11-S: La luz después de las torres

La luz también sabe recordar. Y quizá recuerde mejor que nosotros, porque no pronuncia discursos, no construye héroes y no necesita enemigos. Veinticinco años después del 11 de septiembre de 2001, mientras la política continúa disputándose el significado de aquella mañana, en el World Trade Center ocurre algo mucho más sencillo y perturbador: entra el sol.
Santiago Calatrava entendió que frente a ciertos muertos la arquitectura debía renunciar a la tentación de explicarlos. En el Oculus concibió una abertura que cada 11 de septiembre permite a la luz atravesar el edificio y convertir por unos instantes el espacio cotidiano en una suerte de reloj de la memoria. No levantó unas torres imaginarias ni quiso competir con la magnitud de la tragedia: dejó entrar el cielo.
Ahí reside la inteligencia del gesto. El terrorismo necesitó fuego, estruendo, velocidad y destrucción para hacerse visible; la memoria puede responder simplemente con luz. Una luz que no absuelve, no acusa y tampoco reconstruye. Sólo señala que allí ocurrió algo que todavía nos concierne.
Porque el verdadero problema de toda conmemoración comienza cuando los muertos dejan de poder defenderse de los vivos. Entonces aparecen los gobiernos, las patrias, las ideologías y los intereses dispuestos a explicar qué significaron aquellas vidas y para qué debe servir su recuerdo. Calatrava propone exactamente lo contrario: que el sol escriba la ausencia. La luz no sustituye a los muertos ni corrige la historia, pero posee una virtud que escasea en la política: ilumina sin apropiarse de aquello que toca.
Tal vez ésa sea la primera pregunta del 11-S, veinticinco años después: antes de decidir qué debemos recordar, habría que preguntarnos quién tiene derecho a administrar la memoria.
El 11-S es una bisagra histórica. Al Qaeda asesinó seres humanos, pero eligió también símbolos: el Pentágono, representación del poder militar estadounidense, y las Torres Gemelas, emblema de las finanzas globales. El terrorismo respondió a la complejidad con su solución más bárbara: convertir al adversario en cadáver. Nada hay más distante de una verdadera transformación política que el terror. Allí donde pretende producir historia sólo multiplica víctimas y clausura la palabra.
El gran síntoma del 11-S fue quizá el miedo. No el miedo privado y elemental que protege la vida, sino su conversión en categoría política. Desde entonces aprendimos hasta qué punto una sociedad atemorizada está dispuesta a entregar libertades a cambio de la promesa de seguridad. El miedo obtuvo pasaporte, presupuesto, legislación y tecnología. Entró en los aeropuertos, las fronteras, las pantallas y la intimidad. El siglo XXI comenzó simbólicamente no el primero de enero de 2001, sino aquella mañana de septiembre en que millones de personas contemplaron en directo la vulnerabilidad de la mayor potencia del planeta.
Sería cómodo recordarlo únicamente como el día en que el fanatismo atacó a Occidente. También inició una larga mutación occidental. Estados Unidos respondió con Afganistán, Irak, Guantánamo, vigilancia masiva y una “guerra contra el terror” cuyo costo económico y humano resultó gigantesco. La paradoja fue feroz: para defender una sociedad abierta se normalizaron instrumentos propios de una sociedad bajo sospecha. El terrorismo fue combatido militarmente, pero dejó una pregunta mucho más persistente: ¿hasta dónde puede una democracia dejar de parecerse a sí misma con el argumento de defenderse?
¿Dónde situar al capitalismo en esta historia? No como culpable mecánico del terrorismo, esa simplificación sería intelectualmente miserable, sino como el paisaje histórico que el atentado desnudó. Las torres condensaban la euforia de la globalización de los noventa: mercados sin fronteras, velocidad financiera, hegemonía estadounidense y la ilusión de que el comercio terminaría domesticando la política. Parecía que el mercado podría administrar aquello que la historia no había conseguido reconciliar.
El 11-S quebró esa inocencia. Después llegaron guerras interminables, la crisis financiera de 2008, nuevas desigualdades, nacionalismos, populismos, desplazamientos humanos y una creciente desconfianza hacia las instituciones. El capitalismo sobrevivió, desde luego; posee una extraordinaria capacidad para metabolizar sus propias crisis. Lo que perdió fue algo más delicado: parte de su relato triunfal. Aquella convicción de que globalizar mercancías significaría necesariamente globalizar bienestar, democracia y tolerancia se reveló como una de las grandes ingenuidades de finales del siglo XX.
Por eso el 11-S fue un parteaguas: no porque exista un mundo perfectamente dividido entre un antes y un después, sino porque hizo visible una fractura que ya estaba allí. Bajo la superficie brillante de la globalización convivían resentimientos históricos, desigualdades, fundamentalismos, intervenciones militares, identidades heridas y una modernidad incapaz de distribuir con justicia aquello que prometía universalmente. Las torres no produjeron esas contradicciones. Su derrumbe las iluminó brutalmente.
Las ceremonias de este vigésimo quinto aniversario son también una radiografía del presente. En Nueva York, familiares leyeron los nombres mientras expresidentes estadounidenses compartían el espacio sin apropiarse de él mediante discursos políticos. Allí el poder aceptó, excepcionalmente, no ser protagonista. El gesto importa: ante ciertas dimensiones de la muerte, incluso la política debería saber guardar silencio.
En Washington, Donald Trump eligió otra gramática: habló y vinculó la memoria del 11-S con las amenazas y conflictos del presente. Más que juzgar dos ceremonias, interesa observar dos concepciones de la memoria. Una se retira para que hablen los nombres; otra convoca a los muertos para interpretar las batallas de los vivos. Una entiende el silencio como lenguaje; la otra necesita convertir el recuerdo en discurso. Y acaso ésa sea una de las disputas fundamentales de nuestro tiempo: si la memoria debe incomodar al poder o servirle de escenografía.
Para quienes nacieron después de 2001, el 11-S corre además el riesgo de reducirse a una secuencia audiovisual: aviones, humo, cuerpos diminutos frente a edificios gigantescos y torres que caen una y otra vez en la pantalla. Fue uno de los primeros grandes acontecimientos históricos que nació simultáneamente como tragedia y como archivo audiovisual casi infinito. Hemos contemplado tantas veces aquellas imágenes que la repetición amenaza con anestesiar aquello que pretendía conservar. También existe un olvido producido por el exceso de memoria.
A esas nuevas generaciones el 11-S debería transmitirles algo más incómodo que una efeméride: que ninguna civilización es invulnerable; que ninguna humillación real o imaginaria justifica el terrorismo; que una democracia también puede degradarse cuando gobierna desde el miedo; que la seguridad sin límites termina pareciéndose peligrosamente a aquello que dice combatir, y que los muertos dejan de pertenecernos cuando los utilizamos para legitimar nuestras propias certezas.
Quizá por eso la memoria necesita menos monumentos arrogantes y más símbolos capaces de aceptar la ausencia. El memorial levantado donde estuvieron las Torres Gemelas lleva un nombre extraordinariamente preciso: Reflecting Absence, Reflejando la ausencia, concebido por el arquitecto Michael Arad y el paisajista Peter Walker. Dos enormes estanques ocupan las huellas exactas de las torres; el agua desciende hacia vacíos centrales cuyo fondo desaparece de nuestra mirada. Alrededor, sobre parapetos de bronce, están inscritos los nombres de las víctimas.
No se reconstruye lo perdido: se obliga al visitante a contemplar su ausencia. Ahí reside una de las formulaciones más inteligentes de la memoria contemporánea: recordar no consiste en llenar el hueco que dejaron los muertos, sino en aprender a vivir sin borrarlo.
Y está también la Bell of Hope, la Campana de la Esperanza, en St. Paul’s Chapel, la histórica iglesia situada frente al World Trade Center que se convirtió en lugar de refugio y asistencia para los trabajadores de rescate después de los atentados. La campana fue entregada por Londres a Nueva York en 2002 como símbolo de solidaridad. Su significado es delicado: una campana no representa la fuerza, sino la resonancia. Convoca sin ordenar; recuerda sin explicar; hace presente durante unos segundos aquello que físicamente ya no está.
Veinticinco años después sabemos, además, que el 11 de septiembre no terminó el 11 de septiembre. Sus partículas continuaron alojadas en pulmones y cuerpos; su miedo permaneció en instituciones, guerras y fronteras; sus consecuencias siguieron viajando por la historia. Hay acontecimientos que concluyen y otros que, como ciertas ondas sonoras, continúan propagándose mucho después de que haya desaparecido aquello que las produjo.
Una campana tiene algo que la política casi nunca posee: sabe desaparecer después de hablar. Su sonido nace, ocupa durante unos segundos el aire y luego se extingue, pero deja una vibración en quien lo escuchó.
Tal vez allí esté la imagen más limpia de estos veinticinco años: Reflecting Absence, abajo, convirtiendo el vacío en memoria; la Bell of Hope, haciendo audible la ausencia; y arriba, la luz atravesando Manhattan como si buscara unas torres que ya no existen.
Agua, campana y luz. Tres maneras de recordar sin reconstruir artificialmente lo perdido. El agua cae hacia un fondo que no alcanzamos a ver; la campana suena y se extingue; la luz aparece y vuelve a marcharse. Ninguna pretende resucitar a los muertos. Las tres nos enseñan algo más difícil: convivir dignamente con su ausencia.
Entre esos símbolos queda nuestra obligación: no convertir el dolor en mercancía política, el miedo en sistema de gobierno ni la historia en venganza. Porque recordar no consiste en conservar intacto el pasado, sino en impedir que sus muertos sean reclutados nuevamente para las guerras de los vivos. Y acaso la verdadera memoria comience precisamente allí: cuando la luz ya pasó, el agua continúa cayendo y la campana ha dejado de sonar, pero todavía somos capaces de escuchar.
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