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México mágico 2026: la predicción, el Ángel y una fiesta fuera de control

Un guijarro en mi bota (sucesos, eventos, hechos, casos, cosas) / columna de Iris Bringas

Iris Bringas Por Iris Bringas
5 de julio de 2026
En Opinión, Un guijarro en mi bota
México Mágico 2026. Festejo mundialista en Paseo de la Reforma

Festejo mundialista en Paseo de la Reforma, AMEXI/Foto: Especial

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Antes íbamos al Ángel porque habíamos sentido algo. Ahora, muchas veces parece que la gente va para demostrar que estuvo ahí.

Abro este Guijarro retomando el tema mundialista. Si bien en mi entrega anterior sobre México mágico 2026 hablé de la cultura mexicana y la celebración, la afición actual me ha dejado sin palabras.

Lo que comenzó como una ocurrencia terminó por instalarse como una fiesta nacional que hoy, a mi juicio, ha perdido buena parte de su sentido y que, como mexicana, no me representa en lo más mínimo. Desde la parafernalia impulsada por el gobierno, con el gasto público que implica, hasta convertir en símbolo el desenfreno que Héctor Suárez parodiaba con su personaje «El Flanagan», aquella sátira parece haberse vuelto realidad en buena parte de la afición que acude a los espacios destinados para las celebraciones.

Personas elevadas en sillas de ruedas, otras colgadas de semáforos hasta caer al vacío; chicas besando a extranjeros para volverse virales; aficionados zarandeando automóviles; personas lanzándose desde lo alto de paraderos de autobús. Locura desbordada, alegría, furia y lágrimas conviven en un mismo escenario.

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Todo apunta a que la celebración comenzó mucho antes del silbatazo inicial. Ojalá me equivoque, pero, como ocurre con cualquier fiesta que se prolonga más de lo debido, el festejo termina por desvirtuarse. Un pato acaba convertido en símbolo mundialista —aceptado incluso por la FIFA, según Infobae— y llega hasta Palacio Nacional. Al mismo tiempo aparecen caídas, golpes, personas aplastadas, episodios de discriminación y escenas de aflicción que también forman parte de estos festejos.

Recordé entonces la canción «Un Pato«, compuesta por Jayme Silva y Neuza Teixeira, en la interpretación de Natalia Lafourcade.

 


La predicción

Hace unos días, mientras buscaba al economista Joachim Klement para conocer su pronóstico sobre este Mundial, encontré un video del comediante Franco Escamilla que llamó mi atención.

En su programa, el hipnotista y mentalista chileno radicado en México John Milton indujo al comediante Paquito Maya a imaginar un viaje al futuro. Ya en ese ejercicio, Escamilla le preguntó si Cruz Azul volvería a ser campeón. Maya respondió que sí y aseguró que ocurriría en 2026. Coincidencia o no, el club terminó coronándose campeón de la Liga MX tras vencer 2-1 a Pumas en mayo de este año.

Después le preguntaron hasta dónde llegaría México en el Mundial y respondió que alcanzaría las semifinales. El programa fue grabado en 2020, pero el fragmento se viralizó en mayo de 2026, luego de que la primera predicción pareciera cumplirse.

Sin embargo, también existen pronósticos sustentados en modelos económicos y geopolíticos. Uno de ellos pertenece a Joachim Klement, economista alemán que había logrado una pequeña hazaña: acertar a los campeones de los tres Mundiales anteriores: Alemania (2014), Francia (2018) y Argentina (2022).

Para 2026, su modelo eligió a Países Bajos como campeón. No obstante, el 29 de junio, tanto la selección neerlandesa como Alemania quedaron eliminadas del torneo.

Hay además una coincidencia curiosa.

El 29 de junio de 1998, Alemania cerró a México el camino hacia los cuartos de final. Veintiocho años después, también un 29 de junio, Alemania y Países Bajos abandonaron juntos esta Copa del Mundo. El futbol no repite necesariamente la historia; a veces simplemente le da la vuelta a la tortilla.

Klement reconoció después que, tras doce años de aciertos, su modelo se había quedado sin suerte. Aquella fórmula basada en economía, rankings, población, riqueza y estadísticas futbolísticas terminó demostrando precisamente aquello que buscaba comprobar: las ecuaciones no pueden anticiparlo todo.

Y, sin embargo, quizá el dato que ningún modelo habría podido prever no estaba dentro de la cancha. Estaba en México, con el Ángel de la Independencia transformado en foro, punto de encuentro, escenario de videos, vitrina institucional y, por momentos, en una fiesta que parece haber perdido la capacidad de distinguir entre la alegría y el exceso.


“Aficionados celebran en el Ángel 1970” Fotografía del Archivo Fotográfico de El Universal
Aficionados celebran en el Ángel 1970. AMEXI/Foto: El Universal

Cuando era niña, ir al Ángel después de un partido de México significaba otra cosa.

Recuerdo un 1986 mucho más espontáneo. La gente acudía a celebrar que la Selección había llegado a cuartos de final. Era una celebración familiar, dinámica, atravesada por el grito de «¡Viva México!», pronunciado al unísono con una mezcla de orgullo y entusiasmo. Lo recuerdo bien: era 15 de junio de 1986, apenas una semana antes de cumplir ocho años.

No existían Fan Fest, escenarios diseñados para la cámara, drones buscando la toma perfecta, conteos oficiales de asistentes ni influencers persiguiendo el siguiente video viral. Tampoco había una ciudad organizada para producir euforia ni una afición obsesionada con registrar cada instante desde la pantalla del celular.

Había automóviles avanzando lentamente, banderas ondeando desde las ventanillas, claxonazos, porras y familias caminando hacia Paseo de la Reforma, con la sensación de que un partido de futbol podía regalarnos, aunque fuera por un momento, un respiro frente a las dificultades cotidianas y al deporte extremo que muchas veces significa vivir en este México mágico.

En 1986, México cayó en penales frente a Alemania Federal después de alcanzar los cuartos de final. Fue una derrota dolorosa, pero también una hazaña.

En 1998, Luis Hernández adelantó a México en el marcador. Sin embargo, Alemania remontó y terminó imponiéndose 2-1.

Y aun cuando México perdía, el país reaccionaba de otra manera. La afición seguía acompañando a su selección con cantos incluso después de la derrota. Para eso se entonaba «Cielito lindo», dentro y fuera de los estadios: para recordarles a los jugadores que debían levantarse porque un país entero seguía respaldándolos.

«Canta y no llores» no era entonces un fondo musical para TikTok.

Era un abrazo.

Se lo cantábamos a la Selección porque había dado batalla. Porque sí, había perdido, pero no estaba sola. Porque la afición todavía sabía acompañar sin humillar, animar sin invadir y celebrar sin convertir al otro en un objeto.


México Mágico 2026 “Aficionados celebran en el Ángel 2026” Fotografía tomada del FB Gobierno Federal
Aficionados celebran en el Ángel en 2026. AMEXI/Foto: FB del Gobierno Federal

Lo que cambió fue que la celebración comenzó a llegar empaquetada: pantallas gigantes, dispositivos de seguridad, conteos de audiencia, transmisiones en vivo y una maquinaria digital que exige pruebas inmediatas de haber estado ahí. Todo ello administrado por autoridades y patrocinadores. Al fin y al cabo, vivimos en la Gran Aceleración.

La gente salta para aparecer en la fotografía. Cruza frente a reporteros nacionales y extranjeros, los rocía con espuma, los levanta por los aires mientras transmiten en vivo. Nadie quiere quedarse fuera del encuadre porque, fuera de foco, uno vuelve a ser un mortal cualquiera.

Como dice la canción que viene a continuación: «Afuera tú no existes, sólo adentro».

Así llegan los portazos, la prisa y los aplastones para ingresar a las sedes del Fan Fest. Como una vorágine que se resiste a quedarse fuera, como si alguien les hubiera arrebatado una oportunidad irrepetible y la única manera de recuperarla fuera lanzándose sobre ella como si la vida dependiera de ese instante.

«Afuera«, canción de Caifanes, video dirigido por Carlos Marcovich.


El Gobierno de la Ciudad de México reportó más de 800 mil asistentes tras el triunfo ante Chequia. El martes 30 de junio, después de la victoria sobre Ecuador, la cifra ascendió a más de 1.4 millones de personas.

No se trata, desde luego, de una concentración exclusiva en el Ángel de la Independencia; el conteo incluye el Zócalo y 18 puntos de transmisión habilitados en la capital.

Con ello, la asistencia acumulada durante los cuatro encuentros de la Selección Mexicana supera los tres millones de personas que han salido a las calles de la Ciudad de México. El Ángel sigue siendo, sin embargo, el corazón simbólico del festejo. El 1 de julio, todavía a las 11 de la mañana, permanecía allí un cúmulo de personas ebrias, prolongando el after de la noche anterior. La multitud ya no sólo necesita vivir la emoción; también necesita producirla, grabarla y demostrar que estuvo ahí.

En el futuro todo el mundo tendrá sus 15 minutos de fama

Si el disparo de Valerie Solanas hubiera matado a Andy Warhol, quizá esta frase nunca habría sido pronunciada. Sin embargo, Warhol acertó. De pronto vivimos en un mundo que llevó esa intuición al extremo. Ya no son 15 minutos de fama; muchas veces bastan unos cuantos segundos antes del olvido.

Nuestras vidas forman parte de una industria que parece enseñarnos a consumirnos a nosotros mismos. Todo fenómeno masivo admite una lectura sociológica, como la que desarrolló Jean Baudrillard al describir a las masas como una especie de nebulosa que absorbe mensajes, imágenes e impulsos.

Baudrillard imaginó esa masa como una nube opaca de cuerpos, mensajes e impulsos capaz de absorber todo lo que la rodea. Hoy esa nube cabe tanto en el Ángel de la Independencia como en la pantalla de un teléfono.

Ya no basta con celebrar un gol. Hay que producir la prueba de que se celebró: el video del beso, el extranjero convertido en trofeo, el coro que cruza la línea, el cuerpo que alguien decide levantar porque «quiere volar», la toma aérea de cientos de miles de personas convertidas en cifra.

Antes, el Ángel recibía una emoción; ahora, por momentos, parece recibir una producción que necesita una escena cada vez más extrema para seguir circulando. El ser humano termina convertido en contenido. No es que la fiesta haya dejado de ser real; es que sus imágenes empiezan a dictar cómo debe sentirse y cómo debe verse un festejo nacional.

En Cultura y simulacro, Baudrillard sostiene que la simulación no consiste simplemente en mentir o fingir. Ocurre cuando los signos de algo comienzan a producir efectos aunque ya no dependan de la experiencia original. A eso lo llama hiperrealidad: el modelo, la imagen o la representación terminan precediendo y organizando la propia vivencia.

En A la sombra de las mayorías silenciosas, el filósofo vuelve sobre esa idea y presenta a la masa como una concentración de impulsos mediáticos y restos de lo social; una nebulosa opaca, incluso un agujero negro, que absorbe energía y atención sin convertirse necesariamente en un sujeto político coherente. La multitud no siempre «dice algo»; muchas veces sólo multiplica la intensidad del espectáculo.

México mágico 2026: fiesta y despiporre

Hemos visto videos de mujeres mexicanas besando a turistas desconocidos, como si un extranjero fuera una credencial de estatus o una escena obligatoria del Mundial. Pero conviene decirlo con cuidado: no todas esas mujeres buscan lo mismo y no todo beso cuenta la misma historia. Lo verdaderamente incómodo es otro fenómeno.

Para continuar, dejo por aquí la canción «Tainted Love», interpretada por Gloria Jones en 1965.


Los llamados Passport Bros no son las mujeres mexicanas que aparecen en esos videos. Son hombres, muchos de ellos estadounidenses o europeos, que viajan a otros países buscando parejas a las que imaginan más «tradicionales», accesibles o sumisas que las mujeres de sus propios lugares de origen. La tendencia convierte la desigualdad económica, la nacionalidad y los estereotipos de género en una especie de mercado romántico.

El Mundial crea un escenario propicio para esa fantasía. No porque toda mujer que bese a un extranjero aspire a algo ni porque todo visitante participe de esa lógica, sino porque muchos de esos videos terminan convirtiendo en mercancía la nacionalidad, el deseo y la diferencia económica.

De un lado aparecen comentarios que presentan el beso con un extranjero como símbolo de estatus, conquista o visibilidad. Del otro, hombres que persiguen una fantasía: la mexicana cálida, acomedida, doméstica, disponible, agradecida y fácil de conquistar. En medio de ambos permanece la cámara.

No es libertad cuando el algoritmo parece decidir qué cuerpo vale más según quién lo besa. Tampoco es hospitalidad cuando el visitante deja de ser una persona para convertirse en una experiencia que alguien debe exhibir.

Tampoco es hospitalidad llamar «chino» a cualquier asiático, pedirle que «abra los ojos» o estirarse los párpados frente a él para provocar una risa, bajo la idea de que la burla deja de serlo porque fue hecha «sin mala intención».

Durante el Mundial, la creadora de contenido surcoreana Yoon Su-jin, conocida como Ino Cat, denunció que un hombre realizó ese gesto detrás de ella durante un partido en Guadalajara. Posteriormente, el hombre ofreció disculpas públicas y renunció a la presidencia del Colegio de Ingenieros Topógrafos Geomáticos del Estado de Jalisco. Más tarde, la FIFA invitó a la joven a otro partido de Corea del Sur como una señal de respeto e inclusión.

No hace falta acumular cien casos para comprender lo que ese gesto significa. A una persona asiática se le niega su nombre, su nacionalidad y su individualidad. Se le reduce a un estereotipo que alguien cree tener derecho a imitar. Y todavía hay quienes llaman a eso «humor mexicano».

También circuló el coro: «Corea va a probar el chile nacional».

Algunos lo celebraron como picardía, pero la frase no sólo juega con el doble sentido. También sexualiza al rival, convierte a toda una nacionalidad en destinataria de una insinuación y luego exige que todos se rían para que nadie parezca exagerado.

Esa pasión empieza a servir para encubrir demasiadas cosas. Pasión no es hostigar, acosar o apropiarse del cuerpo y de la voluntad del otro. No importa si ese otro es un extranjero, un compatriota, un reportero, un aficionado o una mujer a la que alguien quiere besar para salir en un video.

Entonces apareció una imagen que debería bastarnos para entender hasta dónde puede llegar una fiesta cuando pierde el límite: una persona en silla de ruedas es levantada por la multitud al grito de «quiere volar». Que esa persona sonría, participe o parezca divertirse no elimina el riesgo. Una multitud excitada no puede decidir por el cuerpo ajeno ni medir las consecuencias de una caída, un golpe o una mala coordinación.

La escena terminó rebasando la planeación de los organizadores del Fan Fest y dejó de ser sólo una rareza viral cuando la Secretaría de Salud de la Ciudad de México tuvo que recomendar a la población que «mejor vuelen los goles, no las personas». Es una frase sencilla, casi obvia, pero fue necesario pronunciarla porque el riesgo empezó a confundirse con entretenimiento.

Gente chapoteando en charcos sucios, personas orinando y defecando en la vía pública, basura por todos lados. La pregunta asoma después de cada victoria de México: ¿ahora con qué van a salir?

Cuando la multitud se abalanza sobre alguien sin medir caídas, peso, coordinación, golpes o consecuencias, ya no está celebrando con esa persona: está utilizando su cuerpo para producir una escena. Quizá ése sea el verdadero síntoma de esta Copa. Ya no basta con mirar el partido; hay que fabricar el momento que nadie más tenga, el grito que se vuelva tendencia, la imagen que obligue a los demás a mirar.

Cuando el festejo se convierte en una carrera por producir la siguiente escena viral, el consentimiento comienza a volverse invisible y la multitud deja de mirar a los demás como personas. Casi cualquier límite parece franqueable. El Ángel de la Independencia deja de ser el lugar al que acudíamos porque México había sentido algo. Ya no importa tanto si realmente hay algo que celebrar, sino la escenografía montada para expresarse.

La afición multitudinaria parece querer siempre un poco más. Las interminables ruletas de videos con frases como «México mágico», «México le gana a la Inteligencia Artificial» o «Si vivieras en Europa, te perderías de todo esto» inundan las redes sociales.

Pero la magia se rompe cuando creemos que todo visitante está obligado a soportar nuestro chiste, que cualquier persona está disponible para nuestra cámara, que todo extranjero debe agradecer nuestra invasión o que una multitud puede hacer lo que quiera sólo porque porta una bandera, una playera verde o un ánimo chingativo.

En este México 2026 también ocurrió algo espontáneo, donde el gobierno no colocó escenario alguno: la llamada «antiserenata» contra Ecuador. Aficionados mexicanos se reunieron de madrugada afuera del hotel de concentración con cánticos, fuegos artificiales, insultos y cláxones para impedir el descanso del equipo.

La Federación Ecuatoriana de Futbol presentó una queja formal al considerar que aquello contradecía los principios de juego limpio y equidad que debería representar un Mundial.

En redes sociales, muchos aficionados respondieron con la frase: «Se llevan y no se aguantan», recordando que durante la Copa América de 1993 aficionados ecuatorianos apedrearon el autobús de la Selección Mexicana y también realizaron una «antiserenata». Esa práctica incluso ha sido atribuida anteriormente a encuentros frente a Brasil, Argentina y Boca Juniors.

Sin embargo, que México haya padecido ese tipo de hostigamientos no convierte en aceptable reproducirlos. La memoria de una agresión no debería convertirse en permiso para comportarse de la misma manera.

Las celebraciones también tienen un lado sombrío. No todo mundo llega a festejar estando bien y, cuando aparecen el alcohol, la euforia y la pérdida de control, muchas veces afloran frustraciones que terminan convirtiéndose en violencia.

Mejor escuchemos «En la ciudad de la furia», de Soda Stereo.

«Con la luz del sol se derriten mis alas; sólo encuentro en la oscuridad lo que me une con la ciudad de la furia…»


Cuando la fiesta convirtió la calle en zona de riesgo

Hay una parte de esta Copa que no cabe en el video gracioso, el grito de moda o la toma aérea de una multitud feliz. Se trata de tres hechos que obligan a detenerse.

El 18 de junio, después del triunfo de México ante Corea del Sur, un joven de 20 años fue atropellado en el centro de Guadalajara. La policía informó que fue localizado sobre avenida Juárez con traumatismo craneoencefálico. El conductor huyó.

Días después, en Cabo San Lucas, el límite se rompió de manera brutal. La noche del 24 de junio, tras la victoria sobre Chequia, un automóvil quedó rodeado por aficionados sobre el bulevar Lázaro Cárdenas. El vehículo avanzó entre la multitud, atropelló a 17 personas y terminó impactándose contra una estructura de seguridad. Después, el conductor fue sacado del automóvil y golpeado por quienes lo rodeaban.

La investigación deberá establecer qué ocurrió segundo a segundo: qué hizo el conductor, qué falló en el operativo y quién debía impedir que una vía pública terminara convertida en una emboscada de cuerpos, automóviles, alcohol y furia.

Pero hay algo que ya sabemos.

Una ciudad no puede llamar «fiesta» a una celebración donde los automóviles deben abrirse paso entre personas, las personas creen que pueden detener automóviles y cualquier movimiento equivocado termina en una embestida o una golpiza.

No se trata de absolver al conductor de Los Cabos ni de culpar a quienes resultaron heridos. Se trata de rechazar la explicación cómoda: «así es la pasión».

No. La pasión no debería obligar a cerrar calles después de que alguien fue atropellado. Tampoco debería dejar a un joven con una lesión craneal en Guadalajara. No debería dejar 17 personas heridas en Los Cabos. Tampoco debería terminar con un hombre golpeado hasta la muerte por una multitud.

La mañana del 30 de junio, el conductor, Roberto Arellano Acevedo, falleció como consecuencia de la golpiza.

Detrás de cada saldo hay familias, tratamientos médicos, pérdidas económicas y una pregunta inevitable: ¿quién responde cuando una fiesta pública se convierte en un daño previsible?

En la Ciudad de México también se cuecen habas. El límite de aforo en las inmediaciones de Paseo de la Reforma y el Ángel de la Independencia fue rebasado por los aficionados.

Tras el triunfo sobre Ecuador, cuatro personas murieron durante los festejos. Tres fallecieron por asfixia en la aglomeración y una cuarta murió posteriormente en el hospital después de sufrir una crisis médica.

Las investigaciones deberán establecer cómo fallaron los controles y qué ocurrió minuto a minuto en una concentración que superó toda previsión.

Después de esos hechos, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, declaró que recomendó a la población no acudir al Ángel. Sin embargo, las pantallas instaladas, el espectáculo organizado y las deficiencias del operativo policial permitieron que la concentración rebasara la capacidad prevista. Ese mismo día, un amplio despliegue policial sí consiguió replegar con uso de la fuerza al contingente de madres buscadoras en Ermita y Tlalpan, pero no logró evitar el sobrecupo durante los festejos mundialistas.

Lo ocurrido en Guadalajara, Los Cabos y la Ciudad de México muestra el punto exacto en el que el festejo deja de ser comunidad y se convierte en una negociación violenta del espacio público.

El automóvil deja de ser un vehículo y se convierte en enemigo. El desconocido que está junto a ti puede aplastarte para intentar salir de una estampida. La calle deja de ser vialidad para convertirse en escenario de una tragedia que las autoridades no supieron prevenir. La multitud deja de ser gente celebrando y adquiere la lógica de una fuerza sin rostro. Fuenteovejuna.

Me pregunto hasta dónde seguiremos empujando una celebración que ya no se parece a la que conocimos, que difícilmente representa lo mejor de los mexicanos y que termina exaltando el exceso por encima de la convivencia.

Hasta dónde llegarán estos festejos dependerá, al final, de la voluntad y de la prudencia.

Ojalá me equivoque. Pero todo indica que las celebraciones mundialistas pueden volverse cada vez más violentas y peligrosas. La mesa parece estar puesta para una multitud impredecible, incontrolable y voraz.

Hoy vemos a las autoridades vaciando cervezas por las coladeras, intentando contener una dinámica que comenzó con escenarios, maquillaje urbano y una invitación oficial a celebrar como nunca antes; una ciudadanía que, en muchos casos, terminó empujando esa celebración más allá de cualquier límite.

Y hasta aquí mi guijarro, querido lector.

Me despido con el deseo de que prevalezcan la prudencia, el respeto y la solidaridad para evitar que nuevos tumultos desemboquen en tragedias.

Y, por supuesto, con el deseo genuino de que México derrote a Inglaterra. Y, si sí, ojalá también podamos seguir soñando con ganar un Mundial… pero celebrarlo con saldo blanco.

Los dejo con Maldita Vecindad. Porque, al final, «Un gran circo» también habla de esta ciudad.

Hasta la próxima.


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