Hay geografías que no solo se recorren: se padecen, se contemplan y se habitan en silencio. La Patagonia chilena es una de ellas. En Al sur del invierno está la nieve, Sebastián Vidal Campos convierte ese territorio extremo en un lenguaje cinematográfico donde el tiempo se diluye y la vida adquiere otro ritmo.
Presentada en la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, la cinta se aleja de la narrativa convencional para sumergirse en una experiencia sensorial: la del aislamiento, la naturaleza y la supervivencia.
Habitar el aislamiento
El origen del documental no está en una idea abstracta, sino en la experiencia directa. Vidal llegó en 2015 a una comunidad de menos de cien habitantes en la provincia de Última Esperanza, en la región de Magallanes.
“Mientras estuve viviendo allá me fui interiorizando en la historia de la zona… lo que significaba habitar un lugar tan apartado, pero a la vez tan bello”, explica el director.
Ese vínculo se tradujo en un proceso de largo aliento:
“La película está filmada en invierno… a lo largo de cinco inviernos. Fue un proceso de 7 u 8 años”.
El resultado es un retrato que no observa desde fuera, sino que se construye desde la convivencia.
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Entre la belleza y la crudeza
La película encuentra su eje en una tensión constante: la majestuosidad del paisaje frente a la dureza de la vida cotidiana.
“Es una película contemplativa, observacional… con una cadencia asociada a la forma de vida del lugar”, señala Vidal.
Y añade: “Retrata una belleza muy hermosa, pero también la crudeza… hay un vacío entre lo bello y lo triste”.
En ese contraste emerge uno de los temas centrales: “La muerte atraviesa todo el relato… la relación entre humanos, animales y el paisaje”.
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El desafío de capturar lo indómito
La fauna patagónica no solo forma parte del entorno, sino del relato mismo. Sin embargo, filmarla implicó un trabajo minucioso.
“El puma está protegido… y su registro requiere respeto y conocimiento del territorio”, explica el cineasta.
Gracias al apoyo del guía José Vargas, Vidal logró registrar ejemplares emblemáticos como “Rupestre”, una de las pumas más conocidas de la región.
“Ese acercamiento fue posible gracias al conocimiento local… con todas las precauciones necesarias”.
Un cine que exige tiempo
Lejos del ritmo acelerado del cine comercial, apuesta por la contemplación. Su escasez de diálogos y su énfasis en el sonido ambiente construyen una experiencia que exige atención y paciencia del espectador.
No es una concesión estética gratuita: es una decisión coherente con el territorio que retrata.
Tras su paso por festivales en Jerusalén, Corea y América Latina, la película continúa su recorrido internacional, llevando consigo una pregunta implícita: ¿qué significa realmente habitar un lugar donde la naturaleza dicta las reglas?
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