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Jim Morrison: El hombre que quiso desaparecer (Opinión)

Manjarock en Amexi / Por Manjarrez

Manjarrez Por Manjarrez
4 de julio de 2026
En Manjarock en Amexi, Opinión
Jim Morrison: El hombre que quiso desaparecer (Opinión)

Jim Morrison. AMEXI/Foto: SONY DSC

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Jim Morrison. AMEXI/Foto: SONY DSC

Jim Morrison es una figura histórica cuya muerte ha generado numerosas especulaciones. Los hechos comprobados son limitados: murió en París el 3 de julio de 1971, no se le practicó autopsia porque las autoridades francesas no la consideraron necesaria y la causa oficial fue insuficiencia cardíaca. A partir de ese vacío documental surgieron múltiples teorías, algunas plausibles y otras sin evidencia sólida.

La última fotografía importante de Jim Morrison parece la de un hombre que hubiera envejecido veinte años en apenas dos.

Ya no era el chamán eléctrico de cuero negro que incendiaba escenarios con The Doors.

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Era un hombre de veintisiete años con barriga incipiente, barba poblada, bigote espeso, el cabello corto y algo descuidado.

Caminaba despacio.

Fumaba demasiado.

Leía más de lo que hablaba.

París parecía haberle regalado aquello que Los Ángeles nunca pudo ofrecerle: anonimato.

Antes de llegar a Francia, Jim ya estaba cansado.

El juicio por exhibicionismo tras el famoso concierto en Miami lo había perseguido durante años.

Aunque siempre negó haber mostrado sus genitales al público, la condena se convirtió en un símbolo.

La policía.

Los jueces.

Los periódicos.

Los programas de televisión.

Todos parecían esperar otro escándalo.

Él ya no quería dárselos.

A sus amigos les repetía que deseaba dejar de ser cantante.

Quería escribir.

Publicar poesía. O tal vez ser director de cine.

O era un capricho tardío. Desde sus años universitarios en University of California, Los Ángeles, donde estudió cine, Morrison había imaginado un camino muy distinto. Antes incluso de fundar The Doors, soñaba con convertirse en un cineasta experimental, heredero de Maya Deren, Kenneth Anger y Stan Brakhage. Sus primeros cortometrajes, rudimentarios y casi surrealistas, ya revelaban esa obsesión por las imágenes fragmentadas y los símbolos.

En París, lejos del ruido del rock, ese antiguo sueño volvió a despertar.

Todas las semanas buscaba alguna sala donde proyectaran cine de autor.

No le interesaban las grandes producciones estadounidenses.

Prefería perderse en la oscuridad de la Cinémathèque Française, donde podían exhibirse películas mudas una tarde y, al día siguiente, obras de la Nouvelle Vague.

Se cuenta que veía películas de Jean-Luc Godard, François Truffaut, Luis Buñuel y Federico Fellini, directores cuya libertad narrativa admiraba desde hacía años. Aunque no existe un registro diario de qué funciones asistió, esas eran precisamente las películas que circulaban en las salas parisinas de arte y ensayo durante esos meses y encajaban con sus intereses conocidos.

Podía pasar dos horas observando una película donde aparentemente no sucedía nada.

Luego caminar otras dos horas pensando en un solo plano.

No hablaba demasiado.

Pamela lo conocía bien.

Cuando Jim salía del cine permanecía callado.

Ella sabía que estaba editando mentalmente otra película.

Una que nunca filmaría.

O por qué no también atravesó su mente el ser leído como Arthur Rimbaud y no como una estrella de rock.

 

En marzo de 1971 llegó junto a Pamela Courson.

Vivían en el número 17 de la Rue Beautreillis, en el barrio del Marais.

El apartamento era modesto.

Viejo.

Con techos altos.

Ventanas de madera.

Piso crujiente.

Botellas de vino.

Ceniceros rebosando colillas Gitanes.

Había libros abiertos sobre la cama.

Otros estaban apilados junto a la ventana.

Varios permanecían en el suelo porque ya no había espacio.

En un rincón descansaba una vieja máquina de escribir.

La mayor parte del tiempo, sin embargo, Jim prefería escribir con pluma.

 

Seguía leyendo a Arthur Rimbaud, su obsesión permanente.

También regresaba constantemente a Friedrich Nietzsche, especialmente Thus Spoke Zarathustra.

Releía a William Blake.

Consultaba poemas de Charles Baudelaire.

Había descubierto nuevamente a Louis-Ferdinand Céline, cuya escritura brutal y desencantada parecía reflejar su propio estado de ánimo.

En esos años también circulaban con enorme fuerza las obras de Michel Foucault, Jacques Derrida y Roland Barthes. No hay pruebas de que Morrison leyera sistemáticamente a todos ellos durante su estancia parisina, pero el ambiente intelectual de la ciudad estaba profundamente marcado por esas discusiones sobre lenguaje, poder y cultura.

Vestía pantalones de mezclilla gastados.

Botas viejas.

Suéteres gruesos.

Abrigos oscuros.

Una bufanda cuando el Sena amanecía cubierto de niebla.

Los turistas pasaban junto a él sin reconocerlo.

Y eso parecía hacerlo feliz.

 

Su verdadero refugio seguía siendo la poesía.

Llevaba cuadernos pequeños.

Escribía frases sueltas.

Una imagen.

Un verso.

Una idea.

La ventana daba hacia una calle estrecha donde los pasos resonaban sobre los adoquines mojados.

Por las mañanas entraba el olor del pan recién horneado desde una boulangerie cercana.

También el aroma del café.

El ruido de una motocicleta.

El timbre lejano de una bicicleta.

Las campanas de alguna iglesia.

Nada recordaba a Sunset Boulevard.

 

Por las mañanas compraba café.

Después caminaba durante horas.

Visitaba el cementerio Père-Lachaise.

Entraba en librerías.

Algunos días grababa ideas para futuros discos.

Otros, simplemente observaba a la gente desde los cafés.

París seguía siendo un imán para artistas.

En distintas ocasiones coincidió con músicos, actores, escritores y expatriados estadounidenses que frecuentaban los cafés, clubes y galerías de la ciudad. No existe un registro completo de todos sus encuentros, pero es sabido que mantenía contacto con círculos artísticos y que buscaba una vida mucho más discreta que la celebridad de Los Ángeles.

Se cuenta que Morrison coincidió en un café con el escritor Julio Cortázar.

Ninguno parecía interesado en hablar demasiado.

Se observaron.

Intercambiaron un saludo discreto.

Alguien reconoció a Morrison.

Cortázar, según esa versión, sonrió apenas y comentó que era extraño que el poeta más famoso del rock buscara precisamente pasar inadvertido.

No existe documentación que confirme el episodio, pero la historia ha sobrevivido precisamente porque resulta verosímil: ambos frecuentaban los mismos barrios culturales del París de principios de los 70.

En cambio, sí está mejor documentado que Morrison era visto ocasionalmente en cafés y librerías del Barrio Latino y del Marais por periodistas y conocidos, casi siempre leyendo, escribiendo o conversando en voz baja con Pamela.

 

Mientras todos buscaban al Rey Lagarto…

Éll buscaba desaparecer.

 

La madrugada del 3 de julio de 1971, Pamela encontró a Jim en la bañera.

Los médicos certificaron un paro cardíaco.

No hubo autopsia.

El caso quedó cerrado.

Precisamente esa ausencia de autopsia alimentó décadas de especulaciones.

Una de las teorías más difundidas sostiene que Morrison sufrió una sobredosis de heroína posiblemente sin saber que la consumía o tras confundirla con otra sustancia y que posteriormente las circunstancias se manejaron de forma discreta para evitar un escándalo. Existen testimonios y libros que apoyan variantes de esta hipótesis, pero no hay pruebas concluyentes que la confirmen.

Entre las historias que circulan desde hace décadas aparece una versión mucho más novelesca: que un sicario habría entrado al edificio buscando a otra persona relacionada con deudas o el narcotráfico y que Morrison habría sido confundido con ese objetivo. No existe evidencia verificable que respalde esta hipótesis y los historiadores la consideran una especulación sin sustento documental. Sin embargo, ha persistido en la cultura popular precisamente por los vacíos que rodearon su muerte.

Si hubiera sobrevivido

Quizá Jim Morrison nunca habría regresado a los escenarios.

Probablemente habría publicado libros.

Ensayos.

Poesía.

O hecho un par de películas.

Tal vez habría vivido entre París, Irlanda o alguna isla griega.

Habría dejado crecer otra vez la barba.

Fumaría menos.

Caminaría mucho.

Sería uno de esos escritores silenciosos que aparecen una vez al año para presentar un libro y desaparecen inmediatamente.

Algún periodista descubriría que el antiguo cantante de The Doors vive en una pequeña casa con miles de libros, una máquina de escribir y un jardín lleno de gatos.

Cuando le preguntaran si extraña los conciertos, sonreiría apenas.

Los escenarios eran un buen lugar para encontrarme diría, pero un pésimo lugar para esconderme.

Y después volvería a cerrar la puerta.

Porque quizá ese fue siempre su verdadero sueño:

no convertirse en una leyenda…

sino tener, por fin, el privilegio de ser un hombre anónimo que pudiera escribir en paz.

Lee: La triste partida de Marjane Satrapi (Opinión)


El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.


 

Etiquetas: director de cineJim MorrisonParispoetaPortada 1The Doors
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