La recuperación de espacios públicos, los programas de capacitación y las jornadas de voluntariado pueden generar beneficios inmediatos para una comunidad; sin embargo, su verdadero impacto también debe evaluarse a partir de lo que permanece cuando concluyen las intervenciones.
Para Carlos Alberto Cadena Ortiz de Montellano, presidente de Fundación Vinte, el valor de la inversión social no debería medirse únicamente por los recursos destinados o las personas alcanzadas, sino por las capacidades, los vínculos y las oportunidades que las comunidades logran mantener y multiplicar con el tiempo.
Bajo esta perspectiva, la organización promueve el concepto de dividendo social, entendido como el valor compartido que se produce cuando los recursos, el conocimiento y el tiempo invertidos en una comunidad se traducen en beneficios que pueden continuar más allá de un proyecto específico.

¿Qué es el dividendo social y cómo se mide su impacto?
¿Qué queda en una comunidad cuando termina un proyecto? Para Cadena Ortiz de Montellano, esa es una de las preguntas que las organizaciones deben hacerse cuando buscan generar un impacto social que trascienda sus intervenciones.
Una cancha recuperada, un taller de capacitación o una jornada de voluntariado pueden tener resultados inmediatos. Sin embargo, su valor también se encuentra en lo que hacen posible después: personas que continúan utilizando un espacio, conocimientos que se comparten y comunidades que adquieren herramientas para participar en su propio desarrollo.
Fundación Vinte denomina dividendo social al valor que se genera cuando los recursos, el tiempo y el conocimiento invertidos en una comunidad se traducen en beneficios compartidos que pueden mantenerse y multiplicarse.
“La palabra dividendo suele relacionarse con las ganancias que produce una inversión y, en el trabajo comunitario, permite explicar cómo los recursos, el conocimiento y el tiempo aportados se traducen en beneficios compartidos. El rendimiento aparece en oportunidades para aprender, cuidar la salud, utilizar los espacios públicos y fortalecer la capacidad de actuar en conjunto”, asegura Carlos Cadena Ortíz de Montellano.
Desde esta perspectiva, el impacto de una intervención no se limita a la entrega de infraestructura o a la realización de actividades, sino que también comprende la participación de los habitantes y la continuidad de los beneficios generados.
Recuperación de espacios públicos fortalece la participación comunitaria
Una forma de reconocer ese dividendo social es observar qué sucede cuando las personas dejan de ser únicamente receptoras de una intervención y participan en su construcción.
En San José Acoculco, Hidalgo, Jimena Peña Uribe, arquitecta de profesión, participó como voluntaria en una intervención comunitaria que transformó una cancha deteriorada y un kiosco cerrado.
Entre voluntarios y habitantes reunieron materiales para construir juegos infantiles con llantas recicladas, mientras que Fundación Vinte proporcionó pintura y realizó obras de mejoramiento en ambos espacios.
La experiencia no solamente modificó las condiciones físicas del lugar, también permitió que sus habitantes se involucraran directamente en la recuperación de un espacio compartido.
“Fue muy gratificante saber que no solo mejoramos el espacio. Las personas utilizaron el lugar y se apropiaron de éste porque fueron parte de su renovación”, compartió Jimena.
Carlos Alberto Cadena Ortiz de Montellano aseguró que esa participación es fundamental porque el espacio público también representa una oportunidad para fortalecer la relación de las personas con su entorno.
“El espacio público no nada más es parte de tu comunidad, es parte de tu realidad y de tu patrimonio”, sostiene.
El resultado, por tanto, no se limita a la infraestructura recuperada. También está en la experiencia compartida, el sentido de pertenencia y la disposición de las personas para cuidar y aprovechar lo que construyeron en conjunto.
Capacitación y desarrollo humano, otras formas de generar valor social
El concepto de dividendo social también se relaciona con proyectos que buscan ampliar las oportunidades educativas, fortalecer capacidades personales y proporcionar herramientas para la toma de decisiones.
En esa lógica se inscriben iniciativas como la colaboración con Lorena Ochoa en el Club de Niñas y Niños de la Ciudad de México y el Estado de México, en Tecámac, donde Fundación Vinte impulsa mejoras en las instalaciones y actividades de educación ambiental, salud y desarrollo humano.
También destaca el taller de pensamiento crítico impartido por Mateus Bolson Ruzzarin, para el que Fundación Vinte financió 500 accesos gratuitos, acercando herramientas para analizar información y tomar decisiones mejor fundamentadas.
Estas acciones forman parte de una visión en la que los resultados de la inversión social no se limitan a los apoyos entregados, sino que también consideran las habilidades y oportunidades que las personas pueden aprovechar posteriormente.
Transparencia y evaluación, necesarias para medir el impacto social
Generar valor social también exige que las organizaciones puedan identificar qué resultados producen y cómo contribuyen a mantenerlos.
No basta con contabilizar actividades o beneficiarios; es necesario observar qué capacidades se fortalecieron, qué oportunidades se generaron y qué cambios pueden continuar con el paso del tiempo.
Las cifras permiten dimensionar el alcance de estas acciones, pero el seguimiento y la evaluación ayudan a comprender su contribución. Para ello, la transparencia, la formalidad y la mejora continua son condiciones necesarias.
En 2026, Fundación Vinte obtuvo por segundo año consecutivo la Acreditación Institucional de Transparencia (AIT) del Centro Mexicano para la Filantropía (CEMEFI), que evalúa a las organizaciones de la sociedad civil mediante 21 indicadores relacionados con su formalidad institucional, valor añadido, relación con donantes y procesos de mejora continua.
La acreditación forma parte de los mecanismos institucionales con los que la organización busca respaldar su gestión y fortalecer la confianza de quienes participan en sus proyectos.
También refleja una convicción importante: generar confianza implica comunicar lo que se hace, explicar cómo se administran los recursos y contar con mecanismos que permitan evaluar los resultados.
El desafío de generar beneficios que permanezcan
Al final, el dividendo social no se expresa únicamente en una obra entregada, un taller realizado o una cantidad de personas alcanzadas; se encuentra en aquello que una comunidad puede aprovechar, cuidar y hacer crecer a partir de esas experiencias.
Para las organizaciones, el reto consiste en mirar más allá de la intervención inmediata y preguntarse qué capacidades, relaciones y oportunidades están ayudando a construir.
Porque cuando las personas hacen suyo lo que se genera en comunidad, la inversión social deja de ser una acción aislada y se convierte en valor compartido que puede permanecer en el tiempo.



