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El arte es oscuro y está lleno de horrores: crítica al ecosistema del arte contemporáneo

Una sátira sobre el clasismo y la superficialidad del circuito cultural

Jhoselyn Soria Crecencio Por Jhoselyn Soria Crecencio
13 de agosto de 2026
En Espectáculos
El arte es oscuro y está lleno de horrores

Chema y Ulises discuten sobre el peso de la fama y la identidad al interior del estudio de arte. AMEXI/Foto: cortesía GIFF

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Proyectada como parte de la edición 29 del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF), «El arte es oscuro y está lleno de horrores» trasciende la mera narrativa sobre la élite cultural. A lo largo de sus dos horas de duración, la obra dirigida por Artemio Narro —y coescrita junto a María González de León— se erige como un microcosmos brutalmente preciso de nuestras fracturas sociales.

Con una lente satírica y despiadada, la película expone el clasismo, el racismo sistémico, el elitismo y la violencia implícita del libre mercado. En este universo asfixiante, la cultura ha sido despojada de su capacidad para dar voz o generar reflexión; en su lugar, se ha transformado en un club de acceso estrictamente restringido donde el capital, el origen y los apellidos dictan el valor absoluto del individuo.

Narro conoce a la perfección las entrañas del monstruo que retrata. De formación autodidacta, el cineasta y artista visual pertenece a esa generación que en los años noventa rompió con las normas de la academia. Esa misma dimensión humorística y mordaz con la que suele cuestionar las estructuras de poder —y que ya había explorado en su ópera prima, «Me quedo contigo» (2014)— se vuelca aquí para diseccionar a su propio gremio, cobijado por la producción conjunta con Regina Bang.

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La ilusión de la élite y la semana del arte

Para ilustrar la magnitud de esta sátira, el guion nos sumerge de lleno en la frenética locura de la semana del arte en la ciudad de México. Respaldada por un elenco que entiende a la perfección el tono de esta sátira —con nombres como José María de Tavira, Martín Altomaro, Juan Pablo de Santiago, Irene Azuela y Rosa María Bianchi—, la historia nos arrastra desde el primer encuadre a un ambiente de celebraciones exclusivas y tratos superficiales: un círculo hermético donde el talento genuino queda aplastado por el peso de los contactos.

Para asentar este tono, el director utiliza una metáfora visual sumamente inteligente. Mientras la cámara recorre galerías inmaculadas y fiestas de gala, observamos a los invitados de la alta sociedad conviviendo —entre risas y copas de champaña— con figuras de cartón a escala humana. Estos recortes bidimensionales se mimetizan de tal forma con los asistentes reales que la advertencia resulta ineludible: en este circuito, los individuos son planos, vacíos y completamente intercambiables; simples piezas de utilería en una escenografía diseñada para vender estatus.

El arte es oscuro y está lleno de horrores
Martín intenta conseguir atención desesperadamente mientras sostiene una bebida durante un evento exclusivo del circuito en «El arte es oscuro y está lleno de horrores». AMEXI/Foto: cortesía GIFF

El fantasma de la irrelevancia

Es precisamente en este ambiente plastificado donde emerge Martín, una decisión narrativa que nos arroja de inmediato a la decadencia. Él es el retrato vivo del ego herido: un creador que, si bien gozó de cierto renombre hace un par de décadas, hoy es una figura patética y olvidada por la misma industria que alguna vez lo aplaudió. Lo encontramos desesperado, aferrado a glorias pasadas e intentando convencer a su entorno de que trabaja en un proyecto inaudito sobre «lo etéreo», aunque a nadie le importe.

A través de Martín, la cinta expone el mayor temor de este universo: dejar de ser útil para el mercado. Lo vemos mendigando atención, persiguiendo a galeristas que lo ignoran con desdén y colándose en celebraciones exclusivas. Esta caída libre hacia la locura culmina en un estallido público en medio de un coctel, donde grita enardecido que él es «un inmenso baobab rodeado de matorrales mediocres». Es un reclamo desesperado que nadie se toma en serio, pero que confirma una regla de oro: en este mundo, el fracaso no se perdona; simplemente se esconde debajo de la alfombra.

Mara y Mary
Mara y Mary observan a los invitados con desdén durante una fiesta de la élite cultural. AMEXI/Foto: cortesía GIFF

El falso progresismo

Mientras los artistas olvidados ruegan por un minuto de atención, en el otro extremo del salón operan quienes verdaderamente dictan las reglas, revelando una burocracia cultural podrida por la hipocresía. Lejos de proponer una red de apoyo entre las mujeres que han alcanzado las cúpulas de decisión, la trama expone una competencia feroz. Mara y Mary, por ejemplo, fingen ser grandes amigas, pero en la intimidad se desprecian. Mara asciende al poder directivo no por mérito ni talento, sino por el peso de las influencias de su padre, dejando a Mary atrapada en la frustración de comprobar que el esfuerzo académico es inútil frente a un buen apellido.

Esta falta de solidaridad alcanza su punto más destructivo durante una charla entre dos mujeres poderosas del circuito. Entre risas frívolas y alcohol, relatan con orgullo cómo sabotearon la participación de una colega, Julieta, en una prestigiosa bienal internacional. El boicot no cuestionaba la calidad de su obra, sino que fungía como un castigo personal por ser madre soltera. Argumentando que la maternidad «vuelve cursis a las creadoras», arruinan su carrera sin el menor asomo de culpa. Así se evidencia cómo este ecosistema —que discursivamente se vende como moderno y de vanguardia— opera en la práctica bajo un machismo velado que castiga las decisiones personales de las mujeres.

La sumisión colonial

A la par de esta dinámica tóxica, el engranaje del circuito gira impulsado por un único motor: complacer la mirada extranjera. El malinchismo es descarado. A lo largo del metraje, presenciamos una devoción casi vergonzosa hacia figuras de autoridad europeas, encarnadas en curadores como Jens Mikkelsen y Fritz Krabbé. Ante su presencia, artistas, galeristas y directores se desviven por agradarles, alterando su comportamiento y cambiando constantemente al inglés. Las bienales y los museos internacionales se erigen como los únicos validadores del éxito; una sumisión donde la obra carece de valor intrínseco si no es avalada y exportada por un extranjero.

Martín, Chema y Ulises
Martín, Chema y Ulises posan al frente del resto de los invitados en las escaleras de un recinto cultural en «El arte es oscuro y está lleno de horrores». AMEXI/Foto: cortesía GIFF

Las tres etapas del creador

Para contrastar la miseria de Martín y la frialdad de las ejecutivas, la historia entrelaza el destino de Chema —la estrella absoluta del momento— y su joven asistente, Ulises.

Más que simples colegas, estos personajes encarnan las etapas existenciales que la maquinaria trituradora del arte impone a sus creadores. Ulises representa la ingenuidad y la ambición en estado puro; es el espectador silencioso que tolera humillaciones con tal de rozar el prestigio de su jefe. Se encuentra en ese filo peligroso donde el talento emergente está a punto de corromperse para encajar.

En el centro del espectro reina Chema, el producto perfecto que el sistema demanda. Es un hombre carismático, capaz de asegurar que sus piezas coticen en las colecciones más caras del mundo. Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito rotundo yace un hombre ahogado en adicciones y asqueado de sí mismo, que en la intimidad de su estudio se reconoce como un fraude. Y, finalmente, cerrando el ciclo, está Martín: la advertencia viviente de lo que sucede cuando la industria te exprime y te desecha.

¿Por qué quieres ser yo?

Todo este estrés, las mentiras y la presión acumulada detonan en un clímax espectacular. Tras el ruido, las luces y las fiestas de plástico, la película nos encierra a solas en el estudio con Chema y Ulises. Es aquí donde el director despliega un ejercicio visual impecable. El fondo del encuadre, iluminado por un inmenso rectángulo de luz que transita lentamente entre colores primarios —rojo, azul, amarillo y blanco—, evoca inevitablemente a los clásicos del arte moderno.

Bajo esta atmósfera hipnótica estalla una discusión visceral. Ulises, deslumbrado por la fama y la opulencia que lo rodean, le confiesa a su maestro su anhelo de ser como él. La revelación quiebra a Chema por completo. El gran ídolo se derrumba y le lanza una sentencia lapidaria: «¿Por qué quieres ser yo? Llevo veinte años siendo un miserable». En un acto de honestidad, confiesa haber entregado su libertad para complacer a la élite, asegurando que preferiría volver a la precariedad de sus inicios antes que seguir siendo un esclavo del mercado.

El arte es oscuro y está lleno de horrores
Chema platica de cerca con un curador europeo mientras comparten el sillón en una reunión privada. AMEXI/Foto: cortesía GIFF

El precio de venderse

En este punto de quiebre emocional, la historia asesta su golpe más duro y nos sitúa en un límite de máxima tensión. Al caer la máscara del ídolo, comprendemos que Chema conquistó la fama absoluta a costa de venderse; sacrificó su voz y su identidad para fabricar adornos vacíos, diseñados exclusivamente para saciar el gusto y la superficialidad de un mercado que desprecia lo local.

El joven aprendiz queda ante una encrucijada definitiva. ¿Qué hacer cuando descubres que la cima de tus sueños te exige convertirte en un fraude? En el momento más crítico, la cinta nos suelta la mano, obligándonos a mirar nuestras propias ambiciones en el espejo. Nos hace cuestionarnos si Ulises tendrá la fortaleza para escapar de este ecosistema y salvar su pasión, o si la sed de reconocimiento terminará moldeándolo hasta convertirlo en un engranaje más del monstruo que tiene enfrente, dejándonos claro que «El arte es oscuro y está lleno de horrores».

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Etiquetas: arte contemporáneoArtemio Narrocine mexicanoGIFFsátira social
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