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Los dos Césares de “Lo mío fue un sueño”

Variaciones del enano feroz / por Roberto E. Ponce

Roberto E. Ponce Por Roberto E. Ponce
28 de junio de 2026
En Espectáculos, Variaciones del Enano Feroz
Césares Portada del libro Lo mío fue un sueño, de César Costa. Foto Roberto E. Ponce

Portada del libro "Lo mío fue un sueño", de César Costa. Foto: Roberto E. Ponce

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Los dos Césares de “Lo mío fue un sueño”

Roberto E. Ponce

César Costa había detenido su flamante convertible Jaguar XK-E escarlata en “la esquina de la información” de avenida Bucareli y Paseo de la Reforma.

Sentado al volante platicaba, frente a “la estatua del Caballito”, con un agente de tránsito “tamarindo”, cuando reconocí al popular cantante y corrí a saludarlo aquel mediodía solar de los maravillosos años sesenta. César Costa respondió afable y sonriente, estrechándome la mano esa primera vez y como lo haría dos ocasiones más cuando casualmente me lo hube topado.

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El pasado miércoles 24 de junio descubrí en el Sanborns Taxqueña de División del Norte y Miguel Ángel de Quevedo su nuevo libro autobiográfico de 236 páginas “Lo mío fue un sueño” (Planeta, 2026), donde confiesa:

Llegó un momento en que cantar se empezó a sentir como una responsabilidad, como un negocio: ya no lo disfrutaba. El conflicto empezó en 1962. Al principio, traté de controlar las emociones y ver dónde estaba parado. Empecé a meditar, practiqué karate y continué haciendo los ejercicios que me enseñó Misha, el ruso de la bella voz, hasta que llegó un momento en que empecé a sentir que ya no era César Roel. César Costa fue creciendo y creciendo, hasta que sentí que era más importante que yo (…)

Me sentía bifurcado. Yo era dos personas, una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pero el problema era que César Costa estaba ganando: él era el importante, mientras que César Roel era anónimo. Ese es uno de los grandes peligros del ambiente artístico, cuando tu producto –tu creación—te come y llega a ser más importante que tú… Entonces probé una de las decisiones más importantes de mi vida: probar el psicoanálisis… Tuve la fortuna de dar con el doctor Jorge Velasco Alzaga –discípulo de Erich Fromm–, quien se convirtió en mi mentor en muchos aspectos. De este modo me embarqué en un proceso que no fue nada fácil.

El chico del suéter. Foto El Fonógrafo

Rock and roll adictivo

Yo nací en 1955, 14 años después que César Costa cuyo verdadero nombre es César Antero Roel Schreurs (Leo, 13 de agosto de 1941 en el DF).

Su padre, César Roel, un eminente abogado que amaba la literatura y su mamá, Josefina Schreurs, nacida en Chicago, fue concertista de violín y formó la Orquesta de Cámara Vivaldi. Desde pequeño, César Costa aprendió a tocar piano y violín; en la adolescencia dominó la guitarra y tomó clases de canto, por lo que ya en la cumbre, su única adicción sería tomar miel con limón antes de subir a cantar.

De niño y con mi hermano Armando coleccionábamos estampitas de álbumes del rock and roll mexicano; oíamos el programa “¿Por quién vota?” a los pioneros del rock nacional en Radio Éxitos y una mañana por 1961 salimos a la esquina de Bajío y Medellín para echarle una moneda de veinte centavos al teléfono de la dulcería y darle nuestro voto a César Costa, quien con esa llamada le ganó a Enrique Guzmán. Su jitazo, “Mi pueblo”, era una bonita pieza de Paul Anka que César había traducido del inglés con excelente prosodia y en una versión mucho más sabrosa, latina y alegre que la original del canadiense (“porque en ese entonces, era muy común que las personas emigraran de los pueblos a las ciudades y extrañaran su hogar”).

Siempre nos ha gustado mucho el arte. En la casa teníamos varias obras de algunos pintores y escultores. Creo que este gusto inició con mi madre, una mujer fuera de serie, muy sensible y muy humana. Tenía amigos músicos, pero también pintores; mi padre tenía más amigos escritores porque él quiso ser uno. De niños nos llevaban ab ver el Nacimiento que el poeta Carlos Pellicer ponía cada diciembre en su casa de Lomas de Chapultepec., era bellísimo. Este amor al arte lo inculcamos [su esposa Gilda y César] a nuestras hijas [Daniela y Fernanda] desde pequeñas.

Recuerdo que la prensa escrita elogiaba al ejemplar César Costa tras dejar a su grupo Los Camisas Negras y lanzarse de solista, pues no había abandonado estudios de Leyes en la Facultad de Derecho en la UNAM. En cambio, su “rival” en popularidad, Enrique Guzmán, era desmadroso y mi padre, el cronista deportivo de “Excélsior” Fausto Ponce Sotelo, nos informó que cerca del centro nocturno El Patio, Enrique y Manolo Muñoz balearon una noche a Agustín Salmón y Jorge Uriza, reporteros estrella de espectáculos, por criticar sus farras. César Costa cuenta acerca de la veleidosa fama:

Con todo lo que estaba viviendo, era muy fácil perderme, pero hubo un momento que me cambió la vida. Andaba de arriba para abajo por todo el país con la Caravana Corona en la que compartí escenario con José Alfredo Jiménez, Lucha Villa y muchos más, y aunque me llevaba los libros para estudiar en los trayectos era muy pesado. Se me habían juntado dos exámenes muy difíciles y estaba muy preocupado. Uno de ellos era para pasar la clase de criminología con el doctor Alfonso Quiroz Cuarón., una eminencia en el derecho y uno de los grandes criminalistas del país. Por fortuna, el doctor me dijo que no hiciera el examen; a cambio, me pidió un trabajo que, sin saberlo, me ayudaría para el resto de mis días: una investigación sobre farmacodependencia; específicamente, marihuana y cocaína… A partir de ese momento, rechacé cualquier cosa que me hiciera dependiente, pues las adicciones te van esclavizando.

Amor eterno. Archivo Gilda y César Costa
Amor eterno. Archivo Gilda y César Costa

Todas diablas

En “Lo mío fue un sueño”, cuenta cómo enloquecían por él las chicas:

También empecé a hacer giras por toda Latinoamérica y algunas ciudades de Estados Unidos. La primera salida fue a Caracas, Venezuela. Nunca me esperé la histeria colectiva que viví allí (…) Sí llegué a sentir miedo porque las muchachas se me abalanzaban, me jalaban la ropa y no podía salir del hotel (…) di un concierto en el Coney Island –un famoso parque de diversiones—ante unas 30,000 personas. Como era la etapa de la revolución sexual, las muchachas me aventaban de todo al escenario: collares, flores, pulseras, brasieres, calzones (…) Cuando salimos, el lugar estaba lleno de mujeres y me empezaron a jalonear por todos lados, hasta que perdí el conocimiento. Al inicio de mi carrera, era tal la histeria, que me llegaron a dar pánico las mujeres en grupo.

Con Joan Baez

“Lo mío fue un sueño” contiene un prólogo y diecinueve capítulos divididos en cuatro partes: “Los primeros acordes”, “Corriendo detrás de César Costa”, “Evolución y legado” y “Reflexiones”. Es un volumen dedicado a su esposa Gilda, sus hijas Daniela y Fernanda (quien tomó la foto de portada) y nietos.

El penúltimo capítulo en torno a “El rock and roll y su huella imborrable”, escribe:

Fui profundamente rebelde. Seguí viviendo con mis padres, pero me salí del huacal, no seguí los pasos de mi padre y desde muy joven empecé a trabajar por mis sueños e iba trabajando paso a paso. Y no faltaba el que me decía: “Es que eres bien fresa” por mantenerme alejado de los escándalos, no hacer desmanes y no entrarle a las adicciones, lo cual tampoco evitó que sufriera las inseguridades y venciera los temores que se presentan cuando uno debe salir a escena. Y creo que rompí muchos esquemas. El terminar mi carrera de Leyes en medio de un ambiente abrumador de egos, envidias y adicciones, es un acto de rebeldía.

La segunda vez que me topé con César Costa fue a finales de la Semana Santa de 1973. Sucedió que nos lo encontramos junto a nosotros en el mero elevador del Palacio de las Bellas Artes, acompañando yo al escritor de la onda Parménides García Saldaña para cubrir la conferencia de prensa que daba Joan Baez previamente a sus conciertos allí.

César fungió de traductor en aquella visita de la novia de Bob Dylan; sin embargo, él no la menciona en su libro. En cambio, sí aparece con otro artista de sangre mexicana, Trini López, en el archivo fotográfico al final.

Mi filosofía de vida es muy apegada al budismo zen, el cual consiste en agradecer y en saber dónde estás, dónde te colocas en tu contexto y con qué actitud tomas las cosas… Es muy importante quererse a uno mismo no en el sentido egocéntrico, sino en el de aceptarse y ser consciente de los defectos y tratar de corregirlos, lo que me ha llevado a tratar de evolucionar y ser cada vez un mejor ser humano, un mejor esposo, un mejor padre y un mejor amigo.

Paul Anka y César. Libro Lo mío fue un sueño
Paul Anka y César. Libro Lo mío fue un sueño

A su manera

En los años noventa me topé nuevamente con César Costa en un buen restaurante de la hermosa capital zacatecana, cuando fui invitado como periodista de la revista “Proceso” a una gran Semana Cultural Zacatecas; él era amigo del dueño quien lo citó en su negocio para mostrarle algunos cuadros artísticos y obras de arte religioso. Estuvimos platicando un rato y quedamos en que lo entrevistaría, pero… ya no coincidimos.

El primer capítulo que me interesó fue el quince, dedicado a “Mi historia con Paul Anka”, donde rememora:

Cuando Paul Anka salió al escenario en un concierto que dio en el Auditorio Nacional, dijo que él era “el César Costa canadiense” y yo le respondí desde la butaca que yo era “el Paul Anka mexicano”. Es un encanto de persona… Él es extraordinario, un buen ser humano… La última vez que nos vimos fue en 2023 en la Ciudad de México… juntos cantamos “Mi pueblo”, yo en español y él en inglés.

Faceta valiosa suya es la humanista, como explica en el capítulo dieciséis: “Mi vida en otros espacios: Unicef, la ANDA y más”.

En la vida tienes que participar, ser activo. La pasividad la pagas carísimo, tarde o temprano… Mi historia en Unicef se remonta a 1995… me invitaron a convertirme en el primer embajador mexicano de Unicef, lo cual me llena de un orgullo enorme… Mi labor consiste en promover los programas de Unicef, hacer campañas mediáticas de recaudación, grabar audiolibros de cuentos para niños, ser testigo de firmas de contratos entre los gobiernos estatales y Unicef, y visitar distintos lugares del país para revisar que los niños cuenten con servicio de salud y educación y que vivan en buenas condiciones.

Para mí su autobiografía es edificante. César no sólo fue un ídolo musical de mi niñez y adolescencia, sino un hombre que sobresalió como actor de cine, productor, protagonista y conductor de famosos programas en la radio y la televisión comercial o cultural. Su libro es un anecdotario de luchas, dudas, retos y constancia; altruismo, ética, fidelidad y franqueza vitales.

(https://www.planetadelibros.com.mx/libro-lo-mio-fue-un-sueno/423986?soporte=445545)

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  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: biografíaCésar CostalibroLo mío fue un sueñoPortada 1
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