La Marcha de la Bronca 19S.
56 años después, la canción sigue en movimiento

Queridos lectores, algo que comentaba el David Lynch que conocí —y que decía muy a menudo— es que la vida debería contarse al revés; es decir, comenzar por el final y, así, de manera lineal, todo lo que sucede tendría sentido.
En esta vida, en la que el mundo se transforma vertiginosamente, no es extraño ni imposible que el pasado y el presente se reencuentren. Con paciencia, incluso pueden llegar a verse cosas que nadie habría podido imaginar. La historia de hoy se ha tomado 56 años para cerrar un círculo perfecto en el devenir de la vida.
Hace tiempo, mi amiga Pamela Gowland me habló de Pedro y Pablo. Yo no los conocía —sí, ya sé, una puede llevar media vida entre canciones y todavía conservar agujeros bastante decorosos en la cultura musical—, así que hice lo único razonable cuando alguien te pone enfrente un nombre que deberías conocer: fui a escuchar.
Pedro y Pablo eran Miguel Cantilo y Jorge Durietz. Mucho menos bíblico el asunto una vez puestos los apellidos. Entre sus canciones encontré una que inmediatamente se me quedó pegada, quizá porque desde el título contenía una de esas palabras capaces de explicar una emoción sin necesidad de pedirle demasiada ayuda al diccionario: La marcha de la bronca, que dejo por aquí.
Bronca cuando ríen satisfechos al haber comprado sus derechos. / Bronca cuando se hacen moralistas y entran a correr a los artistas. / Bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía. / Bronca de la brava de la mía. / Bronca que se puede recitar. / Para los que toman lo que es nuestro con el guante de disimular, / para el que maneja los piolines de la marioneta universal. / Para el que ha marcado las barajas y recibe siempre la mejor. / Con el as de espadas nos domina y con el de bastos entrar a dar y dar y dar. / No puedo ver tanta mentira organizada / sin responder con voz ronca mi bronca, / mi bronca…
Bronca
En México no necesitamos traducción, aunque en Argentina la palabra parece tener una resonancia particular. No es simplemente enojo; contiene hartazgo, cansancio, aquello que se acumula cuando una molestia deja de ser un simple episodio caliente, de mecha corta, y comienza a convertirse en un estado de ánimo colectivo.
Quizá por eso Cantilo encontró en ella una palabra tan eficaz. Cincuenta y seis años pueden cambiar gobiernos, consignas y adversarios, pero “bronca” conserva una desagradable facilidad para reconocerse.
La canción fue escrita en la juventud del autor, en la Argentina de la dictadura de Juan Carlos Onganía. Miguel Cantilo ha contado que su pieza estuvo influenciada por Bob Dylan, el francés Antoine (Pierre Antoine Muraccioli) y hasta por Los ejes de mi carreta, de Atahualpa Yupanqui. Suena como una ensalada improbable, pero las canciones suelen tener genealogías bastante menos puras de lo que después pretende la historia.
En 1970, Pedro y Pablo la llevaron al Segundo Festival Nacional de Música Beat, y aquella canción que hablaba de autoritarismo, hipocresía, censura y hartazgo terminó convertida en uno de los grandes referentes de la canción de protesta argentina.
La canción sobrevivió y se convirtió en un clásico del rock argentino. En 2005, Miguel Cantilo la volvió a grabar en Clásicos junto a una nutrida reunión de músicos, entre ellos León Gieco, Juan Carlos Baglietto, Gustavo Cordera, Ricardo Mollo, Hilda Lizarazu, Fabiana Cantilo, Andrés Calamaro, Alejandro Lerner y el propio Jorge Durietz. Desde entonces ha seguido reapareciendo en escenarios, sin contar las múltiples marchas argentinas en las que activistas y miembros de la sociedad civil entonan la canción como un himno obligado.
Y eso, para una canción política, no es poca cosa. Los himnos coyunturales tienen una tendencia comprensible a morir junto con el adversario al que cuestionaban; se vuelven documento de época, recuerdo y hasta arqueología musical. La marcha de la bronca se instaló ahí, atravesando generaciones, mudándose de momento en momento, esperando con la paciencia vaticinadora de ciertas obras que parecen saber que los humanos, inevitablemente, volveremos a necesitarlas.
El rock argentino desarrolló una rara habilidad para contar su propia realidad incluso cuando decir las cosas directamente podía tener consecuencias. En 1980, Serú Girán publicó Canción de Alicia en el país, de Charly García. Otra época, otra dictadura y otra forma de decir. Si Cantilo había encontrado en la bronca una palabra capaz de salir a la calle, Charly encontró en Lewis Carroll un espejo deformante donde un país entero podía reconocerse. Dejo por aquí Canción de Alicia en el país.
Y vaya que volvió “la bronca”, o más bien nunca se fue. Retomando a Pedro y Pablo, en Argentina el pasado 19 de septiembre de este 2026, más de 350 organizaciones políticas, sindicales, sociales, estudiantiles, culturales, ambientales y de derechos humanos, además de agrupaciones de trabajadores, participaron en una movilización que recuperó aquel nombre: La Marcha de la Bronca.
En Buenos Aires, la movilización partió del Congreso rumbo a la Plaza de Mayo y tuvo réplicas en decenas de ciudades del país. El documento consensuado reclamó un paro nacional y un plan de lucha con miras a una huelga general, además de reunir demandas relacionadas con salarios, jubilaciones, empleo, universidad, salud, discapacidad, medio ambiente, vivienda, cultura y otras causas.
Entonces empezó mi propia bronca con la bronca. Antes de la marcha quise saber algo bastante elemental: ¿quién la estaba convocando realmente? Porque una palabra puede ser de todos; una convocatoria no precisamente lo es. Y en política las expresiones ciudadana, autoconvocada, multipartidaria, independiente y apartidaria tienen la maravillosa capacidad de entrar por una puerta y salir por otra vestidas de manera completamente distinta. Si lo sabremos los mexicanos.
Mi amiga, la poeta argentina Blanca Lema, llevaba semanas involucrada en la organización y difusión cultural de la marcha. Fue ella quien me invitó a participar desde México. La conozco desde otro universo, el creativo, que es mucho más fantástico y considerablemente menos poblado de comités. Años atrás coincidimos en un proyecto literario colectivo al que nos invitó nuestra amiga Pamela Gowland; estoy hablando del proyecto Priscilla Play Date, donde varias escritoras confluimos para hacerle cuentos a una niña imaginaria, ilustrada por la artista visual Kuky Bensky.
Ahora Blanca estaba inmersa en otra clase de narración y también me habló de lo que sucedería el 19S en Argentina y de la importancia que tenía su lucha. Entonces quise sumarme al acompañamiento desde la distancia, deseando que su “bronca” pudiera liberarse en paz y compartiendo mi canción El canto del ave.
Blanca fue franca; me mostró por dónde navega Argentina, me habló de su intimidad social y política y me ayudó a comprender las similitudes que atraviesan a toda Latinoamérica en sus múltiples pesares y necesidades. La emoción surgió de inmediato en mí al sentir su determinación y la de todos los que participaron en la coordinación de esta marcha, realizada en busca de un cambio.
La poeta definió La Marcha de la Bronca como pacífica, multipartidaria y autoconvocada. Me habló de fábricas cerradas, desempleo, jubilaciones, salud, educación, personas con discapacidad, descuido de la cultura y represión; habló de una sociedad que, desde su perspectiva, acumula un enorme cansancio. Su resumen personal cabe en cuatro palabras bastante menos explosivas que “bronca”, pero más hermosas por la luz que irradiaba su rostro mientras las pronunciaba: “paz, amor, justicia y cordura”.
Blanca hizo algo que agradecí especialmente: no trató de venderme la marcha envuelta en celofán. Antes de enviarle el video con el que acompañaría desde México esta marcha, me explicó que había una fuerza política participando; que, hasta ese momento, no pretendía apropiarse del genuino movimiento, pero que tampoco podía saberse qué sucedería al respecto. Lo explicó con absoluta transparencia. Comentó que entre los objetivos estaba exigir una huelga general y que nadie tenía obligación alguna de pronunciar consignas que no nos representaran. Es decir: aquí está el paquete, míralo completo y decide.
Me quedé prendida porque podía acompañar la marcha sin tener que expresar consignas que no fueran con mi forma de pensar. Vivimos tiempos en los que, si uno coincide en el punto A, inmediatamente alguien intenta endosarle B, C, D, la junta vecinal completa y, probablemente, una opinión sobre Venezuela. La adhesión política ha adquirido una especie de transacción tácita digital que a muchos no nos gusta: aceptar todos los términos y condiciones o quedarse fuera.
La Marcha de la Bronca tuvo un impulso político reconocible. Entre sus principales figuras estuvieron dos de los dirigentes más conocidos de la izquierda trotskista argentina, Myriam Bregman y Nicolás del Caño. Participaron también fuerzas del Frente de Izquierda y de Trabajadores-Unidad, junto con organizaciones piqueteras —movimientos sociales nacidos alrededor de trabajadores desocupados o informales, conocidos históricamente por utilizar cortes de calles y rutas como forma de protesta—, agrupaciones sindicales de base, colectivos, artistas, entre otros. Al mismo tiempo, la convocatoria terminó desbordando una sola estructura partidaria y reunió a cientos de organizaciones diferentes.
El documento leído en Plaza de Mayo tampoco dejó demasiado espacio para la ambigüedad ideológica. No fue una manifestación de buenas intenciones flotantes. Planteó explícitamente “derrotar a Milei, su plan y sus cómplices”, reclamó a la CGT y a las CTA —las principales centrales sindicales argentinas— la convocatoria a un paro nacional rumbo a la huelga general, criticó al FMI —Fondo Monetario Internacional—, a gobernadores, a sectores políticos opositores y a las conducciones sindicales, y llamó a que “la bronca” dejara de permanecer dispersa para convertirse en organización.
Blanca me fue enviando fotografías antes, durante y después de la marcha, y las imágenes cuentan parte de la historia: esa que un país difícilmente puede ocultar hacia afuera. Plaza de Mayo llena de banderas enormes, siglas partidarias, sindicatos, estudiantes, jóvenes, jubilados, pañuelos verdes, trabajadores y organizaciones ambientales; personas que seguramente llegaron por razones muy distintas y que, durante unas horas, encontraron una palabra común.
La bronca argentina, por supuesto, fue cambiando de modales, de palabras, de nombres y de rostros. En los años noventa perdió bastante pudor y cortesía. Sr. Cobranza, escrita por Las Manos de Filippi y convertida después por Bersuit Vergarabat en una de las canciones más feroces de aquella época, ya no necesitaba esconder demasiado la furia detrás de una metáfora. Si La marcha de la bronca enumeraba agravios, Sr. Cobranza entraba directamente a cobrar la cuenta. La dejo aquí porque también hay una historia de la bronca contada según cambia su vocabulario. Y, por cierto, Bersuit Vergarabat estuvo entre las bandas que convocaron públicamente a la Marcha del 19S. https://www.youtube.com/watch?v=MjlYbw9WbHU

Retomando, en esta imagen aparece un cartel que me parece casi una obra conceptual: BRONCA POR… Complete usted la frase.
Entendí mucho más: bronca se había convertido en una especie de formulario abierto, como la lista interminable de la canción de Pedro y Pablo de los años setenta.
Bronca por los empleos. Bronca por las jubilaciones. Bronca por la universidad. Bronca por la discapacidad. Bronca por la cultura. Bronca por el ambiente. Bronca por no querer ser entreguistas. Bronca por los rasgos fascistas. Bronca por no ser nacionalistas. Bronca por no poder bancarse la vida y tener que bancarse a los de arriba… Complete usted la línea punteada.
La letra escrita por Cantilo cincuenta y seis años antes ya no era únicamente el título de una canción: se había convertido en gramática política y social. Y esto no es nuevo, es algo que hizo que la canción estuviera vigente siempre, la diferencia es que esta marcha se llama exactamente igual y retoma, con otros actores y otras demandas, aquella misma gramática de la bronca.
Los organizadores de La Marcha de la Bronca hablaron de más de 70 mil personas en la Plaza de Mayo; otros medios describieron miles de manifestantes sin validar esa cifra, de modo que no voy a descubrir súbitamente una vocación de censista y ponerme a contar cabezas desde una fotografía. Lo que sí resulta comprobable es que hubo una movilización importante, sin incidentes graves reportados, con presencia en numerosas ciudades y un contingente cultural considerable.
Hubo además música y con ella vuelve a cerrarse uno de esos círculos que parecen inventados por un guionista demasiado aficionado a las coincidencias: Miguel Cantilo, autor de La marcha de la bronca, estuvo entre los artistas que apoyaron públicamente la convocatoria. También participaron o expresaron adhesión músicos, actores y trabajadores de la cultura; frente al Cine Gaumont se realizó un festival previo y hasta apareció una versión actualizada de la canción original.
El muchacho que escribió la bronca en 1970 alcanzó a verla caminar otra vez en 2026.
Hablé con varios artistas argentinos de diferentes disciplinas. No voy a publicar sus nombres porque fueron conversaciones privadas que se convirtieron en fuentes que ayudaron a formar mi criterio también para escribir esta columna.
No todos los que se encontraban molestos por lo que sucedía en su país estaban dispuestos a reconocer la misma salida.
Un amigo con una trayectoria ligada a proyectos progresistas me dijo que estaba cansado de “poner la cara” frente a movilizaciones, cuando no conseguía identificar detrás un verdadero proyecto alternativo. No negaba la necesidad de protestar. Al contrario: “hay que quejarse, hay que hacer marcha”, me dijo. Pero añadió algo que me dejó dando vueltas: “con eso sólo no alcanza”. Habló de una crisis enorme de representatividad, de partidos tradicionales incapaces de articular respuestas y de la necesidad de construir comunidad, ideas y alternativas en lugar de limitarse a administrar indignación.
Ahí encontré el corazón de este Guijarro. Pero antes me quiero ir a una canción de León Gieco que recuerdo que me gustaba muchísimo: Los Salieris de Charly. La bailaba en casa a mis tiernos 13 añitos.
Queremos ya un presidente joven que ame la vida, que enfrente la muerte; la tuya, la mía, de un perro, de un gato, de un árbol, de toda la gente. /… / Dicen: La juventud no tiene para gobernar experiencia suficiente. / Menos mal, que nunca la tenga: Experiencia de robar. / Menos mal, que nunca la tenga: Experiencia de mentir…
Toda mi vida he escuchado la frase; me echó la bronca o hubo bronca, cuánta bronca. Pero en este momento, la pregunta es bastante más molesta:
¿De quién es la bronca?
Una emoción no tiene propietario, pero en cuanto intentamos organizarla aparecen dirección, estrategia, voceros, alianzas, adversarios y programa. Eso no es necesariamente una traición a la espontaneidad, pero sí tiene fines muy definidos y dirigentes; eso se llama política. El asunto se complica cuando alguien pretende presentar como simple expresión natural de “la gente” aquello que ya tiene conducción o, en el extremo contrario, cuando se intenta reducir a una multitud entera a las siglas de un partido.
Y quizá por eso la imagen del BRONCA POR… me resulta tan poderosa: cada quien puede completar la frase, pero completar la frase no significa haber firmado todo el documento que lleva otra persona en el bolsillo.
Yo también participé desde México con un video corto interpretando El canto del ave, una canción de Jehová Villa Monroy, para acompañar solidariamente a mis amigos en su marcha. Fue mi manera de hacerme presente desde el corazón en una manifestación que eligió la vía pacífica para expresar su descontento y también mi manera de recordar algo que, como artista, me importa: cuando una sociedad intenta encontrar palabras para aquello que le duele, la cultura no puede permanecer sentada en la sala de espera hojeando una revista.
Como latinoamericanos, debemos acompañarnos y hacernos fuertes con palabras de aliento, desde la profunda comunión. Vivimos situaciones difíciles; cada país tiene sus problemas precisos, pero hay uno que nos convierte en hermanos del mismo dolor: el pie gigante que nos oprime como sociedades a las que no se les permite el desarrollo. Y, lejos de encontrar mejores vías para nuestra unión y expansión, nos separan, nos aplastan, destruyendo la educación y pisoteando la cultura de nuestros pueblos, igual que los ecosistemas del planeta Tierra, que, a merced de las industrias, no sólo son explotados hasta el cansancio, sino destruidos.
¿Qué pasa después de la bronca?
Para unos medios fue una marcha de la izquierda; para los organizadores, una gran autoconvocatoria nacional; para otros, una protesta multisectorial contra el gobierno. Todos miraron la misma plaza y cada uno volvió a casa con una plaza ligeramente distinta. Las marchas terminan también convertidas en materia prima para titulares, y encontré noticias hasta en chino: la marcha tuvo relevancia internacional.
Para algunos medios y para el oficialismo, la Marcha fue leída principalmente como una movilización contra Milei. Y lo fue, su propio documento lo decía sin rodeos. Pero reducirla solamente a eso sería dejar fuera algo mucho más profundo: una marcha contra el hecho de seguir aguantando, de manera sobrehumana, ver cómo se pierde la esperanza de un futuro mejor; de encoger la tripa para agarrarse las vísceras antes de mandar todo al carajo, porque eso tampoco soluciona el futuro.
Y, así como en México, la gente de Argentina sostiene a su país sobre los hombros: sobre espaldas rotas y panzas con hambre. Sobre intelectuales indignados. Sobre los escombros de una nación próspera. Ojalá la gente del sur encuentre su rumbo para el cambio y se organice para demostrar que es posible levantar de nuevo toda una nación que busca algo mucho más complejo que simplemente insultar o llamar loco a su presidente.
Mientras terminaba este Guijarro, pude conversar con Jorge Durietz, la otra mitad de Pedro y Pablo. Jorge insiste con justicia en una precisión: la letra de La marcha de la bronca es de Miguel Cantilo; él se reconoce como el músico más volcado hacia adentro, “más romántico”, pero fue quien construyó buena parte de los arreglos de guitarra, las armonías y las voces con las que aquella canción llegó hasta nosotros.
Le pregunté si, después de casi seis décadas, la bronca seguía siendo la misma. Me respondió sencillamente: “Para mí, sí, la bronca sigue siendo la misma”. Y después dijo: “Yo creo que soy más de las artes, de las letras, de la guitarra que del fusil”. Para Durietz, lo esencial de aquella canción sigue estando en su posición pacifista y en la esperanza de transformar la realidad mediante la palabra, el arte, el ejemplo y la educación.
La conversación dio para mucho más, tanto que tendrá que esperar un próximo Guijarro. Y mientras pienso en todo lo que queda después de una marcha —cuando se guarda la pancarta, se apaga el escenario y cada quien vuelve a cargar consigo aquello que lo llevó hasta la plaza—, se me atravesó una canción de Adrián Abonizio que Juan Carlos Baglietto convirtió en una de esas piezas capaces de quedarse flotando mucho después de terminar. Los dejo con El témpano.
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