Farmear aura: la insoportable levedad de ser cool

Estimados lectores, el mundo está cambiando y no siempre para bien, entre las situaciones políticas, sociales y culturales de nuestro mundo, la propagación masiva de una transculturización no asistida, que lleva tiempo fraguándose en las redes y en la eliminación de la identidad centralizada por convertirse en un cosmopolita digital, se entremezclan cultura, tradición y las nuevas tendencias para apropiar identidad global, quizá con o sin intención de sustituir a la identidad personal, pero sí para generalizar una cultura que se vive en la digitalización de nuestro ser social a través de la virtualidad y no va para menos el querer permanecer incluso en los algoritmos volubles y tendenciosos de las redes, sino que la gente común se ha convertido en modelo abstracto y realidad.
A todo esto, la insoportable levedad de ser ya no se genera en la existencia misma, sino en la doble existencia y, al parecer, en la posibilidad de transferir a la realidad lo que se vive de manera virtual. Lo que conformó la red global fue totalmente distinto: tratar de traducir la realidad para mostrarla en internet y, con ello, construir el mundo digital que, al principio, cuando se abrió a las personas comunes, llevaba consigo la expectativa de abrir el mundo al conocimiento, acortar distancias y permitir el aprendizaje remoto. Pero las redes sociales y su democratización perversa han demostrado todo lo contrario. A todo esto, yo me pregunto:
¿Qué tan leve es realmente ser cool cuando tienes que poner el cuerpo delante de los demás?
Antes de continuar dejo algo de música de Leonard Berinstein, con esta pieza que se llama “Cool” de la película West Side Story de 1961, “Cool” convierte precisamente el dominio corporal, la contención, la pertenencia al grupo y la apariencia de control en una coreografía. Los Jets deben contener la agitación, controlar el impulso, ocupar el espacio y, sobre todo, aparentar que lo hacen con naturalidad.
La primera vez que vi una batalla de farmear aura pensé exactamente esto: ¿Qué demonios están haciendo? Y no lo pensé con ternura; me produjo aversión. Quizá porque soy artista y pertenezco a una tradición un poco incómoda para estos tiempos: todavía creo en estudiar, ensayar, repetir, equivocarse, volver a empezar; en aprender un oficio y subir a un escenario después de haber trabajado para tener algo que comunicar. He pasado buena parte de mi vida intentando descubrir cómo conseguir que una canción atraviese ese territorio misterioso que existe entre quien la interpreta y quien la escucha. Entonces veo a dos muchachos colocarse frente a frente: uno se toca la mandíbula, el otro mueve las manos, uno mira fijamente, el otro hace una pose. Alguien hace el ademán six-seven y la multitud enloquece.
Y mi primera reacción, lo admito, fue: ¿Eso es todo? Luego descubrí que, de alguna manera, una parte de la gracia consiste precisamente en que parezca que eso es todo.
Primero hay que entender el idioma
En 2025, Oxford Languages incluyó aura farming entre las tres expresiones finalistas para su “Palabra del Año”, junto con biohack y rage bait. Finalmente ganó esta última. Biohack busca modificar u optimizar deliberadamente el cuerpo mediante hábitos, ciencia y tecnología; rage bait, “carnada para la ira”, es contenido deliberadamente provocador cuyo objetivo es generar reacciones, comentarios y tráfico en las publicaciones. Oxford define aura farming como la construcción deliberada de una imagen atractiva, carismática o impresionante mediante comportamientos destinados a transmitir, sutilmente, seguridad, coolness (frescura) o misterio. La terna resulta inquietante porque las tres expresiones parecen hablar de una misma obsesión contemporánea: manipular artificialmente algo que antes considerábamos espontáneo: el cuerpo, el carisma y la emoción.
La expresión aura farming comenzó a registrarse en Internet desde 2023 y explotó en 2025, particularmente después del video de Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio de 11 años que participaba como bailarín motivacional durante la tradicional competencia de embarcaciones Pacu Jalur. Lo que llamó la atención del mundo no fue que ejecutara una proeza espectacular, sino que se veía, en palabras de Oxford, effortlessly cool: extraordinariamente cool sin esfuerzo aparente.
Farmear viene del lenguaje de los videojuegos: ejecutar acciones para acumular puntos, objetos, experiencia o recursos. Aquí el recurso no existe: es aura, una especie de capital imaginario del carisma. Entrar espectacularmente a un lugar puede significar +1000 de aura; tropezarse delante de todos: -5000; responder con perfecta indiferencia: aura; intentar desesperadamente parecer interesante: pérdida de aura. Porque existe una regla no escrita fundamental: si se nota demasiado que estás intentando tener aura, probablemente ya la perdiste.
Y he aquí una broma que la historia parece gastarnos cada tantos siglos. En 1528, Baldassare Castiglione (conde, diplomático, militar y escritor humanista italiano del Renacimiento, célebre por escribir El cortesano (Il Cortegiano), la obra cumbre que definió el código de conducta y el ideal de la elegancia caballeresca en la Europa moderna), acuñó en El cortesano una palabra italiana que tampoco tiene traducción exacta: sprezzatura, que consiste en ocultar el esfuerzo, conseguir que aquello que requiere técnica parezca natural, fácil, casi accidental. Quinientos años después, una generación que quizá jamás ha leído a Castiglione vuelve a obsesionarse con lo mismo: parecer extraordinario sin parecer que se ha hecho ningún esfuerzo para conseguirlo.
Sólo que existe una diferencia: para el cortesano renacentista había una destreza que ocultar. Para farmear aura no necesariamente hace falta una destreza extraordinaria. Puede bastar una mirada, una postura, un gesto, una caminata, un silencio, incluso no reaccionar… Y aquí vuelve mi molestia. Citando a Pablo Neruda: Como un párpado atrozmente levantado a la fuerza, estoy mirando. No es voluntario seguir cada rastro para entender lo que los jóvenes llaman farmear aura, aquello que para nada me parece novedoso, salvo el hecho de que no necesariamente haya trabajo, esfuerzo o una expresión extraordinaria para generar una reacción. Para quienes crecimos vinculando reconocimiento con oficio, resulta desconcertante un sistema en el que aparentemente puede recibirse una ovación tan sólo por levantar una ceja. Pero quizá mi error comenzaba ahí; yo estaba juzgando una batalla de aura con las reglas de un artista para recibir aplauso, notoriedad y paga.
Mucho antes de TikTok se farmeaba aura sin marcador
Nadie necesitó esperar a TikTok para intentar parecer cool. Una nota publicada por José Cárdenas Informa propuso mirar retrospectivamente a Steve Stifler, el personaje de American Pie, como “pionero involuntario” del aura farming: entra en los espacios como si fueran suyos, transforma muchas de sus humillaciones en arrogancia y vive pendiente de conservar su condición de chico popular. No es una genealogía del término, sino un juego retrospectivo que permite recordar algo evidente: las nuevas generaciones, no inventaron la necesidad de parecer cool.
Para construir una presencia inolvidable no se necesitan palabras, y eso lo entendieron muy bien los grandes cómicos del cine mudo. Chaplin podía aparecer con bombín, bastón, bigotito, pantalones enormes y zapatos imposibles, y el mundo sabía inmediatamente quién acababa de entrar en cuadro. Charlot no era sólo un personaje: era una silueta, una manera de caminar, de inclinar el cuerpo, de quitarse el sombrero, de conservar una dignidad absurda aun cuando todo alrededor estuviera derrumbándose. Su identidad estaba construida hasta en la posición de los hombros y el movimiento del bastón.
Buster Keaton hizo prácticamente lo contrario: mientras otros multiplicaban las expresiones, él convirtió la ausencia de ellas en marca personal. Su célebre Stone Face permanecía inalterable mientras trenes, casas, barcos y, aparentemente, el universo entero conspiraba para destruirlo.
Harold Lloyd tenía sus lentes de carey y la apariencia del muchacho común que podía terminar colgado de las manecillas de un reloj a varios pisos del suelo.
Stan Laurel y Oliver Hardy (El Gordo y el Flaco) construyeron una gramática entre dos cuerpos: uno delgado, otro corpulento; uno desconcertado, otro solemne; una mirada a cámara, una pausa, una reacción y el público sabía perfectamente qué estaba pasando.
Los Hermanos Marx demostraron que la presencia también podía construirse desde el exceso. Groucho, con puro, cejas imposibles e insolencia; Harpo, desde el silencio, la mímica y el caos; Chico, con su propio ritmo, acento y gestualidad. Cada uno convirtió cuerpo, voz, actitud y absurdo en una firma inmediatamente reconocible; todo parecía desordenado, espontáneo y ligero, pero detrás había oficio y precisión cómica.
Y también las mujeres farmeaban aura. Dolores del Río lo hacía desde la contención: bastaba su manera de mirar y ocupar el encuadre para construir una presencia que Hollywood convirtió en símbolo de elegancia. Lupe Vélez, en cambio, lo hacía desde el exceso: movimiento, sensualidad, irreverencia, una energía que podía disputarle la pantalla incluso a Douglas Fairbanks. Una parecía decir “mírame” sin pedirlo; la otra parecía entrar diciendo “será difícil que mires a alguien más”. Dos formas opuestas de conseguir exactamente lo mismo: presencia.
Marcel Marceau, con su personaje Bip, demostró que un cuerpo podía narrar ternura, humor o tragedia sin pronunciar palabra. Cada inclinación de cabeza, cada mano suspendida en el aire, cada pausa estaba calculada; aquello que parecía espontáneo era resultado de una disciplina corporal feroz.
Si pertenecieran a este siglo, podríamos decir que farmeaban aura en cantidades industriales, con una diferencia fundamental: detrás de aquella aparente facilidad existían oficio, precisión, riesgo, ensayo y control corporal. La pose nunca fue necesariamente enemiga del talento; a veces era el resultado visible de haber trabajado muchísimo para que nadie viera el trabajo que había detrás.
Después ocurrió otra transformación: el gesto empezó a hacerse más pequeño. Ya no eran necesarios el bastón de Chaplin, la caída de Keaton ni el reloj de Harold Lloyd; en los años cincuenta bastaban unos jeans, una chamarra, un cigarrillo, los hombros ligeramente vencidos y una mirada que parecía no necesitar aprobación de nadie.
James Dean tenía aura; quizá allí comenzó a consolidarse una de las formas modernas de lo cool: cuanto menos parecías necesitar que los demás te miraran, más difícil resultaba dejar de mirarte. Marlon Brando tenía aura; Tony Manero, caminando por Brooklyn al ritmo de Stayin’ Alive, estaba, si aceptamos el anacronismo, farmeando cantidades escandalosas de aura. Lo nuevo no es la necesidad de proyectar carisma, presencia, misterio, seguridad o estatus, sino haber convertido esa antiquísima negociación social en lo que ahora los jóvenes llaman farmear aura.
Antes de continuar traigo a colación a Laurie Anderson con esta pieza llamada Language Is a Virus con una versión maravillosamente ejecutada por ella y sus músicos en el festival de Jazz Umbria en Italia el pasado mes de junio 2026, porque definitivamente el lenguaje es un virus que vino del espacio como dijo, William Burroughs.
Glosario para adultos desconcertados
Para comprender lo que ocurre en esas plazas hay que aceptar primero que estamos frente a una gramática corporal, no exactamente una coreografía; es una especie de lenguaje corporal armado de memes. No existe un reglamento internacional ni puntuación universal, los participantes pueden improvisar, posar, caminar, bailar, disfrazarse, hacer expresiones faciales o responder al adversario mediante referencias reconocibles para quienes comparten determinado ecosistema digital; dependiendo del torneo, decide un jurado, el público o ambos.
Aura. Presencia, carisma, estilo, que hace parecer interesante a alguien. Aura points. Puntos imaginarios con los que los jóvenes convierten el prestigio en ganancias acumulables, como sucede en un videojuego. Farmear. Acumular. Mewing. Práctica popularizada en Internet en torno a la posición de la lengua y la mandíbula que terminó convertida en meme corporal; en las batallas puede aparecer acompañada por una mirada fija y el gesto de marcar con los dedos la línea mandibular. Sigma. Palabra proveniente de un universo de jerarquías masculinas de Internet (manosfera), aunque hoy puede utilizarse de manera irónica o francamente absurda. Siuuuu. Es el gesto de celebración de Cristiano Ronaldo, convertido hace mucho en meme autónomo.
Y después tenemos six-seven, quizá uno de los ejemplos más hermosos del abismo generacional contemporáneo. Proviene de “Doot Doot (6, 7)”, del rapero Skrilla, y terminó asociado con un gesto en el que las manos, alternadamente, suben y bajan. ¿Qué significa exactamente? Puede significar “más o menos”, lo que los ochenteros o noventeros calificaban como “ahí, dos tres”; puede ser una respuesta absurda, una broma, utilizarse simplemente porque sí y, por supuesto, servir para observar cómo un adulto pregunta desesperadamente qué significa. En otras palabras: parte de su función consiste en que los adultos no lo comprendan.
En 1923, el antropólogo Bronislaw Malinowski llamó comunión fática a una función del lenguaje que no consiste fundamentalmente en transmitir información sino en crear vínculo. Cuando decimos “qué calor hace”, probablemente no estamos proporcionando información meteorológica desconocida; estamos diciendo: aquí estoy, te reconozco, hay algo en común, estamos juntos.
Algo sucedió en 2026
Algo cambió por completo mi apreciación sobre el asunto: salieron de casa. El meme abandonó la pantalla y los jóvenes comenzaron a congregarse físicamente.
En Brasil comenzaron a organizarse competencias presenciales durante junio de 2026; una de las primeras documentadas ocurrió en Cametá, Pará, y poco después otra competencia, en Suzano, reunió a más de 200 personas. El fenómeno comenzó a replicarse en Argentina, Bolivia, Perú, Colombia, Costa Rica y México.
El 14 de agosto, El Economista documentó una competencia en la Macroplaza del Malecón de Veracruz y, el 20 de agosto frente al Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, adolescentes y jóvenes se reunieron para competir utilizando mewing, six-seven, poses, disfraces y memes; el ganador obtuvo tres mil pesos y los participantes reportados tenían, en su mayoría, entre 14 y 20 años.
Entonces tuve que volver a mirar aquello que me había provocado aversión, porque llevaba años escuchando la misma queja sobre las generaciones nacidas dentro del universo digital: no salen, no conviven, no levantan la mirada del teléfono, no juegan como jugábamos nosotros.
En México, el 95.1 % de las personas entre 12 y 17 años utilizaba Internet en 2024 y pasaba, en promedio, 4.5 horas diarias conectado; entre los 18 y 24 años, el 97 % utilizaba Internet y pasaba, en promedio, 5.7 horas diarias conectado. Eso no significa que Internet haya destruido su vida social; sería una simplificación cómoda. Significa que forma parte estructural de ella; para estos muchachos la red no es un aparato al que “entran”, es uno de los lugares donde viven.
Entonces comprendí algo que modificó completamente mi primera reacción: no abandonaron Internet para encontrarse, llevaron Internet consigo para poder encontrarse. El meme salió del teléfono, se apoderó de los cuerpos, entró en el gesto y el gesto necesitó otro, el adversario necesitó espectadores y los espectadores necesitaron una plaza.
El regreso del cuerpo físico de la juventud
Ésta, para mí, es la parte más importante de toda la historia: internet nos permite administrar nuestra aparición frente a los demás; escoger una fotografía, poner filtro, repetir una toma, construir un avatar, elegir un nombre, responder después, borrar el mensaje, silenciar, bloquear, cerrar sesión… El cuerpo físico es bastante menos complaciente: no tiene botón de deshacer.
Cuando un adolescente entra al centro de una batalla de aura está ahí completo: su estatura, su ropa, su cara, sus manos, su timidez, su manera de caminar, su torpeza, su seguridad o falta de ella, y alrededor hay personas reales. Si el chiste fracasa, si nadie entiende el gesto, existe silencio; si hace el ridículo, no puede editarlo antes de que quienes lo rodean lo hayan visto. Eso exige algo que las pantallas permiten dosificar: exposición real y, pese a que ellos mismos manifiestan que no debe existir esfuerzo, hay valentía.
El aura farming continúa vinculado con la validación externa, la apariencia, el estatus, la comparación y la construcción deliberada de una personalidad que otros deben aprobar; puede producir crueldad, humillación y trasladar las mismas jerarquías digitales a la plaza, además de grabarse para regresar convertido en contenido a TikTok. No estamos asistiendo al final de Internet, pero hay algo fundamental: hay otro cuerpo enfrente.
Y aquí colocaré esta canción de Michael Jackson, Bad, porque el duelo del video y los duelos entre bailarines, aunque resulte un anacronismo, me parece que se asemejan de alguna manera al aura farming. Decidí poner la versión infantil de la película Moonwalker, de 1988.
Todos los círculos se parecen un poco
Las batallas de aura no descienden de rituales prehistóricos; el breaking dance no es su abuelo ni el freestyle, su padre, pero sí reaparecen comportamientos humanos antiquísimos: reunirse, competir, imitar, exhibirse, desafiar, reconocer códigos y decidir quién destaca. El breaking dance, el cypher, las batallas de rap, el voguing o los flashmobs tampoco son antepasados directos del aura farming; sólo recuerdan que las palabras cambian mucho más rápido que nuestra necesidad de ser vistos y estar juntos.
La antigua electricidad de estar juntos
El sociólogo, filósofo y pedagogo francés Émile Durkheim llamó efervescencia colectiva a la sensación que puede surgir cuando los individuos se reúnen, concentran su atención y comparten emociones. En 2022, un equipo internacional encabezado por José J. Pizarro, investigador vinculado con la Universidad del País Vasco y la Universidad Católica del Norte, publicó en la revista de psicología Frontiers in Psychology un metaanálisis de 50 estudios y 182 mil 738 participantes, en el que se encontraron asociaciones entre esa efervescencia y la identidad grupal, las emociones compartidas, la integración social, el compromiso con el grupo y la eficacia colectiva. No estudiaba batallas de aura, pero ofrece un marco para comprender qué puede ocurrir cuando muchas personas comparten físicamente un espacio y reaccionan juntas.
Cuando un muchacho hace un gesto y cien personas reconocen simultáneamente la referencia, para mí quizá no significa nada; para ellos ocurre algo: durante unos segundos miran lo mismo juntos. Eso es muchísimo más antiguo que Internet.
Adultos indignados
Las competencias han provocado ataques en redes y hasta intentos de impedir algunas convocatorias; al mismo tiempo, especialistas como la psicóloga venezolana María Eugenia Tovar, consultada por AFP (Agence France-Presse), han señalado que la comunicación mediante redes y memes es genuina para los adolescentes y puede propiciar encuentros presenciales.
Tal vez tenemos derecho a encontrarlo absurdo o ridículo; yo lo percibí así. También nuestros padres encontraron ridículas muchas cosas que hicimos. No toda moda juvenil incomprendida termina siendo una revolución cultural; algunas son simplemente tonterías y está bien. ¿Cuándo decidimos que los jóvenes sólo merecen ocupar el espacio público si hacen algo que nosotros consideramos trascendente? ¿Necesitan estar haciendo arte?, ¿manifestándose?, ¿leyendo?, ¿organizando una revolución?, ¿jugando un deporte reconocido?, ¿o pueden simplemente estar haciendo una estupidez juntos? Nosotros también las hicimos; la diferencia es que muchas ocurrieron antes de que existiera una cámara grabándonos permanentemente.
Aquí conservo una reserva: me gustaría que una generación con acceso a más información que ninguna otra desarrollara un pensamiento crítico feroz, y no encuentro nada de eso dentro de una batalla de aura, pero quizá estoy volviendo a exigirle a un juego que sea un manifiesto de ideas grandilocuentes y revolucionarias. No toda reunión necesita producir pensamiento político o contener una tesis; a veces las personas simplemente necesitan estar con otras personas. Antes de discutir juntos hay que aprender a permanecer juntos, antes de organizarse hay que reconocerse y antes de construir comunidad tiene que existir algún lugar donde dos desconocidos puedan mirarse sin que una pantalla sea la única intermediaria.
Y con esto recuerdo que a mi abuelo no le gustaba que escuchara Pachuco, de Maldita Vecindad. Él había vivido su juventud en los años cuarenta y usado la moda de aquella época, pero siempre aclaraba: “Yo nunca fui pachuco”, y me pedía que no utilizara esa palabra. Tiempo después entendí que su rechazo no era sólo generacional: términos como pachuco, caifán y, de manera mucho más directa, padrote podían cargar, según la época y el contexto, con asociaciones de marginalidad, vida nocturna, delincuencia o proxenetismo. Para mí era una canción; para él, aquella palabra todavía conservaba otra memoria.
Cambiar de opinión
Sigo sin saber si me gusta eso de farmear aura. Quizá ésa es la parte más honesta de este guijarro: me desconcierta esa celebración del mínimo esfuerzo, una gramática donde una mandíbula, una mirada o un meme pueden otorgar más reconocimiento inmediato que años de disciplina. Hablar de la voluntad de crear en un disco como manifiesto artístico y mirar a jóvenes congregados con el único interés de hacer aura farming me resulta completamente inútil, pero para ellos es importante, así como mi trabajo artístico podría parecerle ocioso a un trabajador de oficina.
Quizá una parte de mi aversión también viene de intentar sobrevivir como artista en un mundo cuyas reglas de producción, escucha, difusión y reconocimiento cambian a una velocidad que a veces me deja fuera de lugar. No estaba viendo únicamente a dos jóvenes haciendo gestos; estaba viendo un mundo nuevo que no me pidió permiso para aparecer. Crecer consiste también en aceptar que algún día uno comienza a escuchar lenguajes sociales que ya no comprende inmediatamente.
Entonces podemos hacer dos cosas: desdibujarnos o comprender para avanzar con las nuevas corrientes y permanecer; para eso se necesita saber: ¿qué están diciendo?
Pregunté, investigué y descubrí que a veces no están diciendo gran cosa, pero están ahí frente a frente con otros, poniendo el cuerpo, arriesgándose al ridículo, reconociendo un código compartido. Quizá mañana esta moda desaparezca; probablemente aparecerá otra palabra incomprensible y perderemos varios miles de puntos de aura intentando pronunciarla. Mientras tanto, hay algo en esta imagen que, contra mi primera reacción, me produce esperanza. Una generación que recibió pantallas desde edades tempranas no tuvo que destruirlas para encontrarse: utilizó la pantalla para convocar el encuentro.
No sé si detrás de una batalla de aura exista algo más profundo que la diversión de una tarde; sería absurdo adjudicarles intenciones que quizá no tienen. Pero sí sé lo que mis ojos pueden ver: se encontraron. Y después de tantos años preocupándonos porque no levantaban la mirada del teléfono, tal vez podríamos contener durante un momento nuestra necesidad adulta de decirles cómo deben hacerlo. Puede que yo jamás aprenda a farmear aura, pero si el precio de esta nueva y extraña gramática corporal es ver nuevamente a un grupo de jóvenes reuniéndose para jugar, mirarse, reír y hacer el ridículo juntos en una plaza, estoy dispuesta a concederles algunos puntos.
Y para despedirme, dejo Dancing in the Street, en la versión de David Bowie y Mick Jagger. No porque explique el aura farming, sino porque después de tantas pantallas, algoritmos, códigos y puntos imaginarios, quizá la imagen más sencilla sea también la más importante: salir, encontrarse y ocupar juntos la calle.
Tal vez cambien la música, los gestos y las palabras; por ahora, que sigan reuniéndose.
Nos leemos en el próximo guijarro.
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