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México 2026, el balón rodará

Un guijarro en mi bota (Sucesos, eventos, hechos, casos, cosas) / por Iris Bringas

Iris Bringas Por Iris Bringas
7 de junio de 2026
En Nacional, Un guijarro en mi bota
Balón. Ofrenda Sombría en un estadio desolado. Foto de Iris Bringas en IA

Ofrenda Sombría en un estadio desolado. Foto de Iris Bringas diseñada en IA

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México 2026, el balón rodará

Iris Bringas

 

Queridos lectores, quiero empezar este guijarro mundialista, con la canción “Mi ciudad” de Guadalupe Trigo, arreglos de mi querido Chucho Ferrer. Una canción que desde niña, para mí ha sido un símbolo de identidad, orgullo y belleza.

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La ciudad despierta desde arriba como un animal antiguo, primero aparece el valle tendido entre volcanes, como si todavía guardara en la espalda la memoria del agua. Luego la mancha inmensa, viva, inabarcable: azoteas, antenas, cúpulas, palacios, mercados, avenidas que se abren como cicatrices y coches diminutos avanzando con la obediencia desesperada de las hormigas. El ojo baja, cruza el Zócalo, donde la piedra ha resistido imperios, procesiones, plantones, desfiles, temblores y promesas. Se divisa Catedral, Palacio Nacional, los edificios que parecen sostener con discreta fatiga toda la representación de la patria. Más hacia Eje Central, la Torre Latinoamericana levanta su reloj, insistiendo en medirle el pulso a una ciudad que nunca ha sabido detenerse.

Desde ahí, la Ciudad de México es bellísima, hermosa con su humo, su oro sucio de tarde, sus árboles sobrevivientes, sus vendedores, sus fachadas inclinadas, sus santos, sus cables, sus puestos de jugos, sus tacos, sus organilleros, sus museos, sus perros echados al sol y sus millones de habitantes haciendo todos los días la proeza absurda de llegar a alguna parte. La Ciudad de México no necesitaba convertirse en postal mundialista para ser deslumbrante, lo es por sí misma, la ciudad de los palacios; pero el ojo baja más y entonces la belleza empieza a crujir.

En el Metro Hidalgo, los candelabros cuelgan como una ocurrencia vestida de gala. El polvo se levanta antes que la fiesta, las estaciones se remodelan con esa prisa que no se parece a la planeación, sino al maquillaje. La ciudad se mira en el espejo de la FIFA y de pronto se descubre preocupada por la arruga, pero no por la herida profunda que sangra y apesta. Faltan tan sólo cuatro días para que ruede el balón.

La FIFA confirma que el Mundial 2026 abrirá el 11 de junio en el Estadio Ciudad de México, el viejo “Coloso de Santa Úrsula”, el que conocimos como “Estadio Azteca”. Será la Copa más grande hasta ahora: 48 selecciones, 104 partidos, 16 ciudades sede y tres países anfitriones —México, Estados Unidos y Canadá— repartiendo el negocio, la emoción, las cámaras y el control de una fiesta que ya no cabe en una sola nación.

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Breve historia del Mundial

La FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación) nació en París en 1904, con siete asociaciones fundadoras: Bélgica, Dinamarca, Francia, Países Bajos, España, Suecia y Suiza. A partir de ahí, el juego que ya se había escapado de patios, puertos, colegios y clubes, empezó a ordenarse. Hoy, el futbol mundial se articula en seis grandes confederaciones: AFC (Confederación Asiática de Futbol), CAF (Confederación Africana de Futbol), CONCACAF (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Futbol), CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Futbol), OFC (Confederación de Futbol de Oceanía) y UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Futbol). Lo que empezó como coordinación deportiva, acabó convertido en una arquitectura planetaria del deseo.

El primer Mundial se jugó en Uruguay, en 1930, con 13 selecciones. El planeta todavía no sabía que cada cuatro años iba a entregarle a una pelota una parte considerable de su cordura. Aquel torneo inició como competencia de naciones y creció hasta convertirse en una maquinaria cultural de estadios, himnos, marcas, turismo, televisión, comercio, vigilancia y poder simbólico. El Mundial surgió como competencia deportiva, creció como industria y envejece como “liturgia”, y México, que tiene una facilidad casi peligrosa para convertirlo todo en religión, terminó adoptando el futbol como si hubiera nacido aquí, aunque viniera de Inglaterra.

El Futbol (Football), llega a nuestro país en siglo XIX, importado por los mineros ingleses de Cornualles que llegaron a Real del Monte en Hidalgo a trabajar en la Mina de Acosta, esos hombres trajeron pastes, máquinas, su empresa minera convertida ahora en nostalgia industrial, y una pelota que acabaría fundiéndose con la tierra mexicana. El mundo británico hincó su gusto deportivo al fut gracias al empresario minero Frank Rule que junto con otras personas fundó el Pachuca Football Club, el 1 de noviembre de 1892. Lo importado se volvió barrio, se volvió domingo familiar, lo ajeno se volvió nuestro con esa capacidad feroz que tenemos para devorar influencias y devolverlas con chile, lágrima, tambor, porra y albur.

El futbol no nació mexicano, pero México lo convirtió en monolito, radio encendida en la cocina, niño pateando una botella, padre que grita cuando hay penal. Lo volvió fonda con pantalla colgada en una esquina, camiseta pirata en el tianguis, quiniela de oficina, promesa nacional renovada cada cuatro años con la misma ingenuidad con la que se prende una veladora. A la Selección se le reclama como a un hijo que nunca termina de cumplir, pero al que de todos modos se le pone plato en la mesa. Y cada Mundial, por más decepciones acumuladas que traiga en la espalda, vuelve a abrir la misma grieta luminosa; ¡esta vez sí, ahora sí, quién quita y ya nos toca!

México 70

El país ya recibió dos veces al mundo con un balón en el centro del corazón, en 1970, 1986 y ahora en 2026. “México 70” no empezó en 1970 realmente, se planeó antes, antes de Tlatelolco, cuando el Estado mexicano decidió contestarle a la juventud con balas y después pedirle al país entero que sonriera y aplaudiera ante las cámaras. El Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México ha llamado a la matanza del 2 de octubre de 1968 un parteaguas en la vida política nacional. Aquella tarde, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en una herida que no ha dejado de emanar purulencia. Ahí donde México presumía sus capas históricas, también mostró una de sus capas más feroces, la del poder dispuesto a disparar para conservar la imagen de orden con dos eventos deportivos internacionales de frente y una imagen qué preservar estable, pese a una plaza rodeada de edificios, ruinas y ventanas que una tarde de octubre quedó ensangrentada.

Diez días después, el 12 de octubre de 1968, la antorcha olímpica llegó al Estadio Olímpico Universitario, pero ningún pebetero alcanza para iluminar lo que un Estado quiere dejar en la sombra. La ceremonia funcionó. Las cámaras funcionaron, el país oficial funcionó, México consiguió presentarse como anfitrión moderno, joven, vibrante, capaz de organizar el primer gran evento olímpico en América Latina. Y, sin embargo, bajo esa coreografía perfecta sigue rumiando una pregunta que nadie ha podido enterrar: ¿cuántos murieron para que el mundo viera un país en orden?

Por eso, cuando llegó el Mundial de 1970, México ya conocía la maquinaria del maquillaje institucional a la perfección. Ya sabía el modo de convertir el deporte en vitrina, colocar banderas, diseñar mascotas, modular la música, el desfile, la transmisión, la hospitalidad, el relato. Ya sabía que una ceremonia podía ordenar la mirada del mundo y pedirle amablemente que no volteara hacia donde todavía dolía. El Estadio Azteca se levantaba entonces como una catedral nueva, construido en 1966; recinto de concreto, con gradas, pasto inglés, cámaras, gritos y televisión, México quería ser visto otra vez y quería ser visto hermoso.

Aquel Mundial fue el de Pelé, el de Brasil, el de “Juanito” con sombrero y balón (mascota oficial), el de la televisión a color y la modernidad deportiva. Fue el Mundial en que México dijo “aquí estamos, somos capaces, somos anfitriones, somos fiesta”. Pero las multitudes tienen memoria, el 31 de mayo de 1970, Gustavo Díaz Ordaz inauguró el Mundial en el Estadio Azteca. La Gaceta UNAM recuerda aquella apertura con México contra la URSS como primer partido. Otras crónicas deportivas han insistido en el rechazo del público al presidente. El mismo mandatario bajo cuyo mandato había ocurrido Tlatelolco, apareció ante una multitud convocada para celebrar y la afición entera habló con ruido. Lo abuchearon más de 100 mil personas.

No hubo justicia ni reparación, solamente fue una grieta sonora en la postal, un juicio breve, áspero, colectivo, lanzado desde las gradas contra un poder que había aprendido a posar para el mundo.

Después rodó el balón, México empató sin goles contra la Unión Soviética, goleó a El Salvador, venció a Bélgica y llegó a cuartos de final, donde Italia lo despertó de golpe. No fue campeón, pero tampoco fue comparsa. Durante unos días, el país se permitió creer que podía jugarle al mundo de tú a tú en su propia casa.

La canción oficial de ese mundial fue “Futbol México 70”, interpretada por Los Hermanos Zavala, no era todavía el pop global fabricado en laboratorios de marca. Era una postal sonora de otro México, uno más ingenuo, más solemne en sus gestos, más confiado, en el que bastaba con cantar fuerte para tapar el eco de los disparos y los gritos de una juventud aplastada, el que no quería salir despeinado y sumiso en la foto del recuerdo.

México 86

México 86 tampoco empezó en 1986. Empezó en otro país años antes, la sede original para el 86 era Colombia, pero renunció. La FIFA pedía estadios, carreteras, aeropuertos, hoteles, telecomunicaciones, garantías, infraestructura, dinero, obediencia como suele pedir la FIFA. Después solicitaron un país disponible y México levantó la mano. Así fue como el Mundial volvió a una nación que ya conocía el libreto; abrir estadios, colgar banderas, cantar bonito, sonreírle al mundo y cruzar los dedos para que las grietas no se vieran desde la toma aérea.

Sin embargo, pese a lo planeado, el 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México se derrumbó, edificios doblados, hoteles abiertos como cajas rotas, familias buscando con las manos, radios encendidas, cascos improvisados, silencio, polvo, olor a muerte. Gente común haciendo lo que el Estado no alcanzaba, no quería o no sabía hacer. México llegó al Mundial de 1986 con los escombros todavía cerca. Había que demostrar que el país seguía en pie, que podía recibir turistas, selecciones, cámaras, prensa, patrocinadores. Que el “Azteca” seguía siendo templo, que las avenidas podían limpiarse, los estadios podían llenarse, el dolor podía acomodarse un rato debajo de la alfombra, para dejar pasar a la pelota como si no pasara nada.

La inauguración volvió a tener presidente y volvió a tener rechifla. Miguel de la Madrid apareció en el “Coloso de Santa Úrsula”, con una afición que no parecía dispuesta a regalarle obediencia, los ocupantes en las gradas sabían que los discursos oficiales intentaban suavizar la tensión después del sismo, la ciudadanía había descubierto su propia fuerza y también la torpeza del poder. El país había aprendido a organizarse entre ruinas, entre ellos, habían aprendido que una pala voluntaria podía ser más eficaz que una burocracia sobrepasada.

Luego rodó el balón y México, pese a todos sus fantasmas, jugó bien. Bora Milutinović convirtió a la Selección en un equipo serio, disciplinado, emocionalmente conectado con su público. México venció a Bélgica, empató con Paraguay, derrotó a Irak, eliminó a Bulgaria y llegó otra vez a cuartos de final. Ahí, contra Alemania Federal, la historia volvió a cerrarse con esa crueldad que el futbol reserva para los países acostumbrados a sufrir con dignidad… los penales. Pero antes de la caída, Manuel Negrete suspendido en el aire contra Bulgaria (visión poética), levitó por un segundo como si la gravedad hubiera decidido ponerse la camiseta verde, hizo una tijera perfecta, imposible, limpia, cinematográfica, su cuerpo dio una vuelta en el aire para darle a la pelota, el balón entrando a la cancha contraria como en cámara lenta, el estadio se cimbró.

Ese gol no fue solo un gol, fue un país haciendo una pirueta sobre sus escombros. México 86 también tuvo mascota, “Pique”, un chile con bigote, sombrero y balón. Una síntesis tan obvia que por eso mismo funcionaba, tenía algo de caricatura nacional, de souvenir, de taquería, de picardía exportable. Era México reducido a chile sonriente, sí, pero todavía sin la solemnidad impostada de las campañas que creen descubrir la identidad de un país, cada vez que necesitan vender un evento.

Y tuvo canción también. No es la de “Chiquiti boom”, no se emocionen. La memoria popular la recuerda por su línea del equipo tricolor y su corazón. El título real fue “¡Adelante México!”, compuesta por Rafael Guadarrama y Manuel Bautista. Era una marcha pegajosa, grabada para encender la fe nacional. La Selección aparecía cantando, o haciendo como que cantaba, en esa tradición tan mexicana de fabricar entusiasmo aunque la voz no alcance. Se cuenta que las voces fueron reforzadas, dobladas, corregidas por profesionales. No importa demasiado. A veces un país necesita que alguien le doble la voz para seguir cantando. En 1986, México cantó para convencerse de que seguía de pie y durante unas semanas funcionó.

La gente llenó estadios, inventó olas, persiguió estampas, gritó goles, lloró penales, maldijo árbitros, adoptó a Maradona aunque no fuera suyo, y volvió a sentir que el futbol podía suspender la desgracia durante 90 minutos. No curarla. No resolverla. No explicarla. Solo suspenderla. Esa es la trampa hermosa del Mundial que recuerdo a mis ocho años, cuando al terminar de jugar México contra Bulgaria, para pasar a cuartos de final. Mis papás me llevaron al Ángel de la Independencia a festejar con matracas, cornetas y a gritar fuerte, yo sentada en la ventana del carro. Mi papá tocaba el claxon, detuvo la marcha y me dejó subir al toldo para brincar y gritar ¡México, México, Ra, Ra, Ra!

El Mundial Femenil de futbol México 71

Pero mientras México llenaba estadios para celebrar la épica masculina, había otra historia del futbol —también jugada en el “Azteca”, también multitudinaria, también mexicana— que fue empujada al sótano de la memoria.

En 1971, un año después del Mundial masculino, México fue sede de un campeonato mundial femenil que no aparece con la misma reverencia en los álbumes ni en las conversaciones familiares, ni en las liturgias oficiales del balón. No tuvo el altar que tuvo Pelé ni la mitología que tuvo Maradona ni mascota canonizada ni industria de nostalgia ni documentales repetidos cada cuatro años en cadena nacional, pero tuvo público. Tuvo niñas mirando a mujeres jugar futbol en un país que todavía no sabía qué hacer con esa imagen. De acuerdo con el registro visual de Copa 71 de Rachel Ramsay y James Erskine (Reino Unido, 2023), la final entre México y Dinamarca se jugó en el Estadio Azteca, con lleno total, es decir el futbol femenino no nació sin público. Nació sin permiso.

Esa diferencia lo explica casi todo, durante décadas se repitió, con una comodidad sospechosa, que el futbol femenino no interesaba, que no vendía, que no convocaba, que no emocionaba, que era menor, accesorio, simpático, casi una concesión moderna. Pero Copa 71 desmiente esa idea desde la grada. El problema nunca fue la falta de pasión. Fue la administración masculina de la memoria.

La FIFA reconocería su primera Copa Mundial Femenina oficial hasta 1991, en China. Sesenta y un años después del primer Mundial masculino de Uruguay 1930. Sesenta y un años de retraso institucional convertidos después en discurso de inclusión. La próxima Copa Mundial Femenina será en Brasil, del 24 de junio al 25 de julio de 2027, la primera en Sudamérica, según la propia FIFA. Y aun así, basta mirar el tamaño de la maquinaria alrededor de México 2026 para entender que la desigualdad no está en el juego, sino en el reflector.

México 2026

Y entonces llegamos a 2026, cuando México vuelve a ponerse frente al espejo mundialista. México abrirá el torneo contra Sudáfrica en el “Estadio Ciudad de México”. El mismo coloso que antes fue “El Azteca” y ahora carga como casi todo en esta época, la tensión entre la memoria y el patrocinio. Ese estadio que vio a Pelé, a Maradona, a Negrete suspendido en el aire, verá también el inicio de una Copa de 48 selecciones, la más grande de la historia. La pelota crecerá, la industria crecerá, el negocio crecerá, y México volverá a hacer lo que mejor sabe hacer cuando lo mira el mundo; “inventarse una versión de sí mismo”.

La presidenta Claudia Sheinbaum no ocupará el boleto 000001 de la inauguración. El 29 de mayo lo entregó a Yolett Cervantes Cuaquehua, joven futbolista indígena de Veracruz, seleccionada mediante un concurso de dominadas. La propia presidenta ha dicho que verá el partido desde el Zócalo, junto a la ciudadanía, en el “Fan Fest mundialista”. El gesto es hermoso, poderoso y políticamente impecable, no hay que negarle su belleza. Que una joven ocupe el asiento que tradicionalmente habría ocupado el poder, tiene una carga simbólica importante. Una niña, una joven, una futbolista, una mujer indígena en el lugar donde antes se sentaba la solemnidad presidencial.

El Estado también decidió cantar

La Secretaría de Cultura presentó una versión de “La niña futbolista”, canción original de Ignacio Silva, integrante de Patita de Perro, interpretada por Julieta Venegas, con jóvenes del Conservatorio Nacional de Música e invitadas del Coro de Estudio Allaire. La grabación se realizó en Estudios Churubusco, con participación de Canal 22, como parte de las actividades culturales rumbo al “Mundial Social 2026”.

Una canción que habla de una niña que quiere jugar, que sueña con ser aclamada, es un símbolo que en principio nadie debería despreciar. El problema no es la niña, es que aparezca como estampita de “inclusión” alrededor de un Mundial varonil híper mercantilizado; mientras el futbol femenino sigue peleando presupuesto, pantalla, memoria y relato. Y por otro lado la canción original de 2003 dice que “Sin embargo sus papás, piensan como los demás: Que a las muñecas ella tiene que jugar, para aprender a ser mamá…” pero en esta versión, hubo una modificación que dice: “Sin embargo su papá, piensa como los demás…” y eso implica un manejo con consigna incluida, sutil quizá (o mejor dicho fútil), se asoma con plena intención. No toda canción con buena causa deja de ser propaganda. Y no toda propaganda llega con tambor militar; algunas llegan con coro juvenil y arreglo amable.

México ya vio a mujeres llenar el Azteca en 1971. Ya tuvo niñas mirando a futbolistas, mujeres disputar una final ante una multitud. Ya tuvo historia antes de tener discurso. Lo que no tuvo fue memoria institucional suficiente para sostenerla. Por eso resulta incómodo que, en 2026, el Estado descubra a la niña futbolista justo cuando la necesita para adornar el Mundial de los hombres, otra vez la figura de la mujer minimizada y convertida en objeto.

Ajologol

Y entonces la ciudad despertó pintada de morado con ajolotes caricaturizados con colores amables. La Ciudad de México decidió “ajolotizarse” rumbo al Mundial, como si una especie pudiera convertirse de pronto, en línea gráfica, botarga, campaña, filtro emocional. El ajolote empezó a multiplicarse en plástico, en vinil, en lona, en render, en nota de prensa, en frase simpática, en esa ternura oficial que todo lo vuelve abrazable.

El nombre ya parece una travesura de oficina creativa: un anfibio endémico convertido en porra, un animal sagrado convertido en muletilla futbolera, una criatura milenaria reducida a guiño de campaña. México no inventó el marketing de lo vivo, por supuesto. Pero lo practica con una facilidad escalofriante: toma un símbolo, le redondea las esquinas, le agranda los ojos, le pone sonrisa, lo imprime en todas partes y después lo llama identidad. El ajolote no necesitaba ser mascota, necesita agua limpia, un Xochimilco vivo, chinampas protegidas, canales restaurados, menos urbanización voraz, menos especies invasoras, menos turismo depredador, menos abandono disfrazado de folclor. Necesita una política pública más persistente que una campaña visual. Necesita que el gobierno lo cuide antes de usarlo como emblema. Y esa es la imagen más exacta de México 2026, arriba, el ajolote sonriente para los visitantes; abajo, el ajolote real intentando sobrevivir en el agua turbia. Arriba, el anfibio convertido en personaje amable; abajo, el animal oscuro, extraño, antiguo, delicado, casi invisible, resistiendo en un ecosistema que la ciudad ha ido mermando por partes.

Los pueblos viven de símbolos. Las ciudades también. Pero un símbolo sin cuidado se convierte en cinismo, y un animal en peligro usado como decoración oficial se transforma en pregunta incómoda: ¿lo estamos celebrando o lo estamos explotando por última vez?

La UNAM ha documentado la caída brutal de la población silvestre del ajolote en Xochimilco; de alrededor de 6 mil ejemplares por kilómetro cuadrado en 1998, a apenas unas decenas en el censo de 2014. La especie no necesita únicamente ternura gráfica. Necesita hábitat.

La polémica por la escultura del ajolote cerca del estadio fue casi una fábula perfecta. Circuló la versión de que la FIFA había pedido retirarla; después las autoridades lo negaron. Da igual, en el fondo, quién haya movido primero la ceja. La ciudad quiso poner su propia mascota, al parecer no oficial ante la FIFA, mientras tanto, el ajolote de verdad, no tiene patrocinador. Y ahí está la diferencia entre una campaña y una causa. Una campaña necesita visibilidad. Una causa necesita continuidad. Una campaña pinta estaciones. Una causa limpia canales. Una campaña entrega muñecos. Una causa protege ecosistemas. Una campaña cabe en una conferencia. Una causa sobrevive cuando se apagan las cámaras, cuando termina el Mundial, cuando se desmonta el escenario y los turistas se van con una camiseta oficial en la maleta.

Y cuando quisimos mirar al animal de verdad, ya casi no se veía. Tal vez por eso el ajolote funciona tan bien como símbolo de este Mundial, porque es hermoso, raro, resistente y mexicano; pero también porque está desapareciendo mientras todos celebran su imagen. Una ciudad que presume al ajolote debería ser una ciudad capaz de salvarlo.

Palabra, obra y omisión

Y sí el ajolote fue convertido en mascota, el Metro fue convertido en “camerino fifí” y eso nos hace entender que la ciudad empezó a emperifollarse para verse chula por donde iban a pasar los visitantes, aunque quienes la habitamos, tenemos que oler sus cloacas, sobrevivir a la inseguridad y respirar su polvo. La Línea 2, esa vena azul que atraviesa la capital desde Cuatro Caminos hasta Tasqueña, adquirió de pronto una importancia mundialista.

Reportes recientes sobre las obras rumbo al Mundial han documentado estaciones con trabajos inconclusos, polvo, escaleras desmontadas, paredes abiertas y usuarios obligados a convivir con la remodelación mientras la vida diaria sigue pasando por ahí. Una ciclovía mal planeada, que es utilizada por peatones para solicitar su transporte, una calzada elevada que posiblemente no esté lista en su totalidad, para el próximo jueves, y esos artefactos decorativos del metro Hidalgo que encendieron memes, críticas y preguntas bastante razonables sobre la diferencia entre dignificar un espacio y vestirlo para la ocasión.

Y hasta aquí mi guijarro, querido lector, me voy no sin antes dejar una canción de Andrés Calamaro y Marcelo Scornik, “Estadio Azteca”.  No sé si para bien o para mal y aunque la letra fue escrita por un argentino (Scornik) que llegó a México siendo aún niño y luego vivió “México 86” experimentando la afición, la fiesta y la resaca de lo que queda después de un Mundial viviendo exiliado. Sea como sea, México se levanta, trabaja y se sostiene por su buena gente y… ¡Esto es México! Y como quiera que sea ¡Viva México Cabrones!

Nos leemos en la próxima.


  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
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