de marzo de 2026
En Opinión, Un guijarro en mi bota
Un año sin Jumá Son Oro (Opinión). Iris Bringas. La orfandad y el desamparo de la justicia. AMEXI/FOTO/ La exclusión, imagen diseñada por Iris Bringas a través de I.A

Un año sin Jumá Son Oro (Opinión). Iris Bringas. La orfandad y el desamparo de la justicia. AMEXI/FOTO/ Especial. La exclusión, imagen diseñada por Iris Bringas a través de I.A

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La familia de Juan Martín Fabián Llaguno “Jumá Son Oro”, el cuerpo que no pudieron reclamar y la historia que empezó a romperse por dentro

Queridos lectores, el día de hoy retomo un caso que me duele infinitamente, pues no se trata de una estadística aislada ni de alguien a quien no haya conocido.

Se trata de un amigo y colega de la comunidad artística independiente de la Ciudad de México. Desde la cercanía con su familia, conversaciones sostenidas con personas de su entorno y la revisión cuidadosa de su relato, en este guijarro quise dar voz a la lamentable situación que atraviesan.

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Dicen que cuando un hijo pierde a sus padres queda huérfano, pero también dicen que no tiene nombre cuando los padres pierden a un hijo o cuando un hermano pierde a otro.

Y pese a la brutalidad de la metáfora, tampoco tiene nombre el hecho de perder a un ser querido y después, sentir que también se pierde lo que queda de él.

En este caso hay dos orfandades difíciles de nombrar. Por un lado, la de su hijo, que no sólo no pudo reconocer el cuerpo de su padre, sino tampoco pudo asistir a su funeral.

“Mi papá no está muerto, yo no lo vi, no lo puedo creer, mi padre sigue vivo”.  Testimonio de “Jonathan N” hijo de Jumá.

Por otro lado, está el desamparo de la familia: hermanos, primos, sobrinos, familiares, amigos ante la incógnita, el miedo y la ausencia que representa este caso, quedando en una “orfandad” de justicia tras un año sin respuestas.

Lee: Denuncia Ciudadana: 4 Días sin Juma

Dos duelos

Cuando alguien desaparece tiende a dejar una serie de incógnitas que difícilmente se resuelven. En el caso de Juan Martín, la familia tiene dos duelos, el duelo por la desaparición y fallecimiento de su ser querido y el duelo por haber sido desplazados de sus derechos como víctimas indirectas y sobre todo el derecho a reclamar y reconocer el cuerpo de su familiar.

“A veces no logro dormir al pensar que ni siquiera sé si a la persona que enterramos era Juan o no” Palabras de un amigo cercano.

Ha pasado un año. Hay flores, silencio, oraciones. Una misa, una reunión familiar donde el nombre de Juan Martín vuelve a pronunciarse con esa mezcla insoportable de amor y herida que dejan los muertos cuya ausencia no termina de acomodarse.

Fotografías del pasado que están cargadas de una sensación de tragedia, que parecieran formar parte de un réquiem sin terminar. Esta no fue una reunión cualquiera, fue un momento de memoria, pero también de balance doloroso.

Entre rezos, abrazos y recuerdos, la familia vuelve a tocar un tema que no ha podido cerrar, no sólo perdieron a Juan Martín, también sienten que fueron apartados de su cuerpo, de la información y según la familia, la despedida ocurrió bajo una dinámica que sintieron fría, acelerada y estrechamente controlada.

Juan Martín Fabián Llaguno

Recapitulando un poco el caso, del cual ustedes pueden enterarse en otras notas publicadas en AMEXI, Juan Martín Fabián Llaguno era un músico de la Ciudad de México, maestro de artes marciales y activista social que participaba frecuentemente en actos culturales con La Brigada para Leer en Libertad. “Jumá Son Oro” era un ser comunitario, un padre soltero y un artista querido en la comunidad sonera del país.

Desapareció el 17 de febrero de 2025, su cuerpo fue hallado el 3 de marzo del mismo año. Y desde ese día no sólo comenzó el duelo de sus familiares, comenzó también una disputa por la verdad, por el cuerpo y por la narrativa del caso.

Mientras en redes se instalaba una lectura temprana que colocaba a su hijo “Jonny” en el centro del horror, mientras una parte de la familia empezó a descubrir que tampoco estaba siendo reconocida plenamente en el reclamo, la información y la despedida de Juan Martín.

Lee: El último adiós a Juan Martín Fabián Llaguno, “Jumá Son Oro”

Primero vino el agradecimiento

En la búsqueda del músico desaparecido resonó la figura de una “activista” que se pronunció públicamente como parte central de la búsqueda, el hallazgo y fue quien después informó también sobre el velorio y la inhumación.

Al principio, la familia creyó, como creen quienes llevan días atrapados en la incertidumbre; de pronto se enteran que alguien ha encontrado un cuerpo. La familia creyó genuina toda intención, como creen quienes «confían en la buena intención»,  capacidad de acción y acceso a lo que nadie más logra desentrañar. Creyeron, incluso, con gratitud y humildad.

La familia entró a esta historia buscando respuestas y aceptando la versión que durante un tiempo se impuso en redes, donde esta persona era alguien que estaba ayudando, quién había hallado a Juan Martín, quien estaba acompañando el proceso y tenía la información de primera mano.

En esos incipientes momentos, lejos de la sospecha, lo que hubo fue una reacción elemental; agradecer que por fin hubiera una noticia, aunque esa noticia fuera atroz.

De manera simultánea, tras el hallazgo, comenzó a instalarse la posibilidad de que “Jonathan N”, hijo de Juan Martín, fuera responsable de la muerte de su padre. No conviene maquillar ese dato.

Es importante precisamente porque muestra hasta qué punto la hipótesis inicial penetró incluso en una parte de la propia familia. La angustia, el impacto del encuentro, la presión emocional y la rapidez con la que empezó a circular una lectura cerrada del caso empujaron a varias personas hacia una convicción temprana.

La información que no llegó

En la narrativa de la familia se mantiene que cuando pidieron información a “la activista” para reclamar el cuerpo, encontraron una puerta cerrada.

Se trató de una exclusión explícita y sin rodeos. Como balde de agua fría la respuesta fue tajante: “La parte ofendida es su pareja y esa es la única a la que le están dando información; a nadie más.”  Tras esa respuesta, para la familia el agravio dejó de ser una mera percepción y se convirtió en una experiencia de exclusión y revictimización.

Lo más doloroso es que mientras ellos esperaban recuperar a su ser querido, terminaron enterándose del sepelio por algunos medios digitales.

No hubo una comunicación clara, esta información nunca fue dirigida a quienes tenían el vínculo directo consanguíneo con Juan Martín, sino por publicaciones externas y por información que circulaba mejor hacia afuera, que hacia el núcleo familiar.

Ese detalle marca un punto de inflexión, pues una cosa es que una familia reciba información oportuna sobre el cuerpo de su hermano y otra muy distinta es que se entere tarde, mal y por fragmentos, de la ruta del duelo.

Así comenzó una sospecha más seria; la de que la historia estaba siendo administrada por fuera de la familia. Pero el agravio no fue sólo por parte de la persona que concentró el caso como si fuera familia, también fue institucional.

Relato familiar

Según el relato familiar, uno de los hermanos de Juan Martín acudió al INCIFO (Instituto Nacional de Ciencias Forenses), con la intención de acreditarse como hermano del hoy occiso y solicitar la recuperación formal del cuerpo.

Se identificó, preguntó, siguió instrucciones, pero no recibió la claridad que esperaba. Lo enviaron de una instancia a otra, le pidieron datos, le dijeron que regresara, que después le dirían qué hacer, pero dice que no recibió información clara ni suficiente sobre el procedimiento.

Desde la perspectiva de la familia, esa falta de respuesta institucional agravó la exclusión que ya resentían, pues mientras intentaban seguir una ruta formal para reclamar a su familiar, tampoco se les explicó con precisión quiénes estaban interviniendo en diligencias decisivas, ni en qué cualidad lo hacían.

A juicio de los suyos, los hechos no fueron tratados con la claridad, información y consideración que corresponderían a familiares directos y posibles víctimas indirectas del caso.

Al contactar de nuevo a la “activista”, recibieron otra respuesta; según su testimonio, fue tranquilizadora sólo en apariencia, les dijo que no se preocuparan, que después les dirían qué hacer. Pero ese “después” nunca llegó y jamás resolvió el fondo.

La familia pensó que quizá el propio hijo había reclamado el cuerpo e incluso pensaron que les podría ser negado el acceso al funeral, pues la familia estaba distanciada, así que decidieron esperar un poco más para conocer el contexto de la situación.

La duda entra como daga

Con el paso de los días, familiares y amistades comenzaron a recibir mensajes, comentarios, versiones y señalamientos que reforzaban la narrativa de culpabilidad contra Jonny. Algunas personas cercanas fueron contactadas en privado por perfiles extraños o restringidos; otras recibieron precisiones que parecían provenir de información que todavía no era pública.

En paralelo, sobre el caso empezaba a montarse una lectura feroz, cerrada y muy conveniente para un sector muy específico, el entorno de “Jumá y Jonny”.

La familia se mantuvo atenta. Hizo lo que nadie quiere hacer en medio del dolor; revisar fechas, publicaciones, capturas, movimientos, secuencias. Escuchar a otras personas, comparar la narración dominante con lo que empezaba a aparecer cuando se cruzaban testimonios y tiempos.

En ese proceso también apareció otra activista vinculada a la búsqueda, quien sostenía otra lectura de los hechos y la sospecha de una narrativa distinta la ya implantada, esta luchadora social que se apartó del grupo que concentró la información, es quien ha acompañado realmente a la familia en el proceso de duelo y en la búsqueda de la verdad y la justicia.

Con ella, la familia, amigos y otros grupos de apoyo empezaron a encontrar contradicciones en la narración inicial de los hechos, zonas opacas, decisiones que no cuadraban y una conducción del caso que les fue sembrando varias dudas.

La primera era brutal por su sencillez; si la familia pidió información y estaba disponible para reclamar el cuerpo en tiempo y forma, ¿por qué fue desplazada? La segunda era todavía más incómoda; si todo se estaba haciendo de manera clara, ¿por qué los familiares se enteraban tarde, mal y por fragmentos?

Cruce de información

Ese cruce de información no sólo cambió su percepción sobre la activista que había concentrado la búsqueda. También cambió su percepción sobre Jonny. Al principio creyeron en su culpabilidad.

Después, al revisar el caso, las circunstancias y las opacidades, comenzaron a detectar elementos que les hicieron pensar que la historia inicial podía haber sido demasiado pronta, demasiado cerrada, demasiado bien colocada en la imaginación sectorialmente pública.

No se trata aquí de absolver a nadie desde el periodismo, sino de registrar algo importante; mientras se armaba una sospecha feroz contra el hijo, la familia también era desplazada del cuerpo del padre.

El hallazgo que lo cambia todo

El golpe más fuerte para la familia llegó cuando fueron conociendo elementos que les permitieron comprender quiénes habían reclamado en realidad el cuerpo de Juan Martín y con qué cualidades aparecían registradas.

De acuerdo con su testimonio, allí entendieron de otra manera lo que había pasado. No sólo porque pudieron revisar elementos que antes no tenían a la vista, sino porque encontraron algo que trastocó por completo su lectura del caso. Me refiero al lugar formal que habían ocupado otras personas, mientras la familia directa seguía preguntando, esperando y tratando de llegar por la vía institucional.

Ese momento fue decisivo porque abrió las preguntas más dolorosas de todas:

¿Por qué si ya habían hablado con quienes concentraban la información, nadie les dijo con claridad que el cuerpo ya había sido reclamado?, ¿Por qué, si quienes centralizaron la información ya aparecían ocupando una condición que la familia hoy cuestiona, a los consanguíneos se les dejó dar vueltas en fiscalías y servicios forenses?, ¿Por qué tanta opacidad en un momento que exigía verdad, acompañamiento, tacto y claridad?

La desconfianza dejó de ser una sensación y se convirtió en agravio. Ya no se trataba sólo de una persona que había asumido un papel central en la búsqueda, en la visibilidad pública y en la conducción del relato.

Hay algo más hondo y grave…

Se trataba de algo mucho más hondo y grave, mientras la familia pedía informes para recuperar a Juan Martín, otras personas habían quedado colocadas formalmente en un lugar que bien pudieron haber anunciado a la familia o concertado con ellos la posibilidad de agrupar el reclamo del cuerpo en completa concordia con la transparencia y la verdad.

La pregunta dejó de ser emocional y se recrudeció en el reclamo indagatorio sobre ¿quién decidió eso, con base en qué y por qué la familia fue desalojada de un trámite que le correspondía en lo más íntimo?

Quien reclama un cuerpo, reclama la posibilidad de reconocer, despedir, acompañar y decidir sobre el último tramo de la existencia de un ser querido. Pide presencia en el momento en que el duelo deja de ser abstracto y se vuelve materia, ataúd, tierra y despedida.

Cuando los hermanos, primos, sobrinos, hijos y la madre sostienen que ese lugar fue ocupado por otras personas, lo que denuncian es una incomodidad administrativa, denuncian una forma de despojo.

Exclusión cuya legitimidad no se entiende

La familia también cuestiona por qué no pudo unirse al reclamo del cuerpo ni participar de manera conjunta en una decisión de esa magnitud. Desde su perspectiva, hubo una exclusión cuya legitimidad siguen sin entender.

A juicio de los suyos, mientras ellos buscaban información y trataban de seguir una ruta para reclamar a Juan Martín, la activista y la pareja sentimental,  parecían haberse instalado en un lugar que la familia hoy cuestiona profundamente.

Además, se preguntan, cómo se acreditaron estas personas para intervenir de esa manera y por qué ellos quedaron fuera de un derecho que consideran propio y genuino. Los consanguíneos sostienen, igualmente, que durante las exequias escucharon explicaciones sobre la naturaleza del  vínculo de la pareja que lejos de disipar sus dudas, las profundizaron aún más.

El seno familiar a un año se siente agraviado, consternado, con muchas dudas por su familiar a quien perdieron en una situación terrible, del cual también perdieron “hasta los huesos”, pues ni de sus restos pudieron tener decisión o concesión.

El ataúd cerrado

Si tuviera que condensar esta historia en una escena, quizá bastaría esa, el ataúd cerrado.

No llegaron al funeral con serenidad, sino con miedo de no ser bien recibidos, de que no los dejaran entrar. Miedo de recibir una grosería, miedo de que la exclusión que ya había empezado alrededor del cuerpo se prolongara hasta el sepelio.

Según su testimonio, llegaron bajo esa expectativa y se encontraron con miradas, cuchicheos y la sensación de estar entrando a un espacio que no les pertenecía, aunque fueran dolientes directos.

Los familiares del músico sostienen que nadie de su núcleo pudo ver directamente el cuerpo, que no hubo reconocimiento presencial por parte de ellos; que no pudieron comprobar con sus propios ojos que la persona en el ataúd fuera Juan Martín. Esa imposibilidad abrió una de las dudas más atroces que puede cargar una familia, no saber con certeza a quién enterró.

“Hay veces que pienso que va a aparecer rumbeando. Tras tantas mentiras ¿quién puede asegurar que en verdad era su cuerpo?… Como no lo reconoció nadie de la familia debería haber alguna prueba genética para comprobarlo…Me niego a creer a ciegas, cuando estas personas demostraron mentir y no sabemos qué pretendían con eso, a veces me da miedo querer saber más.” comenta uno de sus sobrinos.

El duelo queda fracturado

No se trata únicamente de susceptibilidades ni de un conflicto de nombres o protagonismo, cuando una familia no pudo ver a su difunto, el duelo queda fracturado por una herida adicional, se le impide cerrar ese umbral con sus propios ojos.

La madre de Juan Martín, además, según refieren sus familiares, no fue bien recibida en el funeral de su propio hijo, tras habladas, indirectas y miradas de desaprobación, terminó marchándose con dolor, incomodidad y la duda sofocante en el pecho.

Otra parte de la familia permaneció en las exequias hasta concluir con la ruta dolorosa del último adiós a Juan Martín Fabián Llaguno, donde todo estaba controlado, poca gente, pocas personas, pocos amigos, poca información, muchas dudas y precipitación.

Tal vez de ahí nace, con tanta fuerza, la necesidad de la familia de apersonarse en el esclarecimiento del crimen y en la recuperación del cuerpo. Quieren llevar a Juan Martín a una cripta familiar, a un sitio donde puedan llevar flores, donde la familia completa pueda despedirlo junto a sus abuelos, donde el descanso no esté marcado por esta ruptura brutal.

Ellos sostienen que no fueron consultados sobre dónde o cómo serían las exequias, que simplemente se enteraron por redes y que ya en el sitio, supieron que un tercero había pagado el velorio y ofreció una fosa privada como una dádiva, como una persona compasiva dando caridad.

Otra situación que indignó a la familia. A juicio de los suyos, la cadena de decisiones que siguió al hallazgo del cuerpo, les dejó una duda que no pueden archivar como si fuera menor.

El reclamo y las hostilidades

La ruptura no se quedó en el silencio. Algunos familiares comenzaron a reclamar en redes, a preguntar, a cuestionar lo ocurrido. Entonces, dicen, llegaron mensajes que buscaban desactivar, intimidar o hacer sentir a quien preguntaba que estaba cruzando una línea.

Ese punto es delicado, pero no irrelevante. Porque en casos de alto impacto no sólo se disputa la verdad; también se disputa quién tiene derecho a preguntar y quién debe ser castigado por incomodar.

Cuando una familia sostiene que empezó a encontrar hostilidad por solicitar explicaciones, lo que se muestra no es sólo un conflicto personal, aparece desde su percepción, una disputa por quién puede narrar legítimamente lo ocurrido.

Pasar del agradecimiento a la desconfianza

Y ahí se abre otro ángulo que no conviene minimizar, el trato despectivo hacia integrantes de la familia, particularmente hacia quienes no escriben o no se expresan desde los códigos de una” élite ilustrada”.

No es un detalle menor si, en medio del dolor, una familia percibe que también se le desacredita por su forma de hablar, de escribir o de habitar el mundo. No se trata de una disputa por información, desde la experiencia de la familia, se enfrentaron a una forma de menosprecio cultural y simbólico, que estratifica el dolor y reparte legitimidad según la posición cultural o educativa de quien pregunta. ¿Entonces resulta que quien se ostenta como víctima tiene derecho a violentar a las otras víctimas? cuestiona fuertemente una prima del difunto.

Pero la familia ya ocupa otro sitio. Ya ha pasado del agradecimiento a la desconfianza, del shock inicial a la revisión, de la convicción contra Jonny, a la sospecha de que algo importante había sido contado de manera demasiado conveniente y habría que acompañar y ayudar al muchacho. En ese punto, preguntar dejó de ser un exceso. Se volvió una obligación.

Otro familiar comenta: “…tras las mentiras, la activista dijo que nos pondría en contacto con alguien de la fiscalía que podía esclarecer nuestras dudas, pero nos  pedía datos personales como nombres e identificaciones de las personas que asistirían a solicitar explicaciones. Pero nosotros le pedimos que nos dijera dónde y con quien referirnos para llegar a la institución pertinente, nunca quiso dar esa información y la supuesta cita que decía haber pactado, nunca llegó.”

El cuerpo y las preguntas que no se apagan

Hay que decirlo con precisión. Este texto no pretende dictar una resolución jurídica ni sustituir el trabajo de jueces, ministerios públicos o defensas. Pero el relato familiar sí abre preguntas serias sobre el control del cuerpo, los criterios de exclusión para su reclamo y la forma en que se condujo esa reclamación.

Si la familia pidió información y quedó fuera del procedimiento; si no pudo ver directamente el cuerpo; si otras personas aparecieron ocupando formalmente lugares que la familia cuestiona; si el sepelio ocurrió sin que el núcleo familiar tuviera acceso claro al cuerpo, entonces no estamos ante una mera diferencia afectiva. Estamos ante hechos que por lo menos, merecen escrutinio.

Si el cuerpo de una persona fue manejado en un entorno de vaguedad y con exclusión de los familiares directos, no sólo se lastimó a la familia, también pudo haberse comprometido una parte especialmente sensible del caso.

Cuando el cuerpo se vuelve territorio de dudas, el manejo de éste, abre interrogantes especialmente delicadas sobre los procesos, accesos  y custodia del expediente en general.

El costo de recuperar a Juan Martín

Los hermanos quieren trasladarlo a un panteón donde cuentan con un lote familiar y consideran que podría descansar junto a los suyos. Pero hacerlo no es simple, ni rápido, ni barato.

Reclamar hoy en día el cuerpo, supone abrir un camino complejo; abogados, legitimación de su derecho, exhumación, reconocimiento formal, posibles estudios, diligencias, entrega y posterior inhumación.

Todo cuesta dinero, tiempo, energía emocional. Cuesta volver a abrir una herida que no cerró bien, enfrentarse a trámites, autoridades y documentos; asumir que lo que debió hacerse con claridad y presencia de la familia que ahora exige una especie de segunda batalla.

La otra orfandad

Debajo de esta historia hay una pregunta que no desaparece: ¿por qué fue tan fácil instalar tan pronto una verdad cerrada sobre Jonny, mientras la propia familia quedaba fuera para decidir en torno al cuerpo del padre?

La familia que hoy lo respalda, sostiene que primero fue empujada a creer en su culpabilidad y que sólo después, al revisar el caso y sus oscuridades, empezaron a ver grietas en esa narrativa. No se trata aquí de absolver a nadie porque sí, sino de registrar un cruce insoportable; mientras se construía una sospecha voraz sobre el hijo, la familia también era desplazada del derecho más íntimo frente a Jumá. Ese doble despojo es el que vuelve esta historia tan dolorosa.

Un año después, entre flores, oraciones y el nombre de Juan Martín pronunciado en una misa familiar, la herida sigue abierta. No sólo porque su muerte continúa rodeada de preguntas, sino porque los suyos ni siquiera han podido despedirse del todo.

Lo que la familia quiere, no es indulgencia narrativa, quiere que se sepa que también buscó, también preguntó, también esperó, también creyó, también dudó y también comprendió que algo no estaba bien. Y cuando eso ocurre, reclamar no es escándalo, es la última forma que queda de demostrar su amor.

Y hasta aquí mi nota del día de hoy. Información necesaria para poder acompañar a la familia de nuestro querido amigo Jumá Son Oro. Y así, en espera que se resuelva el caso, se esclarezcan los hechos y se reinstauren los derechos de la familia directa de Jumá, me despido con una canción muy sentida de León Gieco, “Las ausencias”, para Jumá, Jonny y su familia que a un año de su deceso siguen buscando respuestas y justicia.

https://www.youtube.com/watch?v=_lCor8hPsJU&list=RD_lCor8hPsJU&start_radio=1

#JusticiaParaJumaYJonny

Etiquetas: Iris BringasopinionPortada 1Un año sin Jumá Son Oro
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