El personaje del Piporro sirve para recordar una forma de hacer crítica política: reírse del poder sin dejar de señalar sus contradicciones.
Una vez, mi amigo Miguel se ganó unos boletos en una estación de radio y me invitó a ver una obra del Piporro.
Yo esperaba encontrar al Piporro de las películas, con su sombrero, su acento norteño y sus ocurrencias. Pero aquella noche me llevé una sorpresa: estaba frente a un escenario prácticamente vacío y ahí apareció él, solo, haciendo un monólogo.
Y entonces empezó a hablar de política.
Pero no hablaba como político —¡afortunadamente!—, sino como el Piporro: con humor, picardía y una crítica tan certera que uno se reía… y después nos hacía pensar: «¡Caray, este hombre no tiene pelos en la lengua!».
Aquella noche fue un repertorio de cartones políticos más ácidos que los de Rius; de esos que te hacen reír primero y, cuando ya te estás riendo, te meten la verdad hasta la cocina.
Este 1 de septiembre recordamos a Eulalio González Ramírez, el Piporro, famoso actor, cantante y comediante mexicano, nacido en Los Herreras, Nuevo León. Si viviera, tendría 105 años… Pero dejemos que él mismo se presente.
Piporro
¡¡Buenas noches, raza!!
Yo soy Piporro: actor, cantante, compositor… y ciudadano mexicano, que ya es profesión de alto riesgo.
Nací en Nuevo León, donde uno aprende desde chamaco que la vida es dura, pero que, si no te ríes, te cobra doble.
A mí me dio por cantar. Otros cantaban de amores imposibles; yo preferí cantar de la vida real: del norte, del trabajo, de la cantina, del compadre, del que se va pa’l otro lado y del que se queda esperando.
Y así nació mi filosofía: si la vida te da un problema, échale ritmo; si te da dos, échale taconazo.
Yo nunca quise ser político.
¡Imagínense! ¿Para qué, si ya tenía público?
Además, un político promete cambiar el mundo cada seis años.
Yo nomás prometía hacerlos reír… ¡y hasta eso cumplí!
Mis canciones hablaban de México sin solemnidad. Porque este país puede tener crisis económica, crisis política, crisis de identidad…
Pero, mientras haya música, comida y un buen chiste, todavía no estamos perdidos.
Y acuérdense de esto:
En México hasta la tragedia tiene sentido del humor.
Por eso aquí me tienen, a través de mis canciones y mis películas, con sombrero, taconeándole, con esa misma vieja receta del humor político, que hay que tomar muy en serio… aunque a veces nos haga reír.
¡Si no podemos arreglar al gobierno, por lo menos vamos a bailar mientras lo intentamos!
Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no reflejan necesariamente la posición editorial de AMEXI.
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