Primera de dos partes

Dentro de dos años, el 23 de agosto de 2028, México llegará al centenario del nacimiento de Heberto Castillo Martínez. La efeméride podría producir el acostumbrado ceremonial mexicano: fotografías en blanco y negro, discursos, placas, homenajes universitarios y una colección de adjetivos destinados a convertir a un hombre incómodo en un prócer inofensivo. Sería una manera particularmente injusta de recordarlo. Porque Heberto Castillo no pertenece del todo al museo de la izquierda mexicana. Pertenece también a sus preguntas pendientes. Ingeniero y profesor universitario, inventor y dirigente político, preso del régimen surgido de la Revolución y posteriormente senador de la República, hombre del 68 y candidato presidencial que en 1988 renunció a su candidatura para apoyar a Cuauhtémoc Cárdenas, Castillo atravesó algunas de las grandes fracturas del México del siglo XX. Pero su singularidad no consiste simplemente en haber estado presente. Consiste en la clase de relación que estableció entre conocimiento, ética y política. En él convivieron dos vocaciones que México suele mantener separadas: la del científico que pregunta si una estructura puede sostenerse y la del ciudadano que pregunta exactamente lo mismo acerca de una sociedad. Esa puede ser la primera razón para volver a Heberto. No para buscar en 1928 las respuestas de 2028, sino para recuperar una forma de preguntar.
I. Un ingeniero entra en la historia
Heberto Castillo nació el 23 de agosto de 1928 en Ixhuatlán de Madero, Veracruz. Su formación profesional ocurrió en uno de los grandes espacios de construcción intelectual del México moderno: la Universidad Nacional Autónoma de México. Se convirtió en ingeniero civil, profesor e investigador, y desarrolló una trayectoria científica que por sí sola habría bastado para otorgarle un sitio destacado en la ingeniería mexicana. Su nombre quedó especialmente asociado a la tridilosa, sistema estructural tridimensional concebido para conseguir resistencia con un uso eficiente de materiales. Detrás de aquel desarrollo técnico existe una dimensión que a veces desaparece en las biografías políticas de Castillo: antes de convertirse en personaje de la oposición era un hombre acostumbrado a pensar en términos de fuerzas, tensiones, equilibrio, resistencia, materia y estructura. No es necesario fabricar una analogía perfecta entre ingeniería y política para advertir algo sugestivo. Castillo aprendió profesionalmente que una estructura no se juzga por su apariencia, sino por la distribución de sus cargas; que la estabilidad depende de relaciones invisibles; que ahorrar recursos exige inteligencia y no precariedad; que la resistencia de un sistema puede calcularse, pero también ponerse a prueba. Después encontró un país que también parecía sólido. Y descubrió sus fracturas. El México de mediados del siglo XX había producido instituciones, universidades, infraestructura, crecimiento económico y movilidad social. Pero debajo del edificio permanecían el presidencialismo, el partido prácticamente hegemónico, el corporativismo, la desigualdad y una ciudadanía con derechos políticos limitados por un sistema en el que el Estado confundía estabilidad con obediencia. La biografía de Castillo se vuelve particularmente interesante precisamente allí: cuando el técnico deja de aceptar que su responsabilidad termina donde comienza la política.
II. La ciencia como responsabilidad pública
Hay una lectura empobrecida de los intelectuales que participan en política: supone que primero fueron científicos, escritores, profesores o artistas y que, en determinado momento, “abandonaron” su especialidad para entrar en otra actividad. En Heberto ocurrió algo más complejo. Su actividad científica y su actividad política pueden entenderse como manifestaciones de una misma convicción: el conocimiento genera responsabilidades frente a la sociedad que lo hace posible. Esta cuestión adquiere especial importancia en el México contemporáneo. ¿Qué debe un científico a su país? ¿Debe limitarse a producir conocimiento? ¿Debe el ingeniero preguntarse quién se beneficia de la infraestructura que diseña? ¿Puede existir soberanía política sin capacidades científicas y tecnológicas propias? Castillo perteneció a una generación formada durante el gran proyecto mexicano de educación pública, industrialización, infraestructura y universidad nacional. En ese mundo, ingeniería y desarrollo nacional podían todavía concebirse como partes de una misma empresa histórica. Por eso reducir la tridilosa a una curiosidad biográfica -“el político que también inventó una estructura”- pierde lo esencial. Su trabajo en estructuras y materiales representaba una concepción del conocimiento tecnológico vinculada con la posibilidad de que México desarrollara soluciones propias. Esa pregunta regresa con enorme actualidad en vísperas de 2028. Un país dependiente tecnológicamente puede conservar bandera, territorio y elecciones y, sin embargo, descubrir que una parte creciente de su futuro se decide en laboratorios, plataformas, empresas y centros de cómputo situados fuera de sus fronteras. Volver a Heberto significa, en este sentido, volver a colocar ciencia, tecnología, educación pública y soberanía dentro de una misma conversación.
III. 1968: cuando la autoridad perdió autoridad
Y entonces llegó 1968. El movimiento estudiantil no fue únicamente una crisis universitaria ni una explosión generacional. Representó una crisis de legitimidad del sistema político mexicano. Jóvenes educados, en buena medida, por las instituciones creadas o ampliadas por el propio régimen exigieron algo elemental y, por ello mismo, revolucionario: que el poder público tuviera límites y rindiera cuentas. Heberto Castillo se comprometió con el movimiento. La importancia de esa decisión solamente se comprende recordando el costo que podía tener la disidencia en aquel México. No se trataba de emitir una opinión incómoda en un ecosistema plural. El Estado poseía una enorme capacidad de vigilancia, coacción, control político y construcción de versiones oficiales. Después de la represión de 1968 y de la persecución política posterior, Castillo conoció la clandestinidad, la detención y la prisión. Aquello introdujo una dimensión decisiva en su pensamiento político. Para una parte de la izquierda latinoamericana del siglo XX, la democracia podía parecer una preocupación secundaria frente a la revolución social. Para otra parte, las libertades “formales” eran apenas la superficie jurídica de una dominación económica más profunda. La experiencia mexicana obligó a revisar esa jerarquía. La libertad de reunión deja de parecer burguesa cuando una manifestación puede terminar bajo las armas. La libertad de expresión deja de ser abstracta cuando disentir conduce a la cárcel. El Estado de derecho deja de parecer una delicadeza liberal cuando el poder puede actuar sin contrapesos. El 68 mexicano enseñó a una generación de izquierda que la democracia no era necesariamente la estación posterior a la justicia social: era una de sus condiciones. Castillo fue uno de los hombres que cargaron esa lección hacia las décadas siguientes.
IV. Lázaro Cárdenas: la memoria moral de la Revolución
Sobre aquella generación gravitaba además una figura extraordinaria: el general Lázaro Cárdenas. Cárdenas era una paradoja viviente para la izquierda democrática mexicana. Había ocupado la cúspide del sistema político posrevolucionario y, al mismo tiempo, encarnaba una reserva moral desde la cual podían cuestionarse las desviaciones de ese mismo sistema. Reforma agraria, organización popular, nacionalización petrolera, asilo a perseguidos políticos y defensa de la soberanía habían convertido al cardenismo en algo más que un periodo presidencial. Era una tradición política. La relación del general Cárdenas con movimientos sociales, intelectuales y sectores críticos -y su presencia en iniciativas como el Movimiento de Liberación Nacional en los años 60- mantuvo abierta una genealogía de izquierda que no podía reducirse ni al comunismo ortodoxo ni al oficialismo priista. Heberto habitó ese territorio. Pero la historia reservó una simetría notable: décadas después, otro Cárdenas, Cuauhtémoc, aparecería en el momento en que distintas familias de la izquierda mexicana intentaban construir una alternativa electoral nacional. Entre Lázaro y Cuauhtémoc no existe solamente una sucesión familiar. Existe una pregunta histórica: ¿qué parte del proyecto social de la Revolución podía sobrevivir después del agotamiento de su régimen político? Heberto Castillo participó en la búsqueda de una respuesta.
V. La izquierda después de la derrota
Una de las grandes virtudes políticas de Castillo fue comprender que la izquierda mexicana necesitaba aprender a existir fuera de la épica. Las derrotas suelen producir dos tentaciones. Una es la capitulación. Otra, la pureza. La segunda puede ser incluso más seductora: si la realidad contradice al movimiento, se declara culpable a la realidad; si las alianzas exigen concesiones, se renuncia a las alianzas; si ganar implica convivir con personas provenientes de otras tradiciones, se prefiere conservar una identidad impecable y minoritaria. Castillo participó, en cambio, en los difíciles experimentos de construcción partidaria de la izquierda mexicana. El proceso pasó por organizaciones y convergencias diversas hasta desembocar en el Partido Mexicano Socialista (PMS), fundado en 1987 a partir de la confluencia de distintas corrientes. No fue un simple cambio de siglas. Era expresión de un problema que atravesaba a las izquierdas del mundo: cómo combinar igualdad y libertad, transformación social y competencia electoral, organización popular y pluralismo. La sensibilidad política de Heberto aparece precisamente allí. No fue únicamente sensibilidad hacia los pobres, los estudiantes o los perseguidos. Fue también sensibilidad hacia la complejidad. Entendió que la política democrática exige distinguir entre adversario y enemigo, entre principio y dogma, entre negociar y rendirse, entre conservar una organización y conservar una causa. Esas distinciones serían decisivas en 1988.
VI. Rosario Ibarra: los desaparecidos irrumpen en la República
En cualquier reconstrucción moral de aquella izquierda debe aparecer Rosario Ibarra de Piedra. Su historia comenzó en una herida personal que se transformó en causa pública: la desaparición de su hijo Jesús Piedra Ibarra en 1975. Su búsqueda la llevó a convertirse en una de las figuras centrales de la lucha por los presos, perseguidos, desaparecidos y exiliados políticos. Rosario introdujo una verdad incómoda en el debate nacional: detrás de la retórica de estabilidad del régimen existían familias buscando personas que el Estado había detenido y cuyo destino se negaba a revelar. Con el Comité ¡Eureka! y con otras familias convirtió el dolor privado en memoria pública. Su presencia obliga a evitar una historia demasiado institucional de la democratización mexicana. La democracia no nació solamente de reformas electorales, negociaciones partidarias y nuevos organismos. También nació de madres recorriendo ministerios, cárceles, cuarteles y oficinas, de huelgas de hambre, de expedientes, de fotografías de desaparecidos sostenidas frente a un Estado que pretendía administrar el olvido. Rosario fue además candidata presidencial en 1982 y 1988 por el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Heberto y Rosario representaban tradiciones distintas de la izquierda, pero sus trayectorias convergen en un punto fundamental: ambos recuerdan que la democracia mexicana fue conquistada también desde los márgenes y pagando costos personales. Una izquierda que recuerda sus victorias, pero olvida a sus perseguidos termina escribiendo la historia desde el punto de vista del poder.
VII. 1988: la renuncia que engrandeció una candidatura
Hay decisiones políticas cuyo significado procede de aquello a lo que se renuncia. En 1988, Heberto Castillo era candidato presidencial del PMS. Al mismo tiempo, la ruptura dentro del PRI encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo había modificado radicalmente el escenario. Cárdenas se convirtió en candidato del Frente Democrático Nacional y alrededor de su candidatura comenzó a reunirse una corriente social mucho más extensa que las estructuras tradicionales de la izquierda. Castillo tuvo entonces que responder una pregunta que reaparece una y otra vez en la vida política: ¿Qué importa más, la candidatura o la posibilidad histórica que justificaba esa candidatura? Optó por declinar en favor de Cuauhtémoc Cárdenas. Vista retrospectivamente, aquella decisión puede parecer inevitable. No lo era. Una candidatura representa años de organización, identidad partidaria, expectativas de militantes, posiciones internas y la posibilidad de afirmar una tradición propia. Renunciar significa aceptar que otra fuerza, otro liderazgo y otra genealogía pueden ocupar el centro. Castillo entendió que en ocasiones la grandeza de un dirigente consiste en hacerse políticamente menos indispensable. Ese gesto contribuyó a la convergencia que, después de la elección de 1988, desembocaría en la fundación del Partido de la Revolución Democrática en 1989. La elección misma quedó marcada para siempre por la crisis del sistema de cómputo, las denuncias de fraude y una controversia histórica que erosionó profundamente la legitimidad del régimen electoral. Pero 1988 significó algo más.
Fue el momento en que sectores provenientes del cardenismo, el socialismo, movimientos populares y otras corrientes opositoras comprobaron que podían disputar nacionalmente el poder por la vía electoral. El antiguo problema de la izquierda -reforma o revolución- comenzaba a ser sustituido por otro: cómo democratizar la República sin abandonar la transformación social.
VIII. Cuauhtémoc y Heberto: dos formas de autoridad
La convergencia entre Castillo y Cuauhtémoc Cárdenas resulta particularmente reveladora porque ninguno de los dos representaba al político carismático en su versión tradicional.
En ambos existía cierta austeridad. Cárdenas llevaba inevitablemente el peso del apellido, pero construyó una trayectoria propia: ingeniero, gobernador, disidente del PRI, candidato opositor. Castillo provenía de la universidad, la ingeniería, el movimiento social y la izquierda organizada. Los reunía algo que hoy parece casi exótico: la idea de que la política podía ser una actividad grave sin necesidad de ser solemne, apasionada sin convertirse permanentemente en espectáculo, firme sin exigir adoración. El tránsito que conduce del PMS al PRD puede discutirse, como debe discutirse toda experiencia política. Hubo tensiones, errores, personalismos y contradicciones. Pero produjo algo históricamente importante: una izquierda con vocación nacional capaz de participar en la ampliación del pluralismo electoral. Castillo alcanzó a contemplar parte de ese proceso antes de morir el 5 de abril de 1997. Meses después ocurriría un acontecimiento de enorme carga simbólica: Cuauhtémoc Cárdenas ganaría la primera elección popular para gobernar el Distrito Federal. Heberto no llegó a verla. Pero algo de su historia estaba contenido en aquella victoria.
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