Ciencia, democracia y la izquierda mexicana ante el centenario de Heberto Castillo
IX. El hombre detrás del dirigente

L
as conmemoraciones políticas suelen cometer una crueldad involuntaria: deshumanizan a quienes pretenden honrar. El homenaje acumula cargos, fechas, organizaciones, discursos. Finalmente queda una estatua curricular. Con Heberto conviene hacer lo contrario. Pensarlo como ser humano significa reconocer que la política fue para él una actividad sometida a decisiones concretas, riesgos, afectos, desacuerdos y consecuencias. Fue profesor antes que símbolo; compañero de movimientos antes que nombre de avenida; padre, esposo, colega y amigo antes que personaje histórico. Su sensibilidad política parece haber surgido precisamente de esa incapacidad para separar completamente las ideas de sus consecuencias humanas.
¿Qué significa una teoría de la justicia frente a un preso? ¿Qué significa el Estado frente a una madre que busca a su hijo? ¿Qué significa la democracia cuando una candidatura divide aquello que podría unirse? ¿Qué significa el desarrollo si el conocimiento producido por una nación no mejora la vida de quienes la habitan? Son preguntas más fértiles que cualquier colección de consignas.
X. Lo que Heberto Castillo puede decirle a la izquierda del siglo XXI
Sería intelectualmente perezoso utilizar a Castillo para legitimar retrospectivamente a cualquiera de las fuerzas políticas actuales. Los muertos ilustres sufren ese destino: todos quieren convertirlos en antepasados propios. Pero Heberto pertenece a una época distinta y las categorías de entonces no coinciden exactamente con las actuales. Honrarlo exige evitar la ventriloquia. No sabemos qué pensaría de cada gobierno, partido, reforma o dirigente de 2026. Afirmarlo sería sustituir la investigación histórica por propaganda. Sí podemos preguntar qué criterios de su trayectoria conservan valor.
El primero es la autonomía crítica. Una izquierda democrática no debería considerar la crítica una traición cuando gobierna y una virtud cuando se encuentra en la oposición. El segundo es la centralidad de las libertades. 1968 y la guerra sucia mexicana demostraron que ninguna promesa de justicia social vuelve prescindible el debido proceso, la libertad de expresión, la pluralidad o los límites al poder. El tercero es la capacidad de convergencia. 1988 mostró que la identidad política puede ser importante sin convertirse en una religión. La unidad tiene sentido cuando amplía una causa; se vuelve peligrosa cuando exige abolir las diferencias.
El cuarto es la relación entre conocimiento y emancipación. Una izquierda del siglo XXI que no comprenda inteligencia artificial, energía, agua, infraestructura, cambio climático, biotecnología, cadenas productivas y soberanía tecnológica corre el riesgo de hablar del futuro con el vocabulario del pasado. En este punto, el ingeniero Heberto quizá sea incluso más contemporáneo que el dirigente Heberto. Y el quinto es la ética de la renuncia. Nuestra cultura política ha estudiado abundantemente cómo se conquista el poder. Mucho menos cómo se renuncia a él.
Heberto ofrece una escena excepcional: un candidato que entiende que retirarse puede constituir un acto político superior a permanecer. En una época obsesionada con liderazgos personales, esa lección merece ser examinada.
XI. Una tridilosa para la democracia
Existe una tentación literaria irresistible: convertir la tridilosa en metáfora de la sociedad.
Conviene hacerlo con prudencia. Pero hagámoslo. Una estructura inteligente no deposita todo su peso en un solo punto. Distribuye las cargas. Aprovecha las propiedades de materiales diferentes. Obtiene resistencia de la relación entre sus partes. Ningún elemento puede atribuirse por sí mismo la estabilidad del conjunto. Una democracia también. Cuando todo descansa sobre el presidente, el caudillo, el partido, el empresario, las fuerzas armadas o incluso una mayoría electoral, la estructura puede parecer formidable y ser profundamente frágil. La democracia requiere distribución de poder. Instituciones, ciudadanía, universidades, prensa, comunidades, organizaciones sociales, jueces, científicos, trabajadores, empresarios, oposiciones, gobiernos locales: materiales distintos soportando tensiones diferentes. Quizás esa sea una metáfora digna de Heberto porque no necesita convertirlo en santo. El ingeniero sabía que las estructuras soportan fuerzas contrarias. El demócrata terminó comprendiendo que las sociedades también.
XII. El centenario que México necesita
En 2028 habrá razones para colocar flores. Pero sería mejor abrir archivos. Publicar su correspondencia. Digitalizar documentos. Recuperar sus textos científicos y políticos. Organizar seminarios donde ingenieros lean al dirigente y politólogos estudien al ingeniero. Reconstruir rigurosamente su participación en 1968. Recoger testimonios de quienes trabajaron con él. Estudiar sin mitologías la formación del PMS y del PRD. Poner su trayectoria en diálogo con las de Rosario Ibarra, Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Arnoldo Martínez Verdugo, Lázaro y Cuauhtémoc Cárdenas, y las múltiples tradiciones que construyeron la izquierda mexicana.
El centenario podría incluso dar origen a una edición crítica de las obras científicas y políticas de Heberto Castillo, acompañada por un archivo digital público. Eso sería mucho más hebertiano que un monumento. Porque las conmemoraciones importantes no sirven para clausurar una vida con una conclusión. Sirven para devolverla al conflicto de las interpretaciones. Heberto debe regresar así: discutible. No como propiedad de un partido. Ni como certificado de autenticidad de un gobierno. Tampoco como reliquia de una izquierda desaparecida. Debe regresar como problema.
XIII. Volver a Heberto
¿Por qué volver a Heberto Castillo cien años después de su nacimiento? Porque México continúa preguntándose cómo relacionar democracia y justicia. Porque seguimos necesitando saber dónde termina la lealtad y comienza la obediencia. Porque el poder sigue teniendo una extraordinaria capacidad para enamorarse de sí mismo. Porque la izquierda necesita una cultura democrática precisamente cuando gobierna. Porque la oposición necesita algo más que oponerse. Porque la universidad necesita recordar que conocimiento y responsabilidad pública pueden encontrarse.
Porque un país que aspire a la soberanía debe producir ciencia y tecnología, no solamente consumirlas. Porque todavía existen desaparecidos y todavía existen madres que los buscan. Porque 1968 no pertenece completamente al pasado mientras la autoridad siga creyendo que el orden vale más que los derechos. Porque 1988 continúa interrogándonos sobre elecciones, legitimidad, pluralidad y unidad. Y porque en una política saturada de personas que consideran indispensable su permanencia, vale la pena recordar a un hombre que alguna vez consideró más importante una causa que su propia candidatura.
Heberto Castillo murió en 1997. El país en que vivió ya no existe exactamente. Pero tampoco ha nacido por completo el país que buscaba. Entre esos dos Méxicos —el que terminó y el que no acaba de comenzar— permanece su figura. No necesitamos preguntarle a Heberto qué debemos pensar. Necesitamos recuperar su derecho a obligarnos a pensar.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la postura editorial de AMEXI.
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