
Soñando a Leonard
El bar estaba casi vacío cuando Leonard la vio.
Era una mujer de unos treinta años, con un abrigo oscuro sobre un vestido rojo, medias negras y unos zapatos gastados por demasiadas noches caminando por Manhattan. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y fumaba lentamente junto a la barra.
Leonard se acercó.
–¿Quieres tomar algo?
Ella lo observó con una mezcla de curiosidad y cansancio.
¿Y después?
Después podemos ir al Chelsea.
Ella sonrió.
¿A tu habitación?
Sí.
Subieron en silencio.
El ascensor avanzaba lentamente entre golpes y crujidos. Cuando llegaron al piso, el pasillo estaba casi oscuro. La alfombra absorbía sus pasos y una lámpara amarillenta dejaba sombras largas sobre las paredes.
Leonard abrió la puerta.
La habitación era pequeña. Una cama desordenada, una mesa cubierta de papeles, libros abiertos, una máquina de escribir y una guitarra apoyada junto a la ventana. Había una botella de vino a medio terminar y un vaso con un cigarrillo apagado.
Ella entró y dejó el bolso sobre una silla.
Leonard cerró la puerta.
¿Quieres vino?
Sí.
Sirvió dos vasos.
Ella se sentó en la cama.
Leonard permaneció de pie frente a la ventana, mirando las luces de Nueva York.
Pensé que querías otra cosa, dijo ella.
Leonard se volvió.
Yo también.
Hubo un silencio.
¿Entonces para qué me trajiste?
Leonard tomó la guitarra.
Quería hablar con alguien.
Ella soltó una pequeña carcajada.
¿Pagaste una habitación para hablar?
Esta noche sí, dijo, y su voz se volvió cavernosa.
Se sentó en el borde de la cama y comenzó a tocar unas notas muy suaves.
¿De qué quieres hablar?
Leonard bajó la mirada hacia la guitarra.
De Montreal. De las mujeres que amé. De las canciones que todavía no sé terminar. De por qué vine a Nueva York creyendo que aquí iba a encontrar algo que no sabía nombrar.
Ella lo escuchó como un eco grave dentro de una caverna.
Por primera vez en toda la noche, dejó de mirar el reloj.
Afuera, un taxi pasó dejando una franja de luz sobre el techo.
Leonard siguió hablando con aquella voz grave y tranquila, mientras la ciudad golpeaba suavemente contra los cristales.
Y la mujer, que había subido pensando que aquella sería una noche como tantas otras, descubrió que aquel hombre no quería su cuerpo.
Quería contarle su vida a alguien.
Y quizá, por unas horas, ella fue la única persona en Nueva York dispuesta a escucharla.
Cohen estaba sentado junto a ella casi susurrándole al oído.
La ciudad entraba por la ventana como un rumor.
Ella lo miró.
Cohen acercó la voz, casi como si no quisiera despertar al hotel.
Llegué a Nueva York pensando que quería ser escritor…
Hizo una pausa.
Y terminé descubriendo que algunas cosas que escribía no querían quedarse en el papel. Querían convertirse en canciones.
Ella sonrió.
Vine en busca de Dylan Thomas, Raquel Welch y Andy Warhol, precisamente aquí en esta habitación y compuse muchas de esas canciones cuando prácticamente nadie sabía quién era yo.
Ella guardó silencio.
Cohen continuó:
Y entonces entendí algo. Una canción puede comenzar en una habitación pequeña y terminar viajando por todo el mundo.
Sobre una mesa estaba el primer disco.
Cohen lo tomó.
Lo puso en el tocadiscos.
La aguja cayó suavemente sobre el vinilo.
“Suzanne…”
Ella escuchó.
Precisamente yo me llamo Suzanne.
Lo sé, dijo mientras la voz del disco caía sobre la suya.
La música llenó el cuarto.
Y mientras el disco giraba, Cohen siguió contándole su vida al oído.
No como una estrella.
Como un hombre que había llegado a Nueva York con una guitarra, unos poemas y la sospecha de que, alguna noche, alguien escucharía.
Ella cerró los ojos.
El vinilo siguió girando.
Y por un momento, el Chelsea Hotel pareció guardar aquella historia solamente para ellos.
Había llegado desde Canadá con una maleta, algunos libros y muchas canciones que todavía nadie conocía.
Vivía aquí en el Chelsea Hotel, entre escritores, músicos, pintores y personajes que parecían haber salido de una novela.
Una tarde recibí una llamada.
Era John Hammond, el legendario productor de Columbia Records.
Leonard, estoy en Nueva York. Quiero conocerte.
Y entonces nos encontramos para comer aquí cerca.
Hammond no parecía estar buscando una estrella. Parecía estar buscando una voz.
Después del almuerzo, lo traje aquí a esta habitación.
Cerré la puerta.
Saque esta vieja guitarra.
Recuerdo que le dije, no sé si estas canciones son realmente canciones.
Hammond sonrió.
Tócalas.
Y comencé.
“Suzanne…”
Después “Master Song”, “The Stranger Song” y “Hey, That’s No Way to Say Goodbye”.
Hammond permaneció en silencio.
Cuando terminé, solamente dijo:
Lo tienes, Leonard.
Poco después ya estaba grabando en Columbia. Las primeras sesiones comenzaron aquí en Nueva York y aquel material terminaría convirtiéndose en este disco, Songs of Leonard Cohen, mi primer álbum. Hammond inició las sesiones, pero después enfermó y John Simon, otro productor, terminó produciendo el disco.
Él observó que ella dormía profundamente.
Leonard dio una bocanada profunda a su cigarro y desapareció en una enorme nube de humo, como en un sueño de una joven prostituta que se ha quedado dormida escuchando a su ídolo Cohen susurrarle desde un vinilo.







