Fechas y fachas

Septiembre o el difícil oficio de tener pasado. Septiembre es el mes en que México se disfraza de México. Las calles adquieren súbitamente vocación tricolor; los edificios descubren que tienen patria; las plazas se llenan de focos verdes, blancos y rojos; aparecen águilas, campanas, bigotes insurgentes y retratos de próceres que llevan doscientos años soportando, con admirable disciplina, que cada generación les atribuya las ideas que necesita. Es el mes de la patria. También podría ser el mes de las fechas y las fachas. Las fechas, porque el calendario se transforma durante unas semanas en una especie de catecismo nacional: 13, 15, 16, 27, 30. Y las fachas porque cada época viste al pasado según la moda ideológica del presente.
Los héroes cambian menos de nombre que de vestuario. A Hidalgo le hemos confeccionado tantos Méxicos que resulta difícil saber cuál le queda. Morelos ha sido insurgente, republicano, revolucionario, popular y precursor de casi cualquier programa político que haya necesitado antepasados respetables. Juárez posee la extraña virtud de poder ser invocado por gobiernos ideológicamente contrarios. Zapata continúa cabalgando por discursos que probablemente le resultarían irreconocibles. Los muertos son excelentes militantes: nunca renuncian al partido al que los afilia la posteridad. Y ése es uno de los problemas más fascinantes de la historia. No el pasado. Lo que hacemos con él. Porque la historia no comienza solamente cuando algo ocurre. También comienza cuando alguien decide contarlo. Y vuelve a comenzar cuando otro decide contarlo de manera distinta.
La patria necesita pasado Ninguna nación nace únicamente de un territorio, una constitución o una frontera. Necesita además una narración. Debe explicar de dónde viene. Quiénes son sus padres. Cuáles fueron sus sacrificios. Quiénes sus enemigos. Dónde ocurrió su nacimiento. Toda nación necesita, en otras palabras, una biografía. El inconveniente consiste en que las biografías nacionales suelen escribirse como las autobiografías de ciertos políticos: con excelente memoria para los méritos y una misteriosa amnesia para los inconvenientes. Así se fabrica la patria histórica. Una selección de acontecimientos adquiere categoría de origen; determinadas derrotas se convierten en gestas; algunos muertos ascienden a héroes; otros desaparecen; ciertas contradicciones se simplifican y aquello que fue incertidumbre termina convertido en destino. Después llegan las estatuas. Y cuando llega la estatua, generalmente se retira la contradicción.
La historia de bronce, sobre la que reflexionó con tanta inteligencia Luis González y González, tiene precisamente esa eficacia. No pretende únicamente explicar: quiere ejemplificar. Necesita hombres ejemplares, acontecimientos ejemplares, sacrificios ejemplares. El problema no es que los héroes tengan virtudes. El problema comienza cuando sólo pueden tenerlas. Un héroe sin contradicciones ya no pertenece a la historia. Pertenece a la religión civil. Y México ha practicado con entusiasmo esa peculiar teología. Tenemos reliquias laicas, altares cívicos, peregrinaciones escolares, fechas sagradas, padres fundadores, mausoleos y frases pronunciadas con una solemnidad proporcional a las dudas que nadie se atreve a formular.
Hasta hemos conseguido algo teológicamente prodigioso: que políticos que se detestan compartan los mismos santos. El historiador y el poder. Enrique Florescano estudió un asunto incómodo: la relación entre historiografía y poder. No existe poder completamente indiferente al pasado. Quien gobierna necesita explicar por qué gobierna. Y una de las maneras más eficaces consiste en construir una genealogía. El presente busca padres en el pasado. Las revoluciones los buscan. Las restauraciones los buscan. Las izquierdas los buscan. Las derechas los buscan. Los nacionalismos los buscan. Incluso quienes proclaman haber comenzado una época completamente nueva necesitan explicar qué pasado acaban de superar. El poder, por tanto, no solamente administra presupuestos, instituciones y policías. También administra tiempos. Decide qué debe recordarse, qué debe conmemorarse, qué nombre llevará una avenida, quién merece una estatua, qué aniversario será redondo, qué acontecimiento será declarado fundacional y qué personaje tendrá que esperar prudentemente otra coyuntura política para regresar al panteón. El calendario es también una forma de gobierno. Por eso la disputa por la historia nunca es solamente académica. Es una disputa por el presente. Quien consigue definir el pasado obtiene una poderosa herramienta para explicar quién tiene razón ahora. La operación suele ser sencilla: “Nosotros continuamos aquella lucha.” “Ellos representan aquello contra lo que lucharon nuestros héroes.” Y listo. Dos siglos de complejidad histórica resueltos en un mitin de cuarenta minutos. El historiador profesional tiene entonces una función poco agradecida: llegar a la fiesta nacional con documentos. Historia no es tribunal También existe, sin embargo, un abuso inverso.
Durante mucho tiempo utilizamos la historia para canonizar. Ahora existe la tentación de utilizarla para procesar judicialmente a los muertos. Hemos sustituido a veces el pedestal por el banquillo. Queremos saber si Cortés fue culpable, si Hidalgo fue bueno, si Juárez fue impecable, si Porfirio Díaz merece absolución, si la Revolución cumplió, si la Conquista debe pedir disculpas. Como si el historiador fuera un juez dotado de jurisdicción retroactiva. La historia no absuelve. Tampoco condena. Comprende, explica, problematiza. Esto no significa neutralidad moral ante la esclavitud, el exterminio, la explotación o la violencia. Significa algo más difícil: comprender las condiciones históricas que hicieron posibles determinados acontecimientos sin convertir la explicación en justificación.
El pasado no necesita fiscales. Necesita preguntas. Y aquí Edmundo O’Gorman conserva una extraordinaria actualidad. Su reflexión sobre la historicidad obliga a abandonar la cómoda fantasía de que el pasado está allí, terminado, esperando simplemente que alguien lo recoja. El pasado no cambia. Cambian las preguntas que somos capaces de hacerle. Y cuando cambian las preguntas aparecen historias que antes permanecían invisibles.
De la patria a la matria. Quizá por ello una de las palabras más fértiles de Luis González sea matria. No como sustitución sentimental de patria ni como simple femenino gramatical. La matria designa otra escala. La patria es territorio. La matria es querencia. La patria posee fronteras. La matria tiene caminos. La patria tiene héroes. La matria tiene abuelas. La patria aparece en los mapas. La matria recuerda dónde estaba la casa que ya demolieron. La patria dice: “16 de septiembre de 1810”. La matria pregunta qué ocurrió aquella semana en un pueblo cualquiera donde nadie sabía que estaba comenzando una fecha histórica. La diferencia es enorme. La historia nacional contempla ejércitos. La microhistoria descubre personas. Desde la patria, la Independencia es insurgencia, soberanía, guerra, Estado.
Desde las matrias fue también hambre, reclutamiento, miedo, impuestos, desplazamientos, rumores, mercados interrumpidos, cosechas perdidas, familias divididas y comunidades que tuvieron que interpretar una guerra cuyo desenlace nadie conocía. No hay que romantizar la matria. Los pueblos también excluyen. Las comunidades también poseen jerarquías. Las familias también falsifican su pasado. La memoria local puede ser tan autoritaria como la nacional. Pero cambiar de escala nos permite descubrir algo esencial: la historia de México nunca fue una sola historia. Fue la simultaneidad conflictiva de muchas experiencias. Indígenas. Afrodescendientes. Mujeres. Campesinos. Soldados. Niños. Migrantes. Élites. Trabajadores. Religiosos. Ateos. Vencedores. Vencidos. Y una inmensa mayoría que probablemente no se consideraba ninguna de esas categorías con las que posteriormente la clasificamos.
Los semblantes de la historia. La historia tiene muchos rostros. Está la historia monumental, que fabrica grandeza. La historia anticuaria, que conserva. La historia crítica, que interroga. La historia académica, que demuestra. La historia oficial, que legitima. La historia familiar, que selecciona. La historia turística, que vende. La historia televisiva, que dramatiza. La historia digital, que comprime siglos enteros en noventa segundos y añade música épica para que sepamos cuándo emocionarnos. Y ahora tenemos algo todavía más formidable: la historia algorítmica. Nunca habíamos tenido tanto pasado disponible ni tan poco tiempo para comprenderlo. Millones de documentos, imágenes, archivos, fotografías, testimonios y libros circulan en nuestras pantallas mientras las redes sociales convierten procesos históricos extraordinariamente complejos en frases que comienzan con: “Lo que nunca te contaron sobre…” Generalmente, cuando alguien promete revelar en treinta segundos lo que “los historiadores te ocultaron”, conviene sospechar que los historiadores llevan cincuenta años publicándolo. La democratización del conocimiento histórico es una conquista extraordinaria. La trivialización del conocimiento histórico no lo es. Una sociedad puede tener acceso infinito al pasado y desarrollar, simultáneamente, una profunda incapacidad para pensar históricamente. Porque conocer fechas no significa poseer conciencia histórica. Memorizar acontecimientos tampoco. La datofrenia puede ser otra forma del olvido. La solemnidad del calendario Quizá el gran enemigo de la historia no sea la ignorancia. Quizá sea la solemnidad. La solemnidad vuelve intocable aquello que deberíamos interrogar. Produce ceremonias en las que todos conocen de antemano lo que va a decirse. Los héroes serán heroicos. Los sacrificios no habrán sido en vano. La nación será eterna. La unidad resultará indispensable. Y al final habrá aplausos. No hay nada necesariamente malo en ello. Los rituales colectivos cumplen funciones sociales profundas. Pero una conmemoración no es una clase de historia. Y mucho menos una investigación.
El problema aparece cuando pretendemos que la ceremonia sustituya al conocimiento. Entonces septiembre se convierte en un museo de certezas. Y la historia debería ser exactamente lo contrario: un territorio de preguntas rigurosas. El pasado es un país extranjero Nos cuesta aceptar una evidencia elemental: las personas del pasado no sabían que vivían en el pasado. Hidalgo no sabía que estaba entrando en los libros de texto. Morelos no conocía el México de 2026. Juárez ignoraba qué partidos políticos utilizarían su apellido. Zapata jamás vio una camiseta con su rostro. Nadie conoce la estatua que le espera. Ésta es quizá la primera regla de una imaginación verdaderamente histórica: devolverle al pasado su incertidumbre. Nada estaba escrito. La Independencia pudo fracasar. La República pudo desaparecer. Las revoluciones pudieron tomar otros caminos. Las fronteras pudieron ser distintas. Los vencedores pudieron perder. Pensar históricamente significa recuperar ese momento anterior al desenlace. El presente tiene la arrogancia del superviviente: como sabe qué ocurrió, imagina que aquello tenía que ocurrir. Pero la historia carece de obligación de llegar hasta nosotros. Nosotros somos solamente uno de sus resultados posibles. Septiembre sin anestesia ¿Para qué sirve entonces el mes de la patria? Podría servir para algo bastante más interesante que repetir aquello que ya sabemos. Para incomodarnos. Para preguntar quién construyó nuestros héroes. Quién construyó nuestros villanos. Quién decidió nuestras fechas. Quién quedó fuera del calendario. Qué derrotas escondemos dentro de nuestras victorias. Qué violencias hemos convertido en epopeya. Qué diferencias hemos borrado bajo la palabra “pueblo”. Qué silencios todavía llamamos consenso. Y también para preguntarnos por qué seguimos necesitando héroes impecables.
Quizá porque aceptar su humanidad nos obligaría a aceptar la nuestra. Una nación adulta no debería temer las contradicciones de sus fundadores. Debería temer mucho más a quienes aseguran que no las tuvieron. La crítica histórica no destruye a la patria. La libra de la obligación infantil de ser perfecta. Amar un país no significa creer todo lo que cuenta sobre sí mismo. Como ocurre con las personas, quizá una relación madura comienza cuando uno descubre que la biografía familiar estaba ligeramente maquillada y, a pesar de ello, decide quedarse a conversar. Por eso patria y matria necesitan una tercera palabra: historia. No como tribunal. No como catecismo. No como altar. No como inventario de fechas. Sino como ejercicio permanente de inteligencia frente al tiempo. La historia comienza cuando dejamos de preguntar únicamente qué ocurrió y nos atrevemos a preguntar por qué hemos decidido recordarlo de esa manera. Ésa es la pregunta que incomoda al poder. Porque todo poder sueña secretamente con convertirse en pasado memorable. Encarga placas. Organiza aniversarios. Escoge fotografías. Construye genealogías. Ensaya adjetivos. Empieza, en suma, a preparar su posteridad antes de terminar su presente. Pero la historia posee una crueldad democrática que debería tranquilizarnos. Nadie controla definitivamente su memoria. Vendrán otros. Abrirán los archivos. Encontrarán documentos. Harán preguntas distintas. Descubrirán silencios. Derribarán interpretaciones y construirán otras que también serán provisionales. Ésa es la diferencia entre propaganda e historia.
La propaganda quiere tener la última palabra. La historia sabe que no existe. Tal vez por eso septiembre debería ser menos el mes de las respuestas nacionales y más el mes de las preguntas históricas. Celebrar, sí. Pero desconfiar un poco. Recordar, desde luego. Pero investigar. Gritar, si hace falta. Pero después del Grito, conversar. Porque entre tantas banderas, campanas, héroes, fechas y fachas, quizá convenga recordar una última cosa: La patria que no soporta su historia termina necesitando inventarla; la matria que no examina su memoria termina idealizándola; y el poder que pretende poseer el pasado acaba, tarde o temprano, convertido en documento para que alguien más lo contradiga. Ése es el más insolente de todos los semblantes de la historia.
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