Mike Patton convirtió la Alhóndiga de Granaditas en un territorio donde todo parecía posible con rock, spaghetti western, canciones italianas, metal, cabaret y hasta mariachi frente a una explanada llena, donde el cantante estadounidense abrió el 54 Festival Internacional Cervantino con “Mondo Cane”, un espectáculo tan impredecible como su propia carrera.
Durante una noche, las canciones italianas de los años cincuenta y sesenta pasaron por una de las voces más experimentales de la música alternativa y salieron transformadas en algo difícil de clasificar.
Entre guturales, susurros, gritos, elegancia de crooner y un humor cada vez más mexicano, Patton hizo de Guanajuato el escenario perfecto para demostrar que, cuando se trata de él, las etiquetas sobran y el riesgo forma parte del espectáculo.
Lee: Cultura reporta más apoyos y actividades durante los primeros dos años de gobierno
Mike Patton, una voz fuera de cualquier etiqueta
Mike Patton, nacido en California en 1968, tiene 58 años y es una de las figuras más inclasificables de la música alternativa de las últimas cuatro décadas.
Vocalista de Faith No More, fundador de Mr. Bungle e integrante de proyectos como Fantômas, Tomahawk y Dead Cross, construyó una trayectoria marcada por la experimentación, el riesgo y una concepción de la voz que rebasa largamente la idea convencional de “cantar”; integra sonidos guturales, nasales, gritos, susurros, distorsiones, respiraciones y prácticamente cualquier expresión vocal o corporal capaz de producir sonido.
“Mondo Cane”, entre el pop italiano y la irreverencia
“Mondo Cane” es una de esas formas de coexistir dentro de su universo con canciones de la época dorada del pop italiano, principalmente de los años cincuenta y sesenta, las cuales aparecen ahora en una voz que, en principio, parecería pertenecer muy poco al repertorio elegido.
Sin embargo, la expresión contrastante, irreverente y por momentos brutal de Mike Patton terminó apropiándose de canciones que posiblemente nunca hubiéramos imaginado escucharle.
Quizá sea también la forma más digerible en la que lo he escuchado en toda mi vida y eso no necesariamente será un elogio para todos sus adoradores, aunque para mí sí lo es, porque también es una de las ocasiones en las que mejor lo he visto conectar con públicos distintos.
En la Alhóndiga no había solamente conocedores de Faith No More, Mr. Bungle o de sus proyectos más extremos.
Había público cervantino en general, familias, curiosos y personas para las que Mike Patton seguramente era un nombre bastante alejado de lo que escuchan cotidianamente, y a todos se los echó a la bolsa con el carisma y el espectáculo que presenciamos anoche.
Una mezcla imposible que funcionó
Musicalmente, el concierto fue una especie de flan imposible, pues había canción italiana, hard rock, metal, psicodelia, cabaret y música cinematográfica.
Por momentos aparecían Ennio Morricone y Nino Rota; en otros, los arreglos musicales parecían contener el espíritu de Frank Zappa.
Toda esa musicalidad habitaba una atmósfera que olía a las décadas de los sesenta y setenta, a cine italiano, spaghetti western y a una especie de surrealismo sonoro, recién salido del molde.
No fue una mezcla particularmente prudente y quizá por eso funcionó tan bien para un público ecléctico, sobretodo en México.
El programa de “Mondo Cane” incluye “Deep Down”, de Ennio Morricone, y piezas de Nino Rota provenientes de Il Casanova di Federico Fellini.
Patton estuvo acompañado por banda de rock y una amplia sección de cuerdas mexicanas, bajo la dirección musical de Ezequiel “Cheche” Alara.
Y en algún momento, desde el escenario, se refirió cariñosamente a ellos como “estos putos violines chilangos”. Ese fue también el tono de la noche.
El humor y la conexión con el público mexicano
“L’urlo negro” fue dedicada al Pípila y se dio el lujo también de dedicar una canción a su perrita. El público le gritaba “¡Miguel, eres un cabrón!”, y Patton respondía con el vocabulario mexicano que recogió a lo largo de varios años, respondiendo: “cabrón”, “no mamas” y lo que fuera necesario para continuar la conversación jocosa con una Alhóndiga entregada.
Parte de lo que de pronto me pareció nada Patton, o, mejor dicho, muy él, fue su capacidad de llevar una interpretación hasta el punto de casi mimetizarse con otro artista.
Ocurrió con “La Llorona”, donde llevó la voz a un registro tan oscuro, exageradamente grave y gutural que por momentos no sabía si estaba en un concierto de Mike Patton o en uno de Rammstein. A la gente, en cambio, le fascinó.
Y ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, lo verdaderamente interesante de “Mondo Cane” fue que permitió mirar con enorme claridad algo que a veces queda oculto detrás del personaje experimental y es que él es un extraordinario cantante.
Puede pasar de un sonido gutural o deformado a una voz limpia, perfectamente afinada y elegante; entrar en una emisión nasal, quebrarla, rasparla, convertirla en ruido y, pocos segundos después, regresar a una línea melódica de crooner.
Ésa es quizá una de las mayores virtudes del espectáculo: no exhibir solamente cuántas rarezas sabe hacer con la voz, sino demostrar cuánto control tiene sobre ellas. Y como cantante sé lo extenuante que puede resultar llevar su instrumento al límite, hacerlo atravesar tantas piruetas vocales y conseguir que no se pierda ni se quiebre en el camino.
Del rock al mariachi, el cierre mexicano
Este fue un concierto extraordinariamente divertido en sus arreglos, musicalmente rico y ejecutado por músicos formidables y cuando llegó el momento de México, Patton no quedó a deber.
Durante los encores aparecieron “Retrovertigo”, de Mr. Bungle; “Luz de luna”, de Álvaro Carrillo, que le quedó espléndida; y “Hasta que te conocí”, de Juan Gabriel.
En esta última comenzó peligrosamente cerca de imitar al “Divo de Juárez” de antaño, en particular el concierto también en el Palacio Bellas Artes en los años 90; hasta que finalmente empezó a poner de su propia cosecha. Entonces volvió a ser Mike Patton, acompañado por el Mariachi Gama 1000.
Tras los encores presentó a los músicos, agradeció al público y abandonó el escenario. La gente continuó gritando, esperando otro encore, pero ya no volvió.
Y como en todo concierto de cantina, después de los mariachis se encendieron las luces y comenzó el desalojo del recinto. Había terminado “Mondo Cane”, “Perro mundo”, como decidió traducirlo Mike Patton y por un rato, al menos, este perro mundo sonó bastante bien.








