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El karma de no ser un camaleón: Boy George “We Will Dance Again”

Un guijarro en mi bota (Sucesos, eventos, hechos, casos, cosas) /por Iris Bringas

Iris Bringas Por Iris Bringas
16 de agosto de 2026
En Un guijarro en mi bota
El karma de no ser un camaleón: Boy George “We Will Dance Again”

El que mira al otro lado. AMEXI/Imagen: IA Iris Bringas

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El karma de no ser un camaleón: Boy George “We Will Dance Again”

Iris Bringas

Estimados lectores, como “nada nos es ajeno”, les pido que pasen, tomen asiento y charlemos sobre la libertad que tiene un artista para manifestar lo que piensa y siente; y sobre la facultad que otros se atribuyen para decidir cuándo una voz incómoda merece dejar de ser escuchada.

Hay maneras mucho más sencillas de cumplir 65 años que meterse voluntariamente en uno de los incendios políticos, culturales y morales más feroces de nuestro tiempo. El cantante y compositor inglés George Alan O’Dowd, mejor conocido como “Boy George”, eligió meterse en la polémica. Dejaré por aquí una de las tantas ligas rescatadas que contienen la canción. No me ha sido posible encontrar un video oficial del artista, aunque “The Guardian” confirma que fue publicada en X e Instagram con el título hebreo עוד נרקוד, junto con su traducción al inglés.

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A finales de julio de este año, el artista publicó la canción We Will Dance Again, una canción pop-reggae asistida por inteligencia artificial que recuerda la masacre del festival Nova del 7 de octubre de 2023, en la que declara su solidaridad con la comunidad judía y confronta abiertamente a quienes interpretan la ofensiva israelí sobre Gaza, exclusivamente desde la acusación de genocidio. La canción produjo exactamente lo previsible: aplausos, indignación, acusaciones, defensas, rupturas profesionales y una nueva hoguera en las redes sociales. Lo que creíamos imposible: Boy George renació de sus cenizas. Quizá convenga comenzar por lo más elemental: escucharla.

Tú dices genocidio, yo digo guerra. / Cuando te atacan, para eso está el ejército. / ¿Se pone feo? Puedes apostar que sí. / Cuando sé que quieres matar / hasta al último de nosotros. / Nunca mencionas el 7 de octubre. Muchachas jóvenes violadas contra los árboles. / Asesinadas brutalmente por el crimen de bailar. / Condenas a los judíos, con memoria selectiva. / Músicos sosteniendo banderas, mascullando consignas como ovejas: / La propaganda alimentada por Internet se siente tan endeble. [Coro] / Pero créeme, volveremos a bailar. / Y no habrá guerra. / Pero si alguna vez estás confundido, yo estoy con los judíos. / No me siento valiente, simplemente necesito comportarme como un ser humano. (Traducción literal de la letra de We Will Dance Again, de Boy George.)

We Will Dance Again recuerda una atrocidad real. En el festival Nova, que se celebraba cerca del kibutz Re’im, en la región del Néguev occidental, a pocos kilómetros de la frontera con la Franja de Gaza, murieron 344 civiles y 34 integrantes de las fuerzas de seguridad; otras 44 personas fueron secuestradas. Estas víctimas formaron parte del balance general de los ataques del 7 de octubre de 2023, perpetrados por Hamás y otros grupos armados palestinos contra distintas comunidades y objetivos del sur de Israel, que dejaron alrededor de mil 200 personas muertas y 251 tomadas como rehenes. Las cifras específicas de Nova proceden de la investigación militar israelí publicada en 2025; Naciones Unidas sitúa el balance general del 7 de octubre en más de mil 200 muertos y 251 personas secuestradas.

Hamás —acrónimo en árabe de Movimiento de Resistencia Islámica— es un movimiento palestino islamista y nacionalista fundado en 1987, con estructura política y brazo armado. Tomó el control de facto de la Franja de Gaza en 2007 y mantuvo allí su administración durante casi dos décadas. En julio de 2026 anunció la disolución de su gobierno de facto y su disposición a transferir la administración a un comité palestino de tecnócratas, aunque el proceso permanece inconcluso y Hamás conserva influencia en partes del territorio. Estados Unidos y la Unión Europea lo clasifican como organización terrorista.

El punto de partida emocional de George, por tanto, no es ficticio.

Aquel 7 de octubre de 2023, durante Simjat Torá, cientos de personas habían salido a bailar y muchas fueron asesinadas. Decir que algún día se volverá a bailar no es, por sí mismo, pedir venganza. Puede ser exactamente lo contrario: la afirmación elemental de que la vida deberá continuar después del horror. Pero Boy George no se queda ahí. La canción entra deliberadamente en el terreno político: su arranque enfrenta dos conceptos en seis palabras:

“You say genocide, I say war” (“Tú dices genocidio, yo digo guerra”).

Después defiende la función del ejército frente a un ataque, cuestiona a artistas que ondean banderas palestinas, denuncia lo que considera memoria selectiva y termina colocando su solidaridad con los judíos en el centro del discurso. Entonces ya no estamos escuchando solamente una canción sobre resiliencia. Estamos escuchando una postura, y las posturas pueden discutirse.

Lo que no termino de comprender es por qué hemos empezado a creer que discutir una obra significa necesariamente borrar a quien la hizo.

¿Quién es Boy George?

George Alan O’Dowd tampoco apareció ayer en el escenario de la incorrección. Boy George construyó buena parte de su identidad pública haciendo algo que a principios de los años ochenta resultaba considerablemente menos sencillo que hoy; negarse visual, sexual y artísticamente a entrar en las casillas que las costumbres de su época habían preparado para él.

Su imagen andrógina convirtió a Culture Club en uno de los grandes fenómenos del pop británico. Su voz, su aspecto y su manera de ocupar el espacio desafiaban los códigos de género, antes de que las palabras con las que hoy los discutimos —y, por supuesto, las nociones de identidad y expresión de género— formaran parte de la conversación cotidiana. Do you Really Want to Hurt Me?, Time, Church of the Poison Mind, Victims, It’s a Miracle y Karma Chameleon terminaron formando parte del vocabulario sentimental de toda una generación.

George no es judío. Ha explicado, sin embargo, que mantiene amistades judías desde que era adolescente y que siente una conexión profunda con esa comunidad. También ha hecho una distinción que vale la pena conservar: sentirse próximo a los judíos no significa, según él mismo, carecer de compasión por los palestinos ni aprobar necesariamente las acciones del Estado de Israel. Meses antes de esta canción llegó incluso a decir que se sentía conectado con el pueblo judío, no necesariamente con Israel, y que la misión de la música debía servir para unir.

Esa diferencia es fundamental y no debemos olvidar que judío no significa gobierno israelí; que Israel no significa Netanyahu; que palestino no significa Hamás; que criticar las acciones del gobierno de Israel no convierte automáticamente a alguien en antisemita, y que defender la existencia de Israel o expresar solidaridad con los judíos, tampoco convierte automáticamente a alguien en defensor de la devastación de Gaza. Cuando empezamos a borrar esas diferencias comienza precisamente la parte más peligrosa de esta conversación.


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Karma Chameleon

Recuerdo haber visto de niña este video y quedar estupefacta ante la belleza del rostro de aquella mujer que, después supe, era Boy George. Él lo había dicho muy clarito en una declaración recogida por Fred Bronson en The Billboard Book of Number One Hits —que Karma Chameleon trataba “del terrible miedo a la alienación que tiene la gente, del miedo a defender una sola cosa”. Añadía que hablaba de intentar agradar a todo el mundo y de cómo, cuando alguien no es fiel a lo que siente, termina enfrentándose a una suerte de justicia kármica.

Hay una ironía extraordinaria en Boy George. Cuando explicó Karma Chameleon, dijo que la canción hablaba del miedo a la alienación, del miedo a defender una posición y de la necesidad de intentar agradar a todos; su idea era que actuar contra aquello que uno realmente siente termina cobrando cierto karma que, tarde o temprano, pasa factura. Más de 40 años después, Boy George está pagando exactamente el precio de no cambiar de color para encajar. Y ése puede ser uno de los aspectos más incómodos de We Will Dance Again.

No me metería en juzgar si tiene razón o no, al menos todavía. Me parece más importante desgajar otra pregunta: ante la sociedad actual, ¿acaso conserva el derecho a equivocarse públicamente?, y que en caso de que esté equivocado —o de que otros consideren que lo está—, ¿debería terminar silenciado por manifestar su convicción?

La libertad artística no puede consistir en permitir únicamente aquello que coincide con uno o con la mayoría; eso sería tolerancia decorativa. Una obra merece ser cuestionada, combatida intelectualmente, contradicha, satirizada, desarmada y si se quiere, repudiada. Pero entre cuestionar una obra y exigir que su autor desaparezca existe una distancia que la sociedad contemporánea recorre, últimamente, con demasiada facilidad.

Tras la canción llegaron consecuencias profesionales. George abandonó su participación como Herodes en el montaje de “Jesus Christ Superstar” en Londres en medio de la controversia; se separó de su responsable de sello y management, y tuvo un enfrentamiento con Bandcamp en torno a la publicación del tema, pues la plataforma retiró su canción del catálogo. Lo prudente es no meter todos esos episodios dentro de una sola palabra llamada “censura”: en unos casos hubo decisiones empresariales; en otros, presión pública y, en otros más, decisiones del propio artista.

Libertad de expresión tampoco significa libertad de consecuencias, pero una consecuencia tampoco debería convertirse automáticamente en destierro. El camaleón decidió no cambiar de color; prefirió defender su esencia y su convicción. Ahora toca saber si el color que eligió resiste una mirada crítica.

Culture Club — The War Song

En 1984 Culture Club publicó The War Song, la cual dejo de una vez para sus ojos y oídos.

La tesis de esta canción cabía prácticamente en tres palabras: “War is stupid” (La guerra es estúpida). Era una canción antibélica de pop brillante, casi festivo, construida sobre una contradicción estética parecida a la que encontramos en su reciente lanzamiento: música accesible y luminosa envolviendo una reflexión mucho más profunda. En resumen, se centra en que el odio social y la guerra exterior nacen también de una guerra interior; y en que el amor pierde significado cuando permitimos que esa lógica domine. Boy George llegó después a cuestionar también la forma en la que la sociedad romantiza la guerra. La canción alcanzó el número dos en las listas de popularidad del Reino Unido. Cuarenta y dos años después, aquel hombre canta: “You say genocide, I say war”. La tentación inmediata sería gritar: ¡contradicción!

La incertidumbre es algo muy humano. Resulta relativamente sencillo condenar la guerra cuando ésta permanece en abstracto. La prueba comienza cuando los muertos tienen rostros próximos, cuando los secuestrados pertenecen a una comunidad querida, cuando aquello que veíamos por televisión toca afectivamente nuestra casa. Boy George vio la exposición dedicada a las víctimas de Nova y eligió hablar desde allí. ¿Eso invalida al muchacho que decía que la guerra era estúpida? Tal vez no.

Quizá demuestra algo perturbador: cuando una yuxtaposición de conceptos emotivos, sociales y culturales se aplica al pensamiento de lo propio, es posible pensar que el pacifismo solamente adquiere verdadero sentido cuando tenemos razones personalísimas para abandonarlo. Es precisamente cuando sentimos que “los nuestros” han sido atacados cuando la convicción de no incendiar al otro deja de ser una frase bonita y se convierte en una prueba moral y ética. Y ahí es donde yo me separo parcialmente de George. Puedo comprender por qué llama guerra a lo ocurrido después del 7 de octubre. Lo que no puedo hacer es aceptar que la palabra guerra liquide la discusión sobre la palabra genocidio.

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio establece que éste puede cometerse tanto en tiempos de paz, como de guerra y requiere, entre otros elementos, la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.

Una comisión internacional independiente de investigación de Naciones Unidas concluyó en 2025 que Israel había cometido genocidio en Gaza, conclusión que Israel rechaza categóricamente. El litigio promovido por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia permanece abierto; en mayo de 2026, el tribunal todavía fijaba nuevas etapas procesales. No existe, por tanto, una sentencia definitiva sobre el fondo de ese caso que permita dar por concluida jurídicamente la discusión. Boy George tiene derecho a decir ‘yo digo guerra’; la canción no adquiere por eso autoridad jurídica.

It’s a Miracle

Después viene la inteligencia artificial. Desde esta óptica, el camaleón comienza a mirarse en un espejo todavía más extraño. George reconoce haber empleado IA en We Will Dance Again, pero sostiene que la letra y la melodía son suyas. Su defensa de la tecnología resulta reveladora: asegura que trabajar con músicos humanos habría introducido objeciones, advertencias sobre lo que podía o no podía decir y una serie de gatekeepers —interventores o escrutadores— que la inteligencia artificial le permitió esquivar. Incluso afirma que la IA lo ha vuelto más creativo.

Comprendo el entusiasmo; también me inquieta mucho. Soy una apasionada de la tecnología y la uso con frecuencia para crear imágenes y video, pero no quiero, ni por equivocación, regalarle mi creatividad o cederle coautoría a una inteligencia artificial en el terreno musical. Sin embargo, debo confesar que con la IA se pueden conseguir colaboradores brillantes, sin criterio propio y peligrosamente lambiscones. Un colaborador que nunca contradice puede resultar extraordinariamente cómodo, pero no necesariamente bueno.

Musicalmente, We Will Dance Again se mueve sobre un pop-reggae fácil de reconocer, con una producción pulida y una vocación de himno contemporáneo. A mis oídos, por momentos, adopta una épica emocional que asociamos a cierto pop anglosajón reciente e, incluso, a algunos recursos popularizados por intérpretes como la cantautora australiana Sia. Aunque no exista colaboración ni una influencia claramente identificable, percibo giros vocales y resoluciones melódicas similares. Incluso, antes de reparar en la letra, la canción podría recordarme por momentos a Runaway, de Los Pericos; pero son asociaciones libres a las que me conduce la nueva canción de Boy George y, de ninguna manera, una acusación de copia o plagio. Sin embargo, musicalmente me parece bastante genérica, salvo que la letra contiene su declaración política.

El 11 de agosto, el artista dijo que integrantes de su propia banda estaban cuestionando si interpretarían la canción con él y anunció que quienes se negaran serían despedidos. En la misma explicación celebraba a la IA porque elimina la “interferencia” de los guardianes humanos. Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿está Boy George tan preocupado por difundir su mensaje que prefiere privilegiar una inteligencia artificial —que no le contradice— por encima de los colaboradores humanos que sí pueden hacerlo?

Si él reclama la libertad de escribir una canción incómoda pese a las objeciones de la industria, entonces sus músicos también deberían tener la libertad de actuar conforme a su propia conciencia, sin que ello ponga en riesgo sus derechos laborales. ¿El derecho a ser fiel a tus convicciones funciona solamente para Boy George?

Legalmente, laboralmente o contractualmente podrá existir otra discusión. Moralmente, la contradicción es exquisita: el artista que exige espacio para disentir se encuentra ahora frente al disentimiento dentro de su propia banda. El karma, a veces, trabaja rápido y se vuelve contra uno con la misma intensidad con la que nos aferramos a un pensamiento radical, separatista y absolutamente egoísta.

Do You Really Want to Hurt Me?

Pero detrás de esta discusión pop hay cadáveres y seguramente lastimó realmente a sus músicos. Y ésa es la parte que no podemos convertir en juego intelectual.

Y si vamos a adentrarnos en la difícil posición de formular propuestas de paz sin suficiente profundidad, debo confesar que, para quienes viven un agravio de tales magnitudes como la guerra o el genocidio y han resultado realmente afectados, resulta demasiado fácil decir “cada quien con su golpe” o avivar el fuego colocándonos de un lado u otro, como si apoyáramos equipos de futbol en un Mundial y les echáramos porras.

El conflicto palestino-israelí no comenzó el 7 de octubre de 2023. Sus antecedentes contemporáneos incluyen el sionismo político moderno, el Mandato británico de Palestina, la Declaración Balfour, la propuesta de partición de Naciones Unidas de 1947, la creación del Estado de Israel y la guerra de 1948, que produjo el desplazamiento de cientos de miles de palestinos; la guerra de 1967 y la ocupación israelí de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este; los intentos de negociación de Oslo, y décadas posteriores de ocupación, terrorismo, asentamientos, bloqueos, ataques, represalias y procesos de paz frustrados.

Resumir semejante herida en un párrafo ya constituye una injusticia. Pero resumirla tomando partido sólo por una bandera es peor. El 7 de octubre fue una atrocidad; eso no debería resultar polémico. Hamás y otros grupos armados atacaron a civiles, asesinaron a más de 1,200 personas y secuestraron a 251. Las Naciones Unidas han documentado, además, graves violaciones cometidas durante esos ataques.

Por otro lado, en Gaza, la dimensión de la respuesta israelí ha sido incomparablemente mayor en destrucción y número de víctimas. Para finales de julio de 2026, el balance palestino reportado desde el inicio de la guerra superaba las 73,000 personas muertas. Incluso después del alto el fuego anunciado en octubre de 2025, el Ministerio de Salud de Gaza reportaba, al 5 de agosto de 2026, otras 1,254 muertes, 4,121 heridos y 804 cuerpos recuperados de los escombros. OCHA —Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios— advierte sobre la procedencia de esas cifras y las atribuye correctamente a sus respectivas fuentes.

No existe simetría militar ni territorial, ni siquiera en la capacidad de destrucción. Reconocerlo no vuelve menos criminal el asesinato de un civil israelí. Y reconocer el horror del 7 de octubre no vuelve menos humana la vida de un niño palestino. Ése es precisamente el punto en el que me niego a entrar al estadio y a participar en esas malditas porras superficiales. No estamos viendo un torneo de box. No hay marcador que permita sumar cadáveres hasta demostrar quién merece nuestra simpatía.

Tampoco me parece justo despreciar a quienes ondean una bandera palestina como si fueran necesariamente integrantes de una moda. Hay personas haciendo un activismo extraordinario, arriesgando incluso sus propias vidas para llevar alimento, medicina, asistencia y voz a quienes lo han perdido todo. Ese compromiso merece respeto. Del mismo modo, una persona que manifiesta solidaridad con Israel o con la comunidad judía no puede ser convertida automáticamente en promotora de la muerte de palestinos.

La solidaridad no debería funcionar como confesión de culpabilidad. Lamentablemente, en ese aspecto, Boy George se equivoca cuando mete con demasiada facilidad a músicos pro-Palestina dentro de un rebaño de pensamiento acrítico o cuando pretende convertir a sus trabajadores en feligreses de sus ideales. Puede existir rebaño, por supuesto. Las redes sociales son excelentes fábricas de unanimidades instantáneas, pero también puede existir una convicción sincera. Si exigimos que Boy George no sea reducido a monstruo por manifestar su solidaridad con los judíos, debemos conceder exactamente la misma dignidad a quien sostiene una bandera palestina porque siente horror ante la injusticia en Gaza.

Mi postura como artista en esto resulta bastante menos espectacular que una bandera. Mientras esta guerra continúe, yo no voy a colocarme ni de un lado ni del otro, por muy temerosa o indolente que pueda parecer esta posición. No soy indiferente a ningún ser humano que lo pierde todo ante la mezquindad de quienes sostienen guerras por intereses de aniquilación, conveniencias económicas o ambiciones de poder. Porque el conflicto en esa región no es sólo una disputa de poder: es histórico, religioso, geopolítico y cultural, y va mucho más allá de nuestra comprensión como para decidir, desde lejos, quiénes son los buenos y quiénes los malos.

Son devastadoras las cifras de gente inocente que sucumbe ante el peor monstruo creado por el ser humano: la guerra, ese fantasma que impide el desarrollo de lo humano y sostiene la barbarie en aras de un progreso que sólo beneficia a quienes se nutren del miedo. Participar desde una postura a favor de unos o en contra de otros no ayuda, en lo más mínimo. Lamentablemente, incluso los esfuerzos de quienes, con muchos huevos, van a la región para acercar ayuda humanitaria poco pueden hacer frente a la atrocidad y la magnitud de la injusticia cometida por los gobiernos contra su propia gente y contra sus adversarios, mientras se apoyan en otras potencias mundiales para fortalecer intereses que poco tienen que ver con el cuidado de la humanidad.

Hallelujah

Existe, finalmente, una pequeña coincidencia personal que regresó a mi memoria mientras escuchaba a Boy George y comprendía profundamente su postura desde mi mirada artística.

El 24 de septiembre de 2023 lancé en redes sociales mi versión de Hallelujah, de Leonard Cohen. Era la víspera de Yom Kippur, el Día del Perdón. Para mí, aquella canción hablaba de gratitud, de resiliencia, de regresar, perdonar, vaciar para poder volver a llenar. Trece días después llegó el 7 de octubre, fecha que abrió otra etapa atroz de este conflicto en nuestro mundo contemporáneo. Lancé aquella canción con enorme esperanza, inspirada por una tradición judía que me parece hermosa. Desde entonces han pasado casi tres años: decenas de miles de muertos, ciudades destruidas, familias israelíes quebradas, familias palestinas borradas, rehenes, desplazados, niños heridos y suficientes razones para fabricar varias generaciones más de odio. Dejo aquí la liga a mi versión, lanzada pocos días antes de la masacre del festival Nova.

Por que Dios nos proteja de un mal final, / por que un día podamos escarmentar, / por que acabe con tanta furia, Aleluya.

Y sigo pensando exactamente lo mismo: tenemos que encontrar alguna manera de regresar. Quizá por eso We Will Dance Again me incomoda y me conmueve al mismo tiempo. Creo que simplifica cuestiones que no admiten simplificación, que confunde por momentos la crítica a Israel con la condena a los judíos y que incurre en una contradicción seria cuando exige libertad para ejercer su propia conciencia mientras amenaza la libertad de conciencia de quienes tocan con él.

Pero tampoco encuentro en su canción una convocatoria a asesinar palestinos o a generar más odio. Por el contrario, dice que “volveremos a bailar”, y quizá ahí esté lo más valioso de la canción: no renuncia a la esperanza. Encuentro en este Boy George entrado en años a un artista expresando una posición, y tiene derecho a hacerlo. Nosotros tenemos derecho a discutirla, incluso a contradecirla; a decirle que una guerra puede contener crímenes atroces sin dejar de llamarse guerra, que la palabra “genocidio” no desaparece porque una canción elija otra y que ondear una bandera palestina tampoco convierte automáticamente a nadie en enemigo de los judíos. Lo que no deberíamos tener es el derecho de borrar al otro porque nos incomoda que mire hacia otro lado, que tenga otra visión o que sostenga una opinión distinta.

Y sí, George: así sera. We Will Dance Again.

Pero el día en que podamos decirlo de verdad, ese “nosotros” tendrá que ser mucho más grande e incluir a muchas más personas del mundo. Tendrán que volver a bailar quienes sobrevivieron a Nova y a Gaza: israelíes y palestinos, judíos, musulmanes, cristianos, ateos; las niñas y los niños a quienes nadie preguntó si querían heredar la guerra de sus mayores. Porque mientras sólo puedan bailar algunos, la guerra no habrá terminado. Y quizá el desafío no sea decidir quién merece la pista para danzar; quizá sea recordar, de una vez por todas, que todos los seres humanos que habitamos el mundo somos parte del baile.

Y hasta aquí mi guijarro, querido lector. Los dejo con este cover interpretado por Boy George en 1987, tema originalmente lanzado por Bread en 1972: Everything I Own. Confieso que, en este caso, me quedo con la versión original.


  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: Boy GeorgeHamásjudiosKarma ChameleonWe Will Dance Again
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