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Cristina Rivera Garza: la literatura como última frontera

Rizando el Rizo / por Boris Berenzon Gorn

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
6 de octubre de 2026
En Cultura, Rizando el Rizo
La escritora Cristina Rivera Garza. AMEXI Foto Secretaría de Cultura

La escritora Cristina Rivera Garza. AMEXI/ Foto: Secretaría de Cultura

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Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn

Hay escritoras que cuentan historias y hay escritoras que modifican la manera en que una época puede ser contada. Cristina Rivera Garza pertenece a estas últimas. Su nombre aparece hoy, con creciente insistencia, entre las voces que el mundo literario considera para el Premio Nobel de Literatura 2026. Nadie puede afirmar, sin embargo, que exista una candidatura oficial: las nominaciones al Nobel permanecen secretas durante cincuenta años. Pero quizá la pregunta verdaderamente importante no sea si recibirá el premio, sino otra más incómoda ¿qué tendría que reconocer el Nobel si algún día reconociera a Cristina Rivera Garza? 

Tendría que reconocer una literatura que se ha negado a aceptar las fronteras tradicionales entre novela, historia, poesía, ensayo, archivo y memoria. Tendría que reconocer a una escritora que ha hecho de la investigación una forma de imaginación y de la imaginación una forma de conocimiento. Y, sobre todo, tendría que reconocer una de las preguntas más urgentes de nuestro tiempo ¿cómo escribir cuando la realidad está llena de muertos que todavía no han sido escuchados? 

Desde Nadie me verá llorar, publicada en 1999, Rivera Garza comenzó a construir una obra que no se conformaba con narrar el pasado: quería interrogar la manera en que el pasado había sido construido. La novela penetraba en los archivos del antiguo manicomio de La Castañeda y hacía de la locura, la memoria y el poder una materia literaria. Desde entonces, su escritura ha mantenido una sospecha fundamental: ningún archivo es inocente, ninguna memoria es completa, ninguna identidad está definitivamente cerrada. Ésa es una de sus grandes aportaciones. Rivera Garza no escribe solamente sobre la memoria: escribe contra su domesticación. 

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Su literatura se mueve en las fronteras. Frontera entre México y Estados Unidos; frontera entre historia y ficción; entre documento y poema; entre cuerpo y lenguaje; entre la experiencia individual y las estructuras sociales que la determinan. Historiadora de formación, narradora, poeta, ensayista, traductora y crítica, ha hecho de la interdisciplinariedad algo más profundo que una suma de especialidades: una verdadera poética. 

Por eso resulta insuficiente llamarla simplemente una escritora experimental. Lo experimental suele describir una técnica. En ella es una manera de pensar. 

Rivera Garza ha desarrollado conceptos como la necroescritura, la desapropiación y las escrituras geológicas para pensar qué significa escribir en sociedades atravesadas por la violencia. Su propuesta cuestiona la idea del escritor como propietario absoluto de las palabras. El lenguaje viene de otros: de quienes estuvieron antes, de los archivos, de los territorios, de los muertos, de las comunidades, de las experiencias que no nos pertenecen enteramente. 

Escribir, entonces, deja de ser apropiarse de una historia para convertirse en una forma de escucharla. Y ahí aparece una de las claves de su originalidad. En una época obsesionada con la propiedad —de los datos, de las imágenes, de las identidades, de las historias— Rivera Garza propone una literatura que comparte, devuelve, reinterpreta y restituye. Su escritura pregunta quién tiene derecho a contar una vida y qué responsabilidad adquiere quien decide hacerlo. Esa pregunta alcanza una intensidad extraordinaria en El invencible verano de Liliana. 

El libro parte de un acontecimiento íntimo y devastador: el asesinato de su hermana Liliana en 1990. Pero convertirlo simplemente en un libro sobre feminicidio sería reducirlo. Rivera Garza realiza una operación literaria mucho más compleja: reconstruye la vida de Liliana para impedir que su muerte termine absorbiendo su existencia. Cartas, diarios, cuadernos, documentos institucionales, recuerdos y testimonios se convierten en fragmentos de una vida que la violencia había intentado reducir a un expediente.: Y aquí aparece una de las grandes lecciones de Rivera Garza sobre la literatura y las mujeres. Frente a una sociedad que convierte a las mujeres asesinadas en cifras, ella devuelve personas. Liliana vuelve a ser joven, hermana, estudiante, amiga, mujer que desea, que escribe, que imagina, que se contradice, que busca una vida propia. La literatura no puede devolverle los años arrebatados, pero sí puede impedir una segunda muerte: la muerte de su singularidad. 

Por esa obra recibió el Premio Pulitzer de Memoria o Autobiografía en 2024. El jurado destacó precisamente su carácter híbrido: una combinación de memoria, investigación feminista y biografía poética. También fue finalista del National Book Award de No Ficción.  

Pero el Pulitzer no explica por sí solo la importancia de Rivera Garza. Lo verdaderamente significativo es la continuidad de una obra que lleva décadas desplazando los límites de la literatura. Ha recibido, entre otros reconocimientos, la beca MacArthur, el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, el Sor Juana Inés de la Cruz, el Anna Seghers y el Roger Caillois. Terrestre, publicado en 2025, prolonga esa voluntad de experimentar con las formas del viaje, el territorio, el cuerpo y la imaginación. 

Hay, por tanto, algo que conviene no perder de vista Rivera Garza no llegó al reconocimiento internacional por una obra aislada. Existe detrás una trayectoria de décadas. Y eso modifica también el significado que tendría un eventual Nobel. 

No sería únicamente un premio para una escritora mexicana. Sería el reconocimiento a una literatura latinoamericana capaz de transformar las experiencias históricas de la región en preguntas universales sin desprenderlas de su territorio. México aparecería no como escenario exótico de la violencia, sino como laboratorio complejo de memoria, modernidad, desigualdad, migración, género y resistencia. América Latina tampoco aparecería como periferia literaria. Aparecería como lugar desde el cual se puede pensar el mundo. 

Ésta es una distinción fundamental. Rivera Garza no necesita convertir a México en una postal para volverlo universal. Su universalidad nace precisamente de la profundidad con que entra en aquello que parece particular. Una hermana asesinada. Un archivo psiquiátrico. Una frontera. Un algodón sembrado en el norte. Una familia. Un cuerpo. Una lengua. Un territorio. Lo universal no está fuera de esas cosas. Está escondido dentro de ellas. Quizá por eso su literatura resulta especialmente significativa para los jóvenes. 

Vivimos una época que ha convertido la velocidad en virtud. Las redes sociales reducen la complejidad a consignas; los algoritmos clasifican antes de comprender; la cultura digital multiplica información mientras disminuye nuestra paciencia para escuchar. Rivera Garza propone exactamente lo contrario: detenerse, investigar, desconfiar, leer las huellas, volver al documento, escuchar las voces laterales. No ofrece respuestas fáciles. Y ésa puede ser una de sus mayores enseñanzas. A los jóvenes les dice, sin necesidad de formularlo como consigna, que escribir no consiste en producir una identidad reconocible para el mercado, sino en encontrar las preguntas que todavía no tienen respuesta. Que la literatura no tiene por qué obedecer las fronteras de los géneros. Que investigar también puede ser una forma de crear. Que la memoria no es una bodega donde guardamos el pasado, sino un territorio en disputa. Y les recuerda algo todavía más radical que las palabras pueden ser una forma de responsabilidad. 

En una época de discursos instantáneos, Rivera Garza reivindica la lentitud de la literatura. Frente al espectáculo de la violencia, recupera la intimidad. Frente a la estadística, devuelve el rostro. Frente al archivo muerto, busca la voz. Frente al olvido, construye una memoria que no pretende cerrar las heridas, sino mantenerlas abiertas para que puedan ser pensadas. Eso explica también su dimensión como escritora mujer. No representa simplemente a “la mujer” —categoría demasiado grande y demasiado abstracta—, sino que ha contribuido a transformar el lugar desde donde las mujeres pueden escribir, investigar y disputar la memoria. Su obra demuestra que una experiencia femenina no tiene que ser encerrada en el territorio de lo íntimo: puede convertirse en una pregunta histórica, política, estética y filosófica. El invencible verano de Liliana lo demuestra de manera extraordinaria. El duelo personal se convierte en investigación; la investigación, en literatura; la literatura, en memoria; y la memoria, en una forma de justicia. No se trata de afirmar que un libro pueda sustituir a la justicia institucional. Se trata de entender que puede impedir que la injusticia tenga también la última palabra sobre la memoria. Ahí se encuentra quizá la mayor fuerza ética de su escritura. 

Cristina Rivera Garza ha construido una literatura que no se conforma con representar el mundo. Quiere reorganizar nuestra relación con aquello que el mundo ha decidido olvidar. Por eso su obra posee una vigencia que va más allá de las coyunturas literarias. En tiempos de feminicidio, desplazamiento, migración, violencia, polarización y saturación digital, su escritura nos recuerda que ninguna sociedad puede sobrevivir si pierde la capacidad de escuchar sus propios restos. 

La literatura, en sus manos, se convierte entonces en una última frontera. No una frontera que separa, sino una frontera que obliga a cruzar. Entre los vivos y los muertos. Entre la historia y la memoria. Entre el yo y los otros. Entre México y el mundo. Entre lo que sabemos y aquello que todavía no sabemos decir. Quizá ésa sea la razón más profunda para hablar de Cristina Rivera Garza en este momento. No porque el Nobel necesite confirmarla. Porque la literatura contemporánea necesita escuchar lo que ella está diciendo. Los premios pasan. Las academias cambian. Las listas se equivocan. Los nombres que hoy parecen imprescindibles mañana pueden quedar relegados al pie de página. Pero hay escritores que consiguen algo más difícil que ganar un premio: modifican las preguntas con las que leemos. Rivera Garza pertenece a esa estirpe. Su literatura no promete salvarnos del olvido. Hace algo más difícil: nos obliga a preguntarnos qué vidas estamos permitiendo que desaparezcan.

Lee: Ellas: las que estuvieron siempre


El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.
Etiquetas: Cristina Rivera GarzaescritoraPortada 1Premio Nobel de Literatura 2026
Boris Berenzon Gorn

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