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“Te falta barrio…” I

La inteligencia que nunca enseñan las universidades

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
20 de julio de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
“Te falta barrio...” I

“Te falta barrio...” primera de tres partes. AMEXI/FOTO/ Especial

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  • Amexi se complace en publicar este serial de tres partes del doctor Boris Berenzon Gorn. Esta primera parte hará recordar qué es sentirnos vivos
Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn. Colaborador Amexi

Hay personas que hablan cinco idiomas, dominan tres programas de inteligencia artificial, poseen un doctorado, un posdoctorado y una opinión sobre cualquier asunto que aparezca en las noticias.

Sin embargo, bastan diez minutos caminando por un mercado popular para descubrir una carencia que ninguna universidad certifica y ningún algoritmo corrige: les falta barrio. No es un insulto. Es casi un diagnóstico antropológico.

Porque el barrio no aparece en los planes de estudio. No existe una licenciatura en interpretar silencios de vecinos, una maestría en distinguir entre un saludo cordial y uno cargado de resentimiento, ni un doctorado en detectar, con sólo mirar una banqueta, quién acaba de mudarse, quién perdió el empleo o quién está organizando una fiesta sin haber pedido permiso.

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El barrio es una universidad clandestina. Sus profesores jamás escribieron un libro, pero saben cosas que los libros olvidaron hace tiempo.

Lee: Cómo evitar ser víctima de “road rage” (violencia vial) en las ciudades con más tráfico

¿Qué se aprende en el barrio?

En el barrio se aprende que una tienda no vende únicamente pan. Distribuye noticias. Una carnicería no corta solamente carne. Administra confianza. Una peluquería no arregla cabellos. Organiza debates políticos de una ferocidad que haría palidecer a cualquier parlamento.

Las grandes ciudades suelen imaginarse como triunfos de la ingeniería. El barrio demuestra que son, sobre todo, triunfos de la convivencia. Ningún urbanista ha conseguido diseñar la conversación que ocurre cada tarde en una esquina. Ningún arquitecto puede proyectar la amistad que nace porque dos vecinos riegan las plantas a la misma hora. Ningún alcalde inaugura oficialmente el sitio donde todos deciden reunirse sin haberlo acordado jamás.

Los gobiernos construyen ciudades. Los habitantes inventan los barrios. Y esa diferencia cambia todo. Hay quien supone que un barrio es únicamente una delimitación administrativa. Una colonia. Un código postal. Una referencia catastral. Se equivoca.

Un barrio comienza cuando alguien deja de decir «esa casa» y empieza a decir «la casa de doña Lupita«. Cuando el repartidor ya no necesita preguntar direcciones. Cuando los niños juegan fútbol utilizando dos piedras como portería y todos saben que el coche rojo nunca debe recibir un balonazo porque su dueño tiene muy mal carácter desde 1986. Un barrio nace cuando la geografía adquiere memoria.

Un barrio comienza cuando alguien deja de decir "esa casa" y empieza a decir "la casa de doña Lupita".
Un barrio comienza cuando alguien deja de decir «esa casa» y empieza a decir «la casa de doña Lupita». AMEXI/Foto: Especial

¿Cuál es la inteligencia más antigua de todas?

Quizá por eso el barrio desconcierta tanto a la modernidad. Vivimos fascinados con ciudades inteligentes, edificios inteligentes, automóviles inteligentes, teléfonos inteligentes y hasta refrigeradores que parecen estar preparando una candidatura política.

Sin embargo, olvidamos la inteligencia más antigua de todas: la que permite convivir. Porque tener barrio significa comprender personas antes que sistemas.

Significa saber que el anciano que parece gruñón en realidad espera conversación. Que la señora que siempre pregunta demasiado está menos interesada en el chisme que en comprobar que todos siguen vivos. Que el comerciante que fía no concede únicamente crédito: concede dignidad.

La inteligencia artificial calcula probabilidades. El barrio calcula confianzas. Y, curiosamente, suele equivocarse menos. Desde hace décadas la antropología descubrió que una comunidad no se explica por sus edificios sino por sus relaciones.

Dos calles pueden ser idénticas en el plano y completamente distintas en la vida cotidiana. La diferencia no está en el concreto. Está en los vínculos. Por eso existen fraccionamientos impecables donde nadie conoce el nombre del vecino que vive enfrente desde hace quince años.

Y existen calles deterioradas donde basta una ambulancia para que aparezcan veinte personas ofreciendo ayuda antes de que alguien termine de hacer la llamada de emergencia. Eso también es infraestructura. Sólo que no figura en los presupuestos públicos.

Característica fascinante del barrio

Existe otra característica fascinante del barrio: su extraordinaria capacidad para producir información. Internet presume ser la mayor red de comunicación de la historia. El barrio sonríe con cierta superioridad.

Mucho antes de los teléfonos inteligentes ya existía un sofisticado sistema de intercambio de datos administrado por señoras sentadas junto a una ventana. El algoritmo barrial funciona con una eficacia aterradora. Sabe quién cambió de automóvil. Quién dejó de usar anillo. Quién recibe demasiadas visitas. Quién compró televisión nueva. Quién discutió anoche. Quién llegó llorando. Quién finge que todo está perfectamente cuando evidentemente no lo está.

Google necesita enormes centros de datos. El barrio necesita una silla de plástico. Claro que semejante capacidad informativa tiene sus riesgos. El barrio protege. Pero también vigila. Abraza. Pero también asfixia. Defiende. Pero juzga.

Toda comunidad desarrolla mecanismos para conservarse. Algunas redactan reglamentos. Otras producen rumores. El chisme ha sido injustamente despreciado por la cultura ilustrada. Sin él sería imposible comprender buena parte de la historia de la humanidad.

Cambian los formatos, pero el mecanismo permanece. Las antiguas plazas públicas fueron sustituidas por redes sociales donde millones de personas practican exactamente la misma actividad con herramientas más sofisticadas y consecuencias mucho más devastadoras.

La diferencia consiste en que el barrio todavía conserva una virtud que internet perdió hace tiempo: quien habla mal de otro sabe que probablemente tendrá que encontrarlo mañana comprando tortillas.

Ahora cualquiera pueda destruir una reputación sentado en un sofá

La proximidad vuelve más prudentes incluso a los maledicentes. Las plataformas digitales eliminaron esa incomodidad.

Ahora cualquiera puede destruir la reputación de un desconocido desde la comodidad del sofá. Sin necesidad de cruzar jamás su mirada. Tal vez por eso las ciudades contemporáneas producen una paradoja extraordinaria. Jamás habíamos estado tan conectados. Y jamás habíamos conocido tan poco a quienes viven a veinte metros de nuestra puerta.

Sabemos qué desayunó un cantante coreano. Pero ignoramos el nombre del vecino que podría auxiliarnos durante un terremoto. Celebramos cumpleaños mediante emojis. Pero ya no sabemos quién vive solo en nuestro edificio.

La tecnología consiguió acercar continentes. Mientras alejaba departamentos contiguos. Entonces aparece esa frase que todos hemos escuchado alguna vez. "Te falta barrio."
La tecnología consiguió acercar continentes, mientras alejaba departamentos contiguos. Entonces aparece esa frase que todos hemos escuchado alguna vez: «Te falta barrio.» AMEXI/Foto: Especial

El barrio te enseña sin tutoriales

La tecnología consiguió acercar continentes. Mientras alejaba departamentos contiguos. Entonces aparece esa frase que todos hemos escuchado alguna vez. «Te falta barrio.» Muchos creen que significa haber crecido en una colonia popular.

No necesariamente. Con frecuencia quiere decir algo mucho más profundo. Te falta experiencia humana. Te falta capacidad para leer personas. Te falta intuición. Te falta escuchar antes de hablar. Te falta comprender que la realidad nunca cabe completa dentro de una teoría.

Porque el barrio enseña precisamente aquello que resulta imposible aprender mediante tutoriales. La incertidumbre. La negociación. La improvisación. La paciencia. La solidaridad. Y, sobre todo, el humor.

Hay pocas instituciones tan eficaces para combatir el narcisismo como un barrio. En redes sociales cualquiera puede convertirse durante cinco minutos en gurú del liderazgo, filósofo, economista, entrenador de vida o experto en geopolítica.

El barrio corrige rápidamente semejante entusiasmo. Siempre habrá alguien dispuesto a recordarte que te vio crecer. Que te conoce desde los siete años. Que todavía recuerda cuando llorabas porque se te escapó el papalote.

En el barrio nadie consigue reinventarse del todo. La memoria colectiva actúa como un saludable antídoto contra la vanidad. Quizá por eso la modernidad intenta escapar constantemente del barrio.

Prefiere urbanizaciones cerradas donde nadie moleste. Condominios donde las conversaciones sean opcionales. Aplicaciones que permitan comprar sin hablar, comer sin salir y trabajar sin encontrarse con otros seres humanos. Todo parece más eficiente. También infinitamente más solitario.

Porque el barrio representa exactamente lo contrario. Es el triunfo de lo imprevisible. Del encuentro. De la conversación inútil que termina cambiando una vida. Del favor pequeño que evita una tragedia. Del saludo que todavía reconoce a la persona antes que al usuario.

¿El barrio es perfecto?

El barrio jamás ha sido perfecto. Puede ser conservador. Entrometido. Injusto. Ruidoso. Caótico. Pero incluso en sus contradicciones conserva una enseñanza que nuestras sociedades parecen olvidar con alarmante rapidez.

Ninguna comunidad sobrevive únicamente gracias a leyes. Sobrevive porque las personas aprenden a hacerse responsables unas de otras. Quizá eso explique por qué todavía seguimos diciendo, con una mezcla de admiración y advertencia, que a alguien «le falta barrio«.

No estamos hablando de una dirección. Estamos hablando de una manera de mirar el mundo. Porque el barrio no es el lugar donde uno vive. Es el lugar donde uno aprende que la vida siempre sucede demasiado cerca como para vivirla únicamente detrás de una pantalla.

Y sospecho que, mientras continuemos construyendo ciudades cada vez más inteligentes y ciudadanos cada vez más aislados, la frase seguirá teniendo plena vigencia:

Nos faltarán aplicaciones. Nos sobrarán dispositivos. Pero seguiremos necesitando barrio.

  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: algoritmo barrialbarrioInteligenciaPortada 1Universidad
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