
El último tango de Brando
El camerino olía a maquillaje teatral, tabaco quemado que desprendía un cenicero de vidrio lleno de colillas Gauloises y Marlboro, café recién hecho y al perfume que había quedado flotando después de que María Schneider saliera del cuarto para maquillaje.
Afuera, París parecía una ciudad construida para que la gente recordara cosas que jamás vivió.
¡Cinco minutos, Marlon! …gritó un asistente.
Brando permanecía inmóvil frente al espejo.
Un espejo rectangular rodeado por focos redondos.
Muchos de ellos estaban fundidos.
Los que funcionaban desprendían un calor insoportable.
El cristal tenía pequeñas manchas de maquillaje que nadie limpiaba del todo.
Cuando Brando se sentaba frente a él no veía una estrella.
Veía a un hombre de cuarenta y ocho años con ojeras profundas.
La mandíbula seguía siendo poderosa.
Pero los ojos…
Los ojos comenzaban a parecer antiguos.
Cada arruga era una escena descartada.
Cada cana era un contrato firmado demasiado pronto.
En la silla contigua descansaba el abrigo marrón de Paul, el personaje de El último tango en París. Resultaba curioso: el vestuario se parecía demasiado al hombre que lo usaba.
Ya no sabía dónde terminaba Paul y comenzaba Marlon.
O si alguna vez habían sido distintos.
Durante un descanso salió del estudio.
Desde el pasillo llegaban voces en francés.
Silence sur le plateau!
On tourne!
Se escuchaban zapatos sobre el concreto.
El carrito del café.
Las risas del equipo de iluminación.
Un asistente buscando a Bertolucci.
Alguien afinaba una cámara Mitchell.
Las enormes lámparas Fresnel emitían un zumbido constante.
Los eléctricos arrastraban gruesos cables negros.
En ocasiones sonaba una radio portátil.
Joe Dassin.
Michel Polnareff.
Charles Aznavour.
Alguna canción de los Bee Gees.
Era 1972.
Marlon no caminó hacia el café donde estaban Bertolucci y los técnicos.
Cruzó una calle estrecha hasta un mercado de antigüedades.
Había relojes detenidos.
Muñecas sin ojos.
Retratos de desconocidos.
Y una pequeña carpa roja.
Un cartel escrito a mano decía:
MADAME ODILE
LECTORA DE DESTINOS
Brando sonrió.
Claro… justo lo que necesitaba.
Entró.
Dentro no había bolas de cristal.
Solo una mujer muy anciana con unos ojos que parecían haber visto demasiadas películas antes de que existiera el cine.
Siéntese.
No creo en esto.
Nadie cree antes de entrar.
Todos creen al salir.
Ella tomó sus manos.
No pidió fecha de nacimiento.
No preguntó su nombre.
Solo observó.
Después levantó la mirada.
Tú no eres actor.
Brando soltó una carcajada.
Eso llevo intentando demostrar treinta años.
Ella negó lentamente.
No.
Eres un niño que aprendió a fingir para sobrevivir.
Y el mundo confundió esa defensa con talento.
El silencio cayó como nieve.
Entonces comenzaron las imágenes.
No cartas.
No líneas de la mano.
Imágenes.
Un pequeño Marlon escondido detrás de una puerta.
Su padre.
El alcohol.
Los gritos.
Su madre intentando sobrevivir a su propia tristeza.
El niño descubriendo que podía cambiar de rostro para evitar el dolor.
Un día era el hijo obediente.
Otro día el rebelde.
Otro el invisible.
Así nació el actor.
No en Broadway.
En una cocina llena de miedo.
La mujer seguía hablando.
Después llegó Nueva York.
Veo un muchacho furioso.
Un profesor llamado Stella Adler diciéndote que la verdad duele menos que la actuación.
Veo a Tennessee Williams.
Veo motocicletas.
Veo sudor.
Veo a un hombre llamado Stanley Kowalski golpeando una puerta y cambiando para siempre la forma de actuar.
Brando tragó saliva.
Nunca le había contado eso.
Las imágenes seguían.
Hollywood.
Luces.
Viva Zapata.
Julio César.
Nido de ratas.
On the Waterfront.
Un Óscar.
Luego otro.
Después el tedio.
Los productores.
Las entrevistas.
Los fotógrafos.
Los estudios.
El mismo disfraz una y otra vez.
El hombre más famoso del planeta sintiéndose cada vez menos visible.
La anciana cerró los ojos.
Ahora veía otra escena.
Un hombre vestido de Don Vito Corleone.
Pero no era una película.
Era una condena.
Ese personaje te salvará…
…y también te encarará.
La gente dejará de llamarte Marlon.
Te llamarán “El Padrino”.
Y olvidarás quién eras antes.
Brando sintió un escalofrío.
Aún no había filmado esa película.
Ella continuó.
Después llegará una isla.
Engordarás.
Te esconderás.
Te cansarás de todos.
Harás películas solo por dinero.
Te juzgarán.
Dirán que te destruiste.
Pero nadie entenderá una cosa.
No estabas huyendo de Hollywood.
Estabas huyendo del niño que seguía llorando detrás de aquella puerta.
La pitonisa abrió un cajón.
Sacó un pequeño espejo antiguo.
No lo apuntó hacia él.
Lo dejó sobre la mesa.
Ahora mira tu futuro.
Brando obedeció.
No apareció un anciano.
No apareció un funeral.
Apareció un joven actor.
Después otro.
Después veinte.
Después cientos.
Robert De Niro.
Al Pacino.
Jack Nicholson.
Dustin Hoffman.
Sean Penn.
Johnny Depp.
Daniel Day-Lewis.
Actores que todavía no existían… o apenas empezaban.
Todos llevaban un pequeño gesto suyo.
Una pausa.
Una respiración.
Una mirada perdida.
Una frase dicha como si acabara de inventarse.
Ellos creen que te imitan.
Pero no.
Imitan tu libertad.
Y la libertad siempre termina asustando a alguien.
Brando sonrió por primera vez.
Entonces…
¿eso significa que hice algo bien?
La mujer tardó mucho en responder.
No.
Significa que abriste una puerta.
Los demás solo entraron.
Desde el estudio llamaban otra vez.
¡Marlon!
¡Estamos listos!
Se levantó.
Pagó.
La anciana devolvió el dinero.
No cobro por leer fantasmas.
Solo por mentirosos.
Y tú ya no puedes mentirte.
Brando apagó lentamente el cigarro.
Permaneció unos segundos mirando su reflejo.
No ensayaba.
No repetía líneas.
Solo respiraba.
Como si necesitara olvidar que era Marlon Brando para convertirse, una vez más, en Paul: un hombre roto que vagaba por un apartamento vacío de París buscando, entre los escombros de su vida, una razón para seguir respirando.
Quienes trabajaron con él contaban que esa transformación era casi imperceptible. No levantaba la voz ni hacía gestos teatrales. Simplemente se ponía de pie, cruzaba la puerta del camerino y, en unos cuantos pasos, la estrella desaparecía. Al llegar al set ya no estaba Marlon Brando: estaba el personaje. Ese tránsito silencioso, casi invisible, era una de las razones por las que muchos actores y directores consideraban que estaban viendo trabajar a uno de los intérpretes más extraordinarios de la historia del cine.
Ya en el set Bertolucci explicó la escena.
María Schneider esperaba en silencio.
Las cámaras estaban listas.
Todos observaban al actor.
Nadie imaginaba que el hombre que caminaba hacia la marca ya había vivido toda su vida en apenas quince minutos.
El director gritó:
¡Acción!
Brando levantó la vista.
Por una fracción de segundo creyó distinguir, detrás del reflector principal, a la anciana.
Ella sonreía.
Después desapareció.
La cámara comenzó a rodar.
Y Paul habló.
Pero, por primera vez en muchos años, quien pronunciaba aquellas palabras no era el personaje.
Era Marlon.
El niño que había aprendido a esconderse detrás de mil rostros y que, justo cuando el mundo entero pagaba por verlo actuar, descubría la interpretación más difícil de todas:
la de dejar de fingir frente a sí mismo.
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