
La entrevista se publicó originalmente en el Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM entre 1994 y 1998, y fue posteriormente recogida en el e-book Conversaciones con el imaginario, volumen de 182 páginas con prólogo del escritor Jorge F. Hernández e introducción del psicoanalista Juan José Sánchez Báez, disponible en la plataforma Kindle de Amazon.
Su recuperación hoy no es sólo un ejercicio editorial, sino un gesto de lectura situado: se inscribe en el renovado interés por la obra de Salvador Elizondo en 2026, en el contexto de la conmemoración de los sesenta años de Farabeuf y del aniversario luctuoso del autor.
Volver a esta conversación permite reactivar, desde la cercanía, una de las voces más exigentes y singulares de la literatura mexicana contemporánea.
“…la poesía es un elemento que influye en la obra de arte y que subyace a la obra de arte de cualquier género que sea.” Salvador Elizondo
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¿Por qué Salvador Elizondo se considera antes que todo poeta?
Me considero un poeta en la medida en que la poesía no es una actividad característica; la poesía es un elemento que influye en la obra de arte y que subyace a la obra de arte de cualquier género que sea.
Fui profesor de poesía en la Facultad de Filosofía y Letras durante treinta años y siempre consideré que es un fenómeno que no es propio de una profesión específica. Yo creo que la poesía puede existir en una máquina; un mecánico o un cirujano pueden ser poetas en la medida en que están manipulando valores de orden estético, en el sentido más amplio de la palabra; es decir, fenómenos relacionados con la sensibilidad.
Duchamp fue quien presentó un excusado como obra de arte. La poesía es una disposición especial, el espíritu con el que algo se hace o con el que algo se contempla. Hay una poesía que tiene un carácter estrictamente literario, que es la poesía de versificación, que tiene carácter profesional y que se trabaja a base de palabras.
Pero otros, Picasso, por ejemplo, trabajan a base de colores y de líneas. Todo ello es una forma de la actividad poética.
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Hablemos de su propio “mundo poético”
No tengo un “mundo poético”; es un mundo interior, yo creo. Es la vida interior estimulada por ciertos elementos o estímulos que provienen del exterior. Hay una sensibilidad para… por ejemplo, yo cultivo tulipanes. En el momento en que estoy cultivando tulipanes, mi mundo automáticamente se convierte en un mundo poético, relacionado con la botánica, si usted quiere.
Pero creo que es lo que se llama la “vida íntima”; no hay manera de decirlo de otra forma. Es lo que pasa en el interior de uno. El universo poético, creo, todos lo tenemos.
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¿Qué piensa Elizondo de su generación?
No lo sé, porque nunca me he incluido dentro de “mi generación”. ¿Qué es mi generación? ¿Son los que escriben parecido a como yo escribo o son los que tienen mi edad? Eso tampoco lo sé. Soy de la misma edad que Juan García Ponce, por ejemplo, y creo que nuestros “universos poéticos”, como usted los llama, son completamente diferentes.
Así que también el concepto de generación es un concepto que se maneja mucho en la Universidad y en términos de crítica muy generalizada para situar a los autores dentro de una tabla específica de valores que les son comunes a un grupo de escritores.
No sé en qué medida yo pertenezca a la misma generación, por ejemplo, que Couteau o que los autores que formaron un grupo dedicado a escribir de “cierta manera” la novela.
La poesía en el estilo que empleaba Valéry, quien murió en 1945, ya no existe; ya es otra cosa completamente diferente.
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¿Qué siente al ver sus obras completas en El Colegio Nacional?
Siento una emoción muy rara. Me da satisfacción ver que he hecho tantísimas cosas; nunca me imaginé que, ya reunido todo, formara tres volúmenes muy gordos. Me da la impresión de que eso es el final, como que ya llegué al final de la cosa; espero que no, pero sí me da esa impresión: como que ahora está ya todo resuelto.
Es el sueño dorado de los escritores y a mí me fue relativamente fácil realizarlo, porque la edición se hizo en El Colegio Nacional, que es una institución de la que yo formo parte. Pero si fuera como negocio editorial, creo que nadie se hubiera atrevido a emprenderlo. No es solamente mi caso, sino el de todos.
Económicamente no significa absolutamente nada para mí, porque nadie va a comprar un libro; a nadie le interesa. Más que a los que se dedican a los libros profesionalmente. Posiblemente ustedes, que están en la Facultad de Filosofía y Letras, sí se interesan todavía por los libros, pero la gente no; y menos tres tomos de Salvador Elizondo, porque eso es otra cosa.
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¿No cree usted que es una presencia en México?
Pues soy una presencia física, pero nada más.
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¿No es una presencia intelectual, literaria?
Yo creo que no. Cada quien trabaja por su cuenta en México. Es una de las cosas que caracterizan un poco a la cultura mexicana.
Para los jóvenes que están metidos en los ambientes literarios, históricos, filosóficos, puede ser, pero es un grupo reducido: los de la Facultad, los del café, los amigos…
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Sobre otras artes (cine y pintura)
Me interesaban más las posibilidades de orden expresivo que tenía el cine, como lo tiene la palabra o como lo tienen los pinceles y los colores. También soy pintor. Yo debuté como pintor y llegué incluso a hacer exposiciones, pero no tenía talento; eso es una cosa que, si no se tiene…
Eso que yo ya sabía del cine: me he tardado mucho en aprender. Ahora pinto mejor que cuando era pintor profesional, porque la vida, los libros, ver pintura, le va enseñando a uno mucho más que cuando es muy joven. Cuando uno es muy joven quiere hacer la Capilla Sixtina; y eso no se puede: hay que esperarse y tener el talento suficiente.
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¿Por qué no nos platica del tiempo en su novela y en su teatro? ¿Hay alguna diferencia?
Cuando yo escribí Farabeuf y se lo llevé al editor, me sugirió que le pusiera un subtítulo que me ha traído como consecuencia el tener que dar explicaciones que no puedo dar. Me sugirió que, si le ponía nada más Farabeuf, la gente no iba a comprar el libro; que le pusiera abajo un subtítulo que dijera “la crónica de un instante”.
La gente se ha fijado más en el subtítulo, puesto por razones de orden estrictamente comercial. Ya lo quité en la edición de El Colegio Nacional, porque no era mi intención hacer la “crónica de un instante”.
Es un momento, un punto de recopilación de sensaciones producidas por uno o dos estímulos: por ejemplo, la visión de la fotografía de la tortura china y la visión de los grabados de los tratados de cirugía de Farabeuf. Entonces, el choque de esas dos cosas es lo que produce la sensación que genera la lectura de mi libro.
No sé qué sensación sea, porque eso ya depende de cada lector; la mayor parte siente que es una cosa muy irritante. Toman el libro y lo avientan, dicen: “tomé tu libro y ya no pude leer más; lo arrojé”.
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