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La disputa por la narrativa mundialista

Signos y sentidos / por Renán Martínez Casas

Renán Martínez Casas Por Renán Martínez Casas
17 de julio de 2026
En Signos y Sentidos
Disputa

Protesta de madres buscadoras. Foto: RRSS

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Renán Martínez Casas

Ya lo sabíamos. Antes de que rodara el balón, México estaría sometido a un escrutinio mediático global que iba mucho más allá del futbol. La pregunta no era si el país sería observado, sino qué vería el mundo cuando dirigiera su mirada hacia él. Concluida la participación nacional en el torneo, la respuesta es más nítida: el Mundial terminó convirtiéndose en una disputa por el relato de México, una disputa en la que participaron gobiernos, movimientos sociales, medios internacionales y millones de ciudadanos.

Desde el inicio, el Gobierno federal, los gobiernos de la Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León, así como las autoridades municipales responsables de las sedes, apostaron por una imagen de eficacia institucional, modernización urbana, hospitalidad y capacidad organizativa. El mensaje era claro: México podía volver a ser un anfitrión ejemplar y aprovechar el torneo para proyectar confianza, atraer turismo y consolidar una imagen internacional positiva. Esa aspiración, sin embargo, comenzó a enfrentarse con la realidad incluso antes del silbatazo inicial.

Las obras alrededor del Estadio Azteca avanzaron entre retrasos, cierres viales y molestias para vecinos y comerciantes. Las modificaciones en la movilidad provocaron críticas constantes. La planeación de algunos espacios públicos resultó insuficiente para atender la afluencia de aficionados y, en distintos momentos del torneo, las concentraciones masivas derivaron en aglomeraciones, problemas logísticos y episodios que exhibieron deficiencias previsibles de organización. El Mundial terminó mostrando tanto la capacidad del país para sostener un evento de enorme complejidad como las limitaciones de una planeación que, en varios aspectos, llegó al límite. Pero mientras las autoridades intentaban administrar esos problemas, otro proceso avanzaba al mismo tiempo.

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Diversos movimientos sociales entendieron que el Mundial ofrecía una oportunidad prácticamente irrepetible para colocar sus demandas frente a los ojos del mundo. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación mantuvo movilizaciones durante los días de la inauguración. Madres buscadoras realizaron marchas y actos públicos para denunciar la crisis de desapariciones. También hubo expresiones de otros colectivos y organizaciones que encontraron en la presencia de cientos de corresponsales extranjeros una ventana de visibilidad imposible de conseguir en otro momento. Las imágenes comenzaron a circular.

Mientras miles de aficionados caminaban hacia el Estadio Azteca vestidos con los colores de sus selecciones, contingentes de madres buscadoras avanzaban mostrando fotografías de sus familiares desaparecidos. En una de las escenas más difundidas, aficionados extranjeros se acercaron para abrazarlas, fotografiarse con ellas y expresarles solidaridad. El contraste fue poderoso porque no enfrentaba dos mundos separados; ambos compartían las mismas calles, las mismas cámaras y el mismo acontecimiento.

En distintos puntos de la ciudad podían verse, a pocos metros de distancia, fanáticos cantando, voluntarios orientando visitantes, policías desplegados para resguardar la inauguración y manifestantes exigiendo respuestas sobre desapariciones, educación o derechos laborales. El espacio público dejó de ser únicamente el escenario de una celebración deportiva. Se convirtió también en el lugar donde distintos sectores de la sociedad buscaron disputar el significado político del torneo. Ese proceso encontró rápidamente eco fuera de México.

Reuters describió un Mundial donde el entusiasmo futbolístico convivía con preocupaciones relacionadas con la violencia, las desapariciones y las protestas sociales. Associated Press documentó cómo organizaciones magisteriales y colectivos de búsqueda aprovecharon deliberadamente la presencia de la prensa internacional para proyectar sus demandas más allá de las fronteras mexicanas. The Guardian dedicó cobertura a las movilizaciones magisteriales registradas durante la inauguración, mientras El País siguió las tensiones entre los preparativos gubernamentales y las protestas sociales que acompañaron el comienzo del campeonato. Antes incluso del inicio del torneo, la BBC había advertido que la situación de los derechos humanos, la seguridad y la libertad de protesta formarían parte del contexto desde el cual sería observado México. La conversación internacional, por tanto, nunca quedó limitada al fútbol.

Las grandes cadenas deportivas concentraron naturalmente su atención en los partidos, las figuras y los resultados. Sin embargo, tampoco permanecieron completamente ajenas al contexto. ESPN publicó un análisis específico sobre la violencia registrada en Jalisco y sus implicaciones para Guadalajara como sede mundialista. BBC Sport abordó los cuestionamientos formulados por organismos internacionales respecto de los derechos humanos y las condiciones de seguridad en los países anfitriones. Incluso cuando el balón ocupaba el centro de la cobertura, la realidad mexicana seguía apareciendo alrededor del torneo. Eso ayuda a entender lo que realmente ocurrió.

La narrativa institucional no desapareció. El Mundial ofreció estadios llenos, una amplia participación ciudadana, una operación logística capaz de sostener cientos de miles de visitantes y un ambiente festivo que fue ampliamente reconocido por quienes llegaron al país. Pero esa imagen dejó de ser suficiente para explicar el acontecimiento completo.

Las protestas tampoco desplazaron el torneo ni impidieron que el fútbol ocupara el centro de la atención deportiva. Lo que consiguieron fue incorporarse al relato internacional del Mundial. Las desapariciones, las movilizaciones magisteriales, los cuestionamientos sobre seguridad, los problemas urbanos y las demandas de distintos sectores sociales comenzaron a aparecieron junto con las crónicas deportivas, las fotografías de los estadios y las historias de los aficionados. Ese resultado tuvo otra consecuencia importante.

Durante años, buena parte de los gobiernos que organizan megaeventos deportivos han confiado en que una operación exitosa puede ordenar la conversación pública alrededor de una imagen cuidadosamente construida. México comprobó que esa posibilidad es hoy mucho más limitada. La presencia simultánea de agencias internacionales, medios digitales, plataformas sociales y miles de periodistas hace prácticamente imposible encapsular la realidad dentro de una sola narrativa. Cada protesta, cada error de organización, cada gesto ciudadano y cada historia significativa encuentra canales propios para circular globalmente.

Sin embargo, el Mundial dejó también una imagen que ningún actor político diseñó y que terminó adquiriendo un peso considerable en la percepción internacional.

A pesar de las tensiones, las manifestaciones, las deficiencias logísticas y algunos episodios de exceso en las celebraciones, la convivencia cotidiana entre millones de personas fue ampliamente reconocida. Visitantes y medios extranjeros destacaron la hospitalidad de la población, el ambiente construido en las sedes y la forma en que aficionados de distintas nacionalidades compartieron calles, plazas y transporte público. Incluso después de la eliminación de la selección mexicana predominó una conducta cívica que contrastó con los temores que algunos observadores habían expresado antes del torneo.

Ese reconocimiento no nació de una campaña institucional. Tampoco fue consecuencia de las protestas. Surgió de la experiencia directa de quienes recorrieron el país durante varias semanas.

Quizá ahí reside la principal enseñanza de este Mundial. Los grandes acontecimientos internacionales ya no permiten imponer un relato único sobre los países que los organizan. La propaganda convive con el periodismo, las redes sociales, la protesta y la experiencia directa de millones de personas. El gobierno mexicano consiguió realizar un Mundial que, en términos deportivos, cumplió sus objetivos, pero no consiguió que esa fuera la única historia que el mundo contara sobre México. Los movimientos sociales internacionalizaron causas que durante años habían buscado mayor atención. Y, al mismo tiempo, la ciudadanía construyó con sus actos cotidianos una imagen de convivencia que ningún discurso oficial habría podido fabricar.

Al final, México apareció ante el mundo como realmente es: un país capaz de organizar con dificultades e ineficiencias una gran fiesta deportiva, pero también atravesado por conflictos que ninguna campaña de comunicación puede ocultar; una sociedad que protesta, reclama y exhibe sus heridas, pero que al mismo tiempo demuestra una notable capacidad de convivencia.

El Mundial no resolvió esa tensión. La hizo visible. Y, precisamente por eso, terminó diciendo mucho más sobre el México contemporáneo que cualquier ceremonia inaugural o cualquier campaña turística.

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En un entorno donde todo parece reducirse a consignas y reacciones inmediatas, sostener un espacio periodístico para pensar con calma también tiene sentido. Visite mi espacio en https://ko-fi.com/renanmartinezcasas


  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: madres buscadorasMundialPortada 1turismo
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