Con esta segunda entrega concluye la entrevista de Roberto E. Ponce con la locutora Andrea Fernández, hija del legendario cronista deportivo Ángel Fernández Rugama (Morelia, 2 de agosto de 1925–Ciudad de México, 22 de mayo de 2006). En su calidad de directora honoraria del Club de Admiradores de Ángel Fernández, propone que la cabina de transmisiones del Estadio Azteca lleve oficialmente el nombre de su padre: “Palco Ángel Fernández”.
▶ Video: El cronista deportivo Ángel Fernández, en acción.
Eclipse en La Paz
—Orgullosamente, mi querido Roberto, te comento que casi 10 años fui la voz de identificación de la emisora gubernamental “La Voz de Nicaragua, una voz libre en América” (imita el tono), hasta que se perdieron las elecciones y fue muy difícil ese tránsito. Pero siempre iba muy seguido a Managua. En aquella época tuve a mi hija Estelí y hace 48 años entré a Radio Educación.
Para julio de 1991, este Enano Feroz acudió a cubrir para la revista Proceso el “Eclipse del Siglo”, en La Paz, Baja California Sur. En la playa Coromuel se reencontró con Andrea Fernández, quien entonces trabajaba en TV UNAM y asistió con su pequeña hija Estelí, junto a Julieta Fierro y un grupo de científicos enviados por la UNAM para observar el fenómeno astronómico.

—Les conté entonces que yo no sabía si iba a ser niña o niño. Si era niño se llamaría Sandino García; sonaba bien. Afortunadamente fue niña. Le pusimos Andrea Estelí García Fernández.
—Tu otra hija se llama Eva Luna…

—Eva Luna es hija de un nicaragüense, pero nació aquí, en México: Eva Luna Marenco Fernández. Mi nieto Danilo Hecht García es hijo de Estelí (ríe). Le decía yo a tu hermano Armando Ponce y Padilla que heredó un don mágico, porque posee una facilidad de expresión extraordinaria para un niño de cinco años. Construye frases completas con un lenguaje perfectamente estructurado, lo cual me sorprende enormemente.
—Me dice tu hermano Armando: “A lo mejor es que te ha oído tanto en radio como en vivo y así ha aprendido”. No lo sé. Pero resulta fenomenal ver a un niño comunicarse tan correctamente en español, porque su papá, Ari Hecht, de origen judío, le habla en hebreo; su mamá, a veces en inglés y, en ocasiones, también en francés.

Estafeta paterna
—Yo creo que mi papá me influyó de la misma manera en que ahora yo influyo a Danilo porque…
En nuestra infancia, los cinco enanos, como él nos llamaba, caminábamos entre periódicos para ir a saludarlo los sábados a las ocho de la mañana, cuando tenía menos trabajo. Siempre estuvimos rodeados de libros y de su palabra. Lo escuchábamos mientras grababa. Él inventó el jingle de la radioemisora XEDF (canta: “De Éfe, De Éfe, XEDF…”), lo grabó y luego lo escuchaba en casa con su grabadora.
Nunca recuerdo que mi papá o mi mamá utilizaran palabritas infantiles ni groserías. Siempre crecimos con la palabra correcta.
—Mi padre, Fausto Ponce Sotelo, y el tuyo fueron amigos desde muy jóvenes, cuando ambos trabajaban en Excélsior, y nunca se le escuchó decir una grosería…
—Eran hombres de pronunciación correcta y precisa; utilizaban palabras alegres y también novedosas. Recuerdo que mi papá repetía mucho: “Con enjundia, métele enjundia”, o “les faltó enjundia”. Un día fui al diccionario para saber qué significaba. Yo imaginaba que era algo muy alegre, pero descubrí que se refería al vigor, al coraje, al empuje, al esfuerzo y a la sustancia.
—Andrea, contabas que no faltó quien pensara que tu papá utilizó su prestigio para influir en tu ingreso a Radio Educación, hace ya 48 años.
—Cuando estaba en la universidad, un muchacho me dijo un día que tenía muy bonita voz. ¡Eso sí que no me lo había dicho nadie! Me preguntó: “¿Quieres grabar algo?”. Me dieron un texto y lo grabé. Después, varios compañeros me pedían que registrara mi voz para acompañar investigaciones académicas, y yo lo hacía feliz. No volví a grabar sino hasta llegar a Radio Educación, en 1978, y mi papá no intervino.
Fue Miguel Ángel Granados Chapa, entonces director de la emisora, quien me llamó. Me dijo: “Se oye muy bien su voz”. Yo respondí: “No grabo desde que salí de la universidad”. Entonces ordenó: “Que le hagan una prueba de voz ahora mismo”.
En menos de una semana ya estaba realizando mi primer turno, aunque no tenía idea de cómo funcionaba todo aquello. Fue una experiencia maravillosa, porque mi papá decía:
—“¿Voz? ¡La de Andrea! Yo no tengo buena voz; tengo volumen y grito. Pero, si de una buena voz se trata, ¡la de Andrea!”
¡Guau! Mi papá es mi héroe.
Yo soy rebelde
—¿Qué estudiaste, Andrea?
—Ciencias y Técnicas de la Información. Casi nunca digo dónde, por mi posición política. Resulta que mi papá nos inscribió a un hermano y a mí en la Universidad Iberoamericana, y se lo agradezco mucho porque ahí conocí a Julio Scherer, Froylán López Narváez y a don Francisco “Paco” Prieto, un gran maestro de literatura y del pensamiento humanista. Aprendí de muchos profesores maristas, filósofos fundamentales en mi construcción como ser humano, como mujer y también como rebelde.
—La Ibero, aunque yo creo que ahora ya no, era una universidad en la que hacíamos visitas y estudios de campo. Íbamos a pueblos muy lejanos y humildes. Convivíamos y entrevistábamos a gente maravillosa del México profundo, ¿no?
Después cursé una maestría en Periodismo Político en la Escuela Carlos Septién García. Finalmente, gracias a la vida, a la tenacidad o a la necedad, estudié un doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. ¡Soy puma totalmente de corazón!
Mis tesis de licenciatura y doctorado fueron sobre Nicaragua: la primera abordó los medios de comunicación y la segunda analizó el proyecto del Canal Interoceánico de Nicaragua, una obra que, afortunadamente —esperemos— nunca llegará a realizarse por los daños ambientales que habría provocado.
Lo digo con mucha modestia: obtuve Mención Honorífica por ese trabajo y, entre otras cosas, viví tres meses en Nicaragua durante la investigación.
Los enanos y algunos más
—¿Bajo qué signo astrológico nace Andrea Fernández?
—Sagitario. Nací el 30 de noviembre, día de san Andrés. De ahí tomé el Andrea y me lo agregué a fuerzas. Hice todo el trámite legal necesario para incorporarlo sin cambiar mi nombre. En realidad me llamo Gloria María Andrea, igual que mi mamá.
Mi hermana mayor se llama Alma Teresa, aunque también se añadió otro nombre. Cuando nació, mi papá transmitía una pelea de box desde Estados Unidos y conoció a una persona llamada Terry. Al decirle mi mamá que la niña se llamaría Alma Teresa, respondió: «Perfecto: Alma Teresa ‘Terry’ Fernández». Desde entonces todos le dijimos Terry.
La siguiente fue Eva Patricia, nuestra Paty. Después nació Ángel Antonio. Mi mamá prácticamente se lo pidió a san Antonio porque ya habían llegado dos niñas y mi papá deseaba un hijo. De pequeño le decíamos Tony, aunque más tarde todos comenzaron a llamarlo Ángel, como a mi papá. Recuerdo que él llegó desde Nueva York al hospital llevando un guante de cátcher de beisbol para su hijo…
Luego nací yo y después el más pequeño, Armando Alonso José, mejor conocido como «Mando».
Éramos los cinco enanos del primer matrimonio. Después mi papá tuvo tres medios hermanos más con doña Lucrecia Gris: Aldo Ángel, Alí Nahum y Ary Amikar Fernández Gris.
En total fuimos ocho hermanos.
▶ El Centro Educativo Jardín Helena Espinosa Berea.
Primeros pasos
—Nosotros también fuimos cinco, Andrea: Fausto Francisco (que murió), Armando Augusto, Roberto Enrique (yo), Martha Leticia y Ricardo Alberto. Nos contaba mi mamá, Martha Leticia Padilla de Ponce Martínez, que la tuya le puso Armando a tu hermanito porque así se llamaba nuestro segundo hermano.
—Sí, se llamó Armando por tu hermano.

Mi hermana Terry iba con él al kínder al que asistimos todos, porque tu mamá le recomendó a la mía aquella escuelita maravillosa, el Brígida Alfaro, en la colonia Narvarte, llena de jardines y salones donde constantemente hacían festivales y reconocimientos para los niños. Todos fuimos muy felices allí.
También recuerdo otra escuela, el Centro Educativo Jardín Helena Espinosa Berea, que motivaba mucho el aprendizaje y la participación infantil.

Me contaba tu hermano Armando que el Brígida Alfaro estaba en las calles de Mier y Pesado, mientras nosotros vivíamos en Heriberto Frías. Su casa quedaba frente a la nuestra.
Éramos prácticamente una familia. Sabíamos que existía una especie de primo, que era tu hermano Armando.

Después mis papás se mudaron a otra casa porque, como decía el doctor: «En una casa más grande se van a enfermar menos». Ahí ya teníamos recámaras para las niñas, para los niños, otra para mis papás y un pequeño estudio para mi padre.
A partir de ese cambio dejamos de convivir tan de cerca con los Ponce
Palco en el Azteca para don Ángel Fernández
—Nuestros papás se conocieron en el periódico Excélsior…
—Tu papá, Fausto Ponce Sotelo, creo que llegó antes. Incluso pienso que le propuso al mío: «Vente para Excélsior». Don Ángel Fernández entró justo el mismo día que Julio Scherer y ahí todos hicieron carrera. No eran periodistas de formación, pero leían mucho, redactaban con solvencia y escribían impecablemente a máquina.
Mi papá, que era bastante hábil para salir adelante (carcajada), dijo que sabía inglés y que podía traducir los cables de información. Entonces fue a comprarse un diccionario inglés-español. Mi mamá le reclamó: «¿Pero cómo dijiste semejante mentira?». Me imagino que después tomó un curso, como te platiqué la semana pasada, y ahí conoció a la maestra Mabel —o Méybel—.
—¿Y siempre la llevaste bien con don Ángel Fernández?
—Afortunadamente sí. Lo admiré muchísimo. Fue un ser humano extraordinario.
Recuerdo una de las últimas veces que fui a cuidarlo al departamento donde vivía, en El Pedregal. Ya utilizaba silla de ruedas porque caminaba muy poco. Al pasar frente a un espejo se miró y me dijo:
—«Ay, mijita, ¡péiname! ¿Cómo voy a estar tan greñudo?»
Me dio mucha risa. Fue uno de los últimos destellos de esa vanidad tan característica suya.
Al poco rato llegó mi hermano Alí, a quien también le tocaba cuidarlo, y le dije:
—«¡Pero vístelo!»
Entonces salió muy arreglado y muy guapo.
El sueño del Palco Ángel Fernández
—En estos 48 años tuyos en la locución y cuando el próximo 2 de agosto de 2026 tu papá habría cumplido 101 años, ¿qué sigue para el Club de Admiradores de Ángel Fernández?
—Me gustaría que volviéramos a hacerle un homenaje. Tuvimos la fortuna de organizarle uno en vida y fue maravilloso, aunque muchas de las personas que participaron ya no están con nosotros.

Lo que más deseo es que el palco de transmisiones televisivas desde donde narró tantos partidos en el Estadio Azteca sea declarado oficialmente «Palco de Transmisión Ángel Fernández».
Nunca lo olvidamos. Durante el Mundial de Futbol su memoria volvió a hacerse presente de manera formidable. Cada mayo, el mes en que falleció, su voz vuelve a escucharse en la radio y la televisión. También reaparecen las películas en las que participó, porque hizo mucho cine.
Ojalá ocurra también este 2 de agosto.
¿Y yo?
Me gustaría retirarme cuando cumpla, al menos, medio siglo frente a un micrófono. Todavía tengo sueños y muchos proyectos desde la Universidad Nacional Autónoma de México, donde llevo 25 años trabajando.
Mi objetivo sigue siendo educativo. Trabajo con maestras y maestros para que las personas lean en voz alta, se apropien del lenguaje, recuperen las buenas palabras y fortalezcan una expresión oral cada vez más correcta.
Entonces Andrea Fernández hace una pausa y concluye con una frase que resume la herencia que recibió de su padre:
«Porque, Roberto: dime cómo hablas y te diré quién eres.»
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