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La dictadura del opinólogo (Opinión)

Ser intelectual nunca ha sido un privilegio. Es un oficio. Quizá uno de los más difíciles que existen porque no trabaja con materiales visibles, sino con ideas

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
14 de julio de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
Ser intelectual nunca ha sido un privilegio. Es un oficio. Quizá uno de los más difíciles que existen porque no trabaja con materiales visibles, sino con ideas. AMEXI/FOTO/ Redes Sociales

Ser intelectual nunca ha sido un privilegio. Es un oficio. Quizá uno de los más difíciles que existen porque no trabaja con materiales visibles, sino con ideas. AMEXI/FOTO/ Redes Sociales

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Boris Berenzon Gorn, colabordor de AMEXI. Columna Rizando el Rizo.
Boris Berenzon Gorn, colabordor de AMEXI. Columna Rizando el Rizo.

Pocas profesiones despiertan tanta desconfianza como aquella que ni siquiera aparece en los censos laborales: la de pensar. Nadie sospecha del ingeniero por construir puentes, del cirujano por operar un corazón o del arqueólogo por desenterrar el pasado. Pero basta pronunciar la palabra intelectual para que surjan de inmediato el recelo, la ironía o la burla.

Se le imagina como un profesor extraviado entre libros que nadie lee o como un comentarista omnipresente que opina con idéntica solemnidad sobre una guerra, una elección presidencial, el psicoanálisis, la inteligencia artificial y la final del campeonato.

Entre esas caricaturas se fue perdiendo el verdadero sentido de una palabra que alguna vez nombró uno de los oficios más difíciles y necesarios de cualquier sociedad: pensar con independencia para comprender mejor el mundo.

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Ser intelectual nunca ha sido un privilegio. Es un oficio. Quizá uno de los más difíciles que existen porque no trabaja con materiales visibles, sino con ideas; no fabrica objetos, sino preguntas; no produce mercancías, sino interpretaciones.

Su responsabilidad no consiste en demostrar que sabe más que los demás, sino en ayudar a que una sociedad comprenda mejor el mundo que habita. Pensar no es una forma de superioridad. Es una forma de responsabilidad.

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¿Cómo suele ser el auténtico intelectual?

Por eso el intelectual auténtico suele resultar incómodo. Los gobiernos necesitan legitimidad; los partidos necesitan militantes; las empresas necesitan consumidores; las redes sociales necesitan audiencia. Todos, de una u otra manera, buscan adhesiones rápidas.

El pensamiento, en cambio, introduce una pausa. Pregunta cuando todos parecen tener respuestas. Duda cuando la certeza se vuelve un espectáculo. Y recuerda que la realidad suele ser bastante más compleja que los relatos con los que intentamos simplificarla.

Quizá por ello la historia de los intelectuales ha sido también la historia de su permanente tensión con el poder. No porque deban convertirse en opositores profesionales ni porque toda autoridad sea necesariamente sospechosa, sino porque su primera lealtad no debería estar con un gobierno, un partido o una ideología, sino con el ejercicio mismo del pensamiento. Cuando esa independencia desaparece, el intelectual deja de serlo para convertirse en propagandista.

Hace casi un siglo, Julien Benda llamó a ese fenómeno la traición de los intelectuales. Les reprochaba haber abandonado la búsqueda de la verdad para ponerse al servicio de las pasiones políticas.

Décadas más tarde, el filósofo polaco Leszek Kołakowski fue todavía más lejos al escribir sobre los Intelectuales contra el intelecto. La expresión conserva una fuerza extraordinaria porque señala una paradoja profundamente contemporánea:

Quienes deberían defender la crítica terminan, con frecuencia, defendiendo dogmas; quienes deberían cultivar la duda acaban administrando certezas; quienes fueron formados para pensar terminan repitiendo consignas. No existe tragedia mayor para un intelectual que dejar de ejercer el intelecto.

Lee: La insoportable comodidad de tener razón (Opinión)
Quienes deberían defender la crítica terminan, con frecuencia, defendiendo
Quienes deberían defender la crítica terminan, con frecuencia, defendiendo, AMEXI/FOTO/ RRSS

¿Qué sería un error…?

Pero sería un error creer que el problema sólo proviene de los propios intelectuales. También la sociedad ha cambiado su relación con el conocimiento. Vivimos un tiempo donde el anti intelectualismo se ha convertido en una forma de prestigio.

Saber demasiado despierta sospechas; estudiar durante años parece menos convincente que hablar con absoluta seguridad; reconocer la complejidad de un problema suele interpretarse como una muestra de debilidad. La ignorancia, que antes producía pudor, ahora con frecuencia produce aplausos.

Las redes sociales aceleraron ese proceso. Democratizaron la palabra, y eso constituye uno de los grandes logros de nuestro tiempo. Nunca tantas personas habían tenido la posibilidad de expresarse públicamente.

Sin embargo, esa extraordinaria apertura vino acompañada de una peligrosa confusión entre información y conocimiento, entre visibilidad y autoridad.

Hoy un algoritmo puede colocar en el mismo nivel el trabajo de un investigador que ha dedicado treinta años a estudiar un tema y la opinión improvisada de alguien que acaba de descubrirlo hace diez minutos. La pantalla no distingue entre experiencia y ocurrencia. Ambas ocupan el mismo espacio y compiten por la misma atención.

En ese nuevo hábitat surgió una figura curiosa: el experto universal. Habla de medicina por la mañana, de filosofía al mediodía, de inteligencia artificial por la tarde y de geopolítica antes de dormir.

Todo ello con una seguridad admirable y una bibliografía inexistente. Nunca la humanidad había producido tantos especialistas instantáneos. Lo verdaderamente revolucionario ya no parece ser saber, sino hablar primero.

¿Por qué parece que el pensamiento se reduce?

No deja de ser irónico que mientras la información se multiplica de manera casi infinita, el pensamiento parezca reducirse. La velocidad se ha convertido en un valor intelectual. Todo debe explicarse en un minuto, resumirse en diez líneas o convertirse en un video de treinta segundos.

Pensar despacio empieza a parecer una extravagancia. Leer un libro completo se considera casi una excentricidad. Dudar se interpreta como falta de liderazgo. Cambiar de opinión parece un defecto de carácter y no una virtud intelectual.

No deja de ser irónico que mientras la información se multiplica de manera casi infinita, el pensamiento parezca reducirse
No deja de ser irónico que mientras la información se multiplica de manera casi infinita, el pensamiento parezca reducirse. AMEXI/FOTO/ RRSS

Pierre Bourdieu advertía que el pensamiento sólo puede conservar su capacidad crítica cuando mantiene cierta autonomía frente a los intereses políticos, económicos y mediáticos.

Hoy esa autonomía enfrenta nuevas amenazas. No siempre provienen de la censura. Muchas veces llegan disfrazadas de popularidad.

El mercado recompensa aquello que circula rápidamente; los algoritmos privilegian aquello que genera emociones intensas; la conversación pública favorece la indignación antes que la reflexión. El riesgo consiste en que el intelectual termine escribiendo para agradar al algoritmo en lugar de dialogar con la inteligencia de sus lectores.

Uno de los episodios más divertidos y reveladores de la historia reciente fue la célebre broma de Alan Sokal. Publicó deliberadamente un artículo sin sentido, saturado de jerga y conceptos utilizados de manera absurda, para demostrar que el prestigio del lenguaje complicado podía llegar a sustituir al rigor del pensamiento.

Su experimento provocó una enorme polémica, pero también dejó una enseñanza que conserva toda su vigencia: no todo texto incomprensible es profundo. A veces simplemente está mal escrito. Y en ocasiones, peor aún, está mal pensado.

¿Cuándo se degrada la capacidad de pensar?

George Orwell comprendió algo semejante desde otra perspectiva. Cuando el lenguaje se degrada, también se degrada la capacidad de pensar. Las palabras dejan de describir el mundo para comenzar a ocultarlo.

Entonces la propaganda sustituye a la argumentación y los eufemismos reemplazan a la verdad. Defender la claridad del lenguaje no es una cuestión de estilo; es una forma de resistencia intelectual.

La irrupción de la inteligencia artificial vuelve todavía más urgente esta discusión. Las máquinas ya son capaces de redactar informes, resumir libros, traducir idiomas e incluso producir textos razonablemente coherentes. Pero existe una diferencia esencial entre generar información y producir pensamiento.

Pensar implica hacerse responsable de las consecuencias de una idea, reconocer sus límites, revisar sus fundamentos y aceptar que ninguna respuesta permanece definitiva. La inteligencia artificial puede acelerar el acceso al conocimiento; no puede reemplazar la conciencia crítica que da sentido a ese conocimiento.

Verdadero desafío del intelectual del siglo XXI

Quizá ahí resida el verdadero desafío del intelectual del siglo XXI. Ya no basta con producir ideas. Es necesario defender las condiciones que permiten que las ideas sigan siendo posibles.

Eso significa proteger la educación, fortalecer las universidades, promover la lectura, combatir la desinformación y recuperar el prestigio de la duda en una época obsesionada con las certezas instantáneas. Pensar nunca fue un ejercicio de vanidad. Es un servicio público.

Tal vez el error más persistente haya sido imaginar al intelectual como alguien separado de la sociedad. En realidad, ocurre exactamente lo contrario. Un buen intelectual escucha antes de hablar, observa antes de juzgar y aprende antes de enseñar. No pretende sustituir la experiencia de los demás con teorías grandilocuentes.

Intenta comprender esa experiencia para hacerla más inteligible. Su autoridad no nace de los títulos que acumula, sino de la honestidad con la que examina la realidad, incluso cuando esa realidad contradice sus propias convicciones.

Las sociedades no comienzan a deteriorarse cuando escasean los expertos. Empiezan a hacerlo cuando dejan de valorar el pensamiento, cuando el conocimiento se vuelve sospechoso, cuando la curiosidad pierde prestigio y cuando la ignorancia deja de avergonzar para convertirse en una identidad. En ese momento el problema ya no es que existan pocos intelectuales. El verdadero problema es que el intelecto ha dejado de importar.

Y quizá esa sea la paradoja más inquietante de nuestro tiempo. Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para conocer el mundo y, sin embargo, pocas veces habíamos estado tan expuestos a la tentación de dejar de pensarlo.

 Por eso el intelectual sigue siendo necesario. No como un sacerdote del saber ni como un habitante de una torre de marfil, sino como alguien dispuesto a ejercer el oficio más incómodo y más libre de todos: el de pensar con independencia para que los demás también puedan hacerlo.

  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: columna Rizando el RizointeletualOpinólogopensarPortada 1
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