No todas las historias de amor terminan cuando se rompe la pareja; algunas simplemente cambian de forma. Bajo esa premisa, El amor que permanece se instala como una de las propuestas más sensibles y complejas del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde el actor Sverrir Gudnason acompaña una cinta que observa el desamor sin estridencias, pero con una honestidad que incomoda y conmueve.
La película —dirigida por Hlynur Pálmason— se centra en la separación de Anna y Magnús, una pareja que, tras la ruptura, intenta redefinir su vínculo mientras crían a sus tres hijos en un entorno tan bello como inhóspito. Más que narrar un final, la cinta se detiene en ese territorio ambiguo donde el amor deja de ser romántico, pero no desaparece.
Un padre desplazado, un hombre en crisis
Gudnason construye a Magnús desde la contradicción: un hombre que ama a su familia, pero que se ve lentamente excluido de ella. “Es una buena persona, pero está en un mal lugar”, reconoce el actor, quien no evita señalar la fragilidad emocional de su personaje.
En su propia lectura, Magnús es también un reflejo incómodo: “Diría que está bastante triste… su vida no está saliendo como pensaba… es un poco perdedor”.
Lejos de idealizarlo, la interpretación apuesta por la humanidad de sus fallas, colocando al espectador frente a una figura que oscila entre la empatía y la frustración.
El amor que muta, pero no desaparece
Uno de los ejes más potentes del filme es su concepción del amor como una fuerza que se transforma. Gudnason lo sintetiza con claridad: “Creo que todavía hay amor… pero ya no es romántico… es algún tipo de amor universal que permanece”.
Esa idea sostiene toda la narrativa: la familia no se rompe del todo, se reconfigura.
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Entre lo real y lo fantástico
Fiel a su estilo, Hlynur Pálmason introduce elementos que descolocan la lógica cotidiana. Desde momentos de humor absurdo hasta imágenes de carga simbólica —como la aparición de un gallo gigante—, la película transita entre el realismo y lo onírico.
“Es un director muy juguetón… no tiene miedo de tomar decisiones audaces”, afirma Gudnason sobre el cineasta, quien además filmó en 35 mm y construyó dispositivos visuales para capturar el paso del tiempo.
El resultado es una obra que respira, que observa, que permite que la vida —y sus silencios— se filtren en pantalla.
El reto del idioma y la intemperie
Para Gudnason, el proyecto implicó volver a actuar en islandés tras años de trabajar en Suecia. “No he actuado en islandés por mucho tiempo”, admite, señalando la complejidad gramatical del idioma.
A ello se sumó la exigencia física del rodaje en paisajes extremos: “Lo único realmente frío fue cuando me tiraron al mar”, recuerda sobre una filmación marcada por el clima y la geografía.
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Panda: el inesperado corazón del filme
Entre la melancolía y la tensión, surge una presencia luminosa: Panda, la perra de la familia, que no solo aporta calidez, sino que se convirtió en una de las grandes sorpresas del filme, al grado de recibir el premio Palm Dog en Cannes.
Gudnason la describe sin reservas: “Es una de las mejores actrices de Islandia… ahora es una diva”, bromea, subrayando el impacto del personaje.
Un espejo emocional
Más allá de su estética y sus momentos de extrañeza, El amor que permanece funciona como un espejo. La película no dicta respuestas, pero sí plantea preguntas incómodas sobre los vínculos más cercanos.
“Quiero que la gente reflexione sobre cómo tratamos a quienes amamos”, concluye Gudnason.
En ese gesto, la cinta encuentra su mayor fuerza: obligar a mirar hacia adentro.






