Presentada como parte de esta 29ª edición del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF), tras su exitosa función en el Cinemex Luciérnaga de San Miguel de Allende, «Bailando solo» nos invita a una profunda reflexión disfrazada de comedia. Dirigida por Gilberto González Penilla y con una duración de 1 h 30 min, esta cinta nos demuestra que el baile es el primer paso indispensable para sanar el corazón.
El cineasta, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), regresa con fuerza al festival que conoce bien. Tras haber ganado el premio de la prensa en el GIFF con su ópera prima «Los hámsters» y cosechar cuatro nominaciones a las Diosas de Plata por «Amores incompletos», además de una nominación al Ariel por su documental «Conversaciones de un matrimonio», González Penilla estrena ahora su tercer largometraje apostando por el humor frente a las crisis de la vida.
El peso de la rutina y el desamor
En «Bailando solo», conocemos a Juan —interpretado por Hernán Mendoza—, un hombre que acaba de jubilarse. Para alguien cuya vida entera ha girado en torno a su empleo, este repentino cese de actividades lo arroja a un abismo de vacío y frustración. En medio de esta vulnerabilidad, la película, coescrita por Alfredo Mendoza Aguilar y el propio director, expone una dolorosa verdad desde el inicio: su matrimonio está completamente desgastado. Su esposa, a quien da vida Carmen Beato, se muestra desde el primer momento como una mujer fría, grosera y despectiva, atrapando a ambos en una cotidianidad insostenible.
El golpe definitivo llega cuando ella le es infiel con un conocido cantante, interpretado por Alexis Ayala, y decide abandonarlo, llevándose varias de sus cosas y algunos muebles. Durante la abrupta separación, ella intenta llevarse al perro, pero Juan se aferra a él; ante su firmeza, ella cede con desprecio, justificando que de todos modos el animal es un «cagón». Lejos de ser un detalle menor, el guion acierta al utilizar a la mascota no como simple utilería, sino como un recurso narrativo que subraya la vulnerabilidad inicial del protagonista y funciona como su única ancla emocional durante el colapso de su mundo.
La excusa final que la esposa utiliza para abandonarlo es tan absurda como reveladora: afirma que lo deja porque él no sabe bailar salsa. En el fondo, este reclamo no es más que un pretexto para ocultar el profundo aburrimiento que siente hacia él, evidenciando cómo la rutina terminó por apagar cualquier rastro de amor.

Un encuentro de risas y ritmos en Tijuana
Desesperado y aferrado a la idea de recuperar a su mujer, Juan decide que la solución es aprender a bailar. La oportunidad surge de manera cómica cuando, tras comprar un sofá cama para no dormir en el suelo —mueble que ahora comparte fielmente cada noche con su perro—, le pide ayuda a los cargadores de la mudanza. Aquí brilla la divertida participación del actor Héctor Jiménez y su compañero, quienes, en un intento hilarante por enseñarle, terminan bailando entre ellos de forma peculiar y cómica.
Tras varios intentos fallidos, son los mismos cargadores quienes le sugieren que mejor busque a una amiga para practicar. Es entonces cuando Juan recuerda que tiene el número de una excompañera de trabajo, interpretada por Tiaré Scanda, iniciando así una conexión humana totalmente inesperada.
Lecciones al aire libre y una nueva conexión
Durante las primeras lecciones, la torpeza de Juan es tan evidente que pisa constantemente a su maestra. Al notar su extrema rigidez física y emocional, ella decide sacarlo del encierro de su casa para llevarlo a ensayar al aire libre. Todo este viaje personal se desenvuelve en las calles de Tijuana, aprovechando no solo su entorno urbano, sino también sus melancólicos paisajes costeros, donde el icónico muro fronterizo se adentra en las aguas del Pacífico. Lejos de ser simple relleno visual, la playa se convierte en un escenario clave: es ahí donde su maestra lo somete a diversos ejercicios para obligarlo a soltarse, regalando secuencias donde la comedia física evidencia de manera brillante la rigidez emocional del protagonista.
A medida que las clases avanzan, la relación se estrecha en detalles entrañables. Uno de los momentos más lindos ocurre cuando desayunan juntos en un restaurante: ella pide unos tradicionales huevos divorciados y los junta en el plato; al preguntarle Juan por qué hace eso, ella le responde tiernamente que no le gusta que estén divorciados, compartiendo un hermoso espacio de complicidad.
El reflejo en la audiencia y el camino a la sanación
La película —apoyada por el excelente montaje de Kryhzal Olalde Dávila y González Penilla— brilla por su genuino sentido del humor. De hecho, la experiencia en la sala de cine fue sumamente inmersiva; al escuchar la música a cargo de Uriel Villalobos Alva, era inevitable ver a varios espectadores moviéndose y bailando rítmicamente en sus butacas. La cinta genera reflejos tan reales en la audiencia que, durante una escena donde se evidencia la traición de la esposa, un hombre en el público no pudo evitar exclamar en voz alta: «así son todas las mujeres». Este comentario espontáneo desató las risas de toda la sala, demostrando que la historia funciona como un espejo implacable de nuestras vivencias.
Sin embargo, el trayecto de Juan se complica por sus propias decisiones. En su terquedad por rescatar un pasado que no lo merecía, comete tropiezos graves. Como ejercicio crítico, la cinta acierta al no idealizar al protagonista: nos cuestiona hasta dónde somos capaces de perdernos por aferrarnos a una idea equivocada.
El punto de inflexión llega cuando, producto de esa misma necedad, sufre la pérdida de algo sumamente importante, un golpe de realidad irreversible que lo obliga a despertar y a replantearse su entorno. «Bailando solo» utiliza la salsa como una hermosa metáfora: la necesidad de aflojar el cuerpo y el alma para salir del estancamiento, recordándonos que el baile siempre ha sido un lenguaje vital para conectar con los demás y, sobre todo, para reencontrarnos con nosotros mismos.

Ecos en la sala: preguntas y respuestas
Al finalizar la proyección, se llevó a cabo una dinámica de preguntas y respuestas que inició con gran emotividad. Uno de los espectadores tomó el micrófono para elogiar el proyecto: «A mí me gustaría comentar que hace mucho tiempo no veía una película mexicana tan buena, con tan buen mensaje y con buenos actores». Un comentario que de inmediato hizo que toda la sala estallara en aplausos.
A pesar de que el director Gilberto González Penilla no pudo estar presente, quien sí asistió para contestar las preguntas fue el protagonista, Hernán Mendoza. Sobre lo complejo de esta producción independiente, el actor recordó el largo camino que recorrió el equipo: «Es una película que hicimos hace como tres años… juntar el dinero para la postproducción y poder terminarla les tomó años, porque querían hacer algo bien hecho».
Mendoza también platicó sobre el enorme reto que representó dar vida a Juan y la complejidad de las emociones en el guion: «Me encanta la construcción del personaje, porque cuando uno leía el guion es muy chistoso y al mismo tiempo se pone muy triste porque es una desventura tras otra… y muchas veces uno siente que va en caída libre. Me gusta que es dificilísimo que en el cine te ofrezcan un personaje que va cayendo como este y no acaba en drogas, ¿no? O en algo trágico, sino que simplemente vive un duelo complicado entre lágrimas y risas».
En un apunte aparte sobre la relación que entabla su personaje con su maestra de baile, el actor destacó la belleza de esa conexión: «Me parece maravilloso también el encuentro que hay entre dos personajes que están profundamente solos».
Reflexiones finales sobre la vulnerabilidad
Para cerrar la conversación, otro hombre del público compartió cómo se vio reflejado en la historia, destacando una temática de vulnerabilidad que el cine suele pasar por alto: «Me encantó ver cómo se plasma que el hombre a veces también sufre cosas que parece ser que no; los hombres también nos sentimos tristes, padecemos soledad, y el amor para el hombre es una parte esencial».
Ojalá que esta gran cinta, que ya ha conectado de forma tan especial en su paso por el Festival de Guanajuato, logre llegar pronto a las salas de cine comerciales para que más personas puedan disfrutar de «Bailando solo».
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