Morir de tristeza en blanco y negro
El último trazo del arte antes de sucumbir a los encantos de la congoja

“He perdido amigos, algunos por la muerte…
otros por la pura incapacidad de cruzar la calle.”
(Virginia Woolf, Las olas)
Hay frases que parecen literatura hasta que la vida las confirma con un cuerpo. Hoy, día de mi cumpleaños, escribo desde una zona conocida, pero temida; esa en la que cerrar ciclos no siempre significa celebrar, sino mirar de frente lo que se ha ido y valorar lo que se nos ha concedido preservar de quienes permanecen, eso lo tomo con profunda gratitud, pero no dudaría si pudiera, en detener el tiempo y dejarlo como una foto perenne sin ausencias. En poco más de un año he perdido amigos, presencias, certezas, entre esas despedidas recientes está la de un amigo muy querido, un músico luminoso, cuya muerte me obligó a volver sobre una pregunta incómoda: ¿cuánta tristeza puede soportar una persona antes de que el cuerpo empiece a deteriorarse?
Inicio este guijarro con una canción de Jeff Mangum y Neutral Milk Hotel: “In the Aeroplane Over the Sea”.
Desde ahí escribo, desde ese lugar extraño llamado nostalgia, desde la introspección, desde ese punto donde la fe, la memoria y el cansancio se sientan a la misma mesa a tomarse un mezcal conmigo. No para hacer una elegía bonita, sino para pensar en artistas cuyas muertes quedaron asociadas a una tristeza profunda, a una pérdida, a una enfermedad, a un desgaste emocional o a una imposibilidad radical de seguir habitando el mundo como si nada.
Este guijarro hablará de quienes decidieron no continuar, y también de quienes fueron apagándose lentamente, hasta que la tristeza agravó el cuerpo, el ánimo, la voluntad o la salud. Se trata de mirar algo que solemos esquivar; la tristeza también enferma, también aísla, también rompe, también mata. Y en una época que presume sensibilidad mientras consume tragedias ajenas como contenido; detenernos a pensar en el peso que otros cargan, no debería parecer locura patética, debería ser una forma mínima de humanidad para poder curar a nuestra enferma sociedad, al menos con un poco de consciencia.
La niña del velo negro
Marjane Satrapi nació en Rasht, Irán, en 1969, y creció en Teherán durante la Revolución Islámica, esa convulsión histórica que convirtió a una generación entera en testigos de ejecuciones, desapariciones y demás horrores que una guerra siempre trae consigo. De esa infancia vigilada, de ese velo impuesto a los nueve años, de ese país que de pronto se volvió irreconocible, Satrapi hizo lo que podía hacer con lo avasallante; lo dibujó.
“Persépolis” nació como novela gráfica en Francia, donde ella vivió el exilio y se convirtió en un testimonio lúcido sobre su infancia en Irán, lo que significa crecer entre una revolución y una guerra, entre el miedo de los padres y la rabia propia, entre la identidad que te imponen y la que construyes a contracorriente. Dibujó en blanco y negro porque así es la memoria cuando duele, sin medias tintas. Después vinieron “Bordados”, “Pollo con ciruelas”, la película animada que llegó a Cannes. Pero “Persépolis” es la obra que la define porque es la obra donde Satrapi se dibujó a sí misma antes de saber quién iba a ser.
Satrapi nunca se declaró activista porque prefería decir que simplemente contaba historias honestas, pero el impacto político de su obra desmintió esa modestia con creces. Sobre “Persépolis” sería injusto decir que sólo narró una infancia bajo la Revolución Islámica; Marjane educó a una generación occidental que veía a Irán como abstracción lejana, violenta, problemática, y lo convirtió en el rostro de una niña en una familia liberal que le permitía ser, como sucedía en otras familias de su región, no representadas al mundo antes de su ópera prima.
Coordinó la obra colectiva y novela gráfica: “Mujer, Vida, Libertad”, tras el asesinato de Mahsa Amini ( joven iraní de origen kurdo, que fue arrestada y torturada por la policía religiosa islámica por no usar su hiyab correctamente, y este suceso desató diversas manifestaciones internacionales), publicada en 2023, reuniendo artistas y académicos para documentar la resistencia iraní contra el velo obligatorio y la represión.
En 2024 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades por su defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión. En el mismo año La Fundación Narges (de Narges Mohammadi, activista de derechos humanos iraní galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2023, mientras estaba encarcelada en Teherán), describió a Marjane como defensora intrépida del feminismo y de la resiliencia de las mujeres iraníes.
El 28 de febrero de 2026, un ataque atribuido por autoridades iraníes a Estados Unidos, cuya autoría sigue en disputa, destruyó una escuela primaria en Minab, al sur de Irán; 168 muertos, la mayoría niñas. Imagino que Satrapi lo supo, lo leyó, lo sintió, lo cargó sin su esposo presente, su sostén emocional, el actor, productor y guionista sueco Mattias Ripa (1972-2025), quien había muerto meses antes. La mujer que dibujó a la niña iraní que pudo ser libre, tuvo que ver (ahora sola), cómo las niñas iraníes morían en medio de una guerra absurda.
Marjane Satrapi murió el 4 de junio de 2026. El domingo 7 de junio, tres días posteriores al fallecimiento de Marjane, la selección iraní de futbol, llegó a Tijuana, México, con el #168 bordado en el pecho, un reclamo silencioso al mundo. Ella no pudo ver este suceso, seguramente lo hubiera dibujado, quizá mirar a los hombres de la selección de su país manifestarse de esa manera, le habría dado esperanza.
De Marjane, dijeron sus familiares que “la mató la tristeza”. No hubo al momento de conocerse la noticia más explicaciones, sólo esa frase antigua y desoladora: “Murió de tristeza”.
Leonard Cohen con, “Famous Blue Raincoat”, acompañará las siguientes líneas.
Morir de Tristeza en Blanco y Negro
La frase perturba porque parece metáfora, pero apunta a algo real y medible. La tristeza también causa o agrava diversas enfermedades. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de 720 mil personas mueren por suicidio cada año en el mundo. En México, el Inegi registró 8 mil 856 suicidios en 2024. Esa cifra no es sólo un dato, representa familias, amigos y comunidades tratando de entender lo que casi nunca tiene explicación.
La cultura, por su parte, no es un adorno menor, en 2024 aportó 2.8% del PIB nacional y generó más de 1.4 millones de puestos de trabajo. La contradicción es brutal: el país se beneficia del trabajo cultural, pero demasiados artistas siguen viviendo sin seguridad, continuidad ni protección. Y detrás de cada número hay también lo que no aparece en el registro; el cuerpo que se apaga antes del último día, la enfermedad que nadie pudo pagar, el desgaste que se instaló en el sueño, en la imposibilidad de contestar un mensaje o de simplemente cruzar la calle.
Alguna vez escuché decir que para vivir se necesitan “muchos huevos”, pero también supongo implica lo mismo para tomar una decisión distinta. Sin embargo, lo que me parece francamente escalofriante y casi imposible de sortear, sea sentir tanto la vida, sentirse tan ajeno a los demás, sentirse desprotegido y seguir sonriendo hasta que un día no se quiere fingir y tampoco preocupar por el “qué dirán”, hasta que un día los caminos se ven tan oscuros que pareciera imposible sostenerse.
Hay artistas que desde su pesar, antes de desaparecer, alcanzan a dejar una forma, un trazo, una piedra en el bolsillo, un “gracias a la vida” dicho desde el borde, una canción cantada con la garganta rota, una nota que todavía parece afinarse en la memoria de quienes lo amaron, y pese a haber sucumbido al encanto de la congoja, no es eso lo que prevalece en sus corazones, es amor humano sangrando, pidiendo detener la máquina del miedo, porque ellos ya no pueden sostener ese ritmo.
Gracias a la vida en blanco y negro
Violeta Parra no murió de un impulso, fue una acumulación de sucesos; la infancia con hambre y un padre alcohólico; la muerte de su hija Rosita Clara antes de poder crecer; los matrimonios tormentosos; el abandono de Gilbert Favre, el antropólogo suizo casi 20 años menor que ella, el amor que la hizo feliz y que se fue a Bolivia a casarse con otra; el sueño roto de su carpa La Reina, donde quiso fundar la universidad del folclore y el Estado la dejó sola; la depresión que la visitó toda la vida y que ya la había llevado a varios intentos de suicidio.
Pablo Neruda lo dijo con una precisión que quema la piel: “De cantar a lo humano y a lo divino, voluntariosa hiciste tu silencio, sin otra enfermedad que la tristeza.” Ella misma, en una de sus últimas entrevistas, dijo: “Me falta algo. No sé qué es. Lo busco y no lo encuentro. Seguramente no lo hallaré jamás”. El 5 de febrero de 1967, en su propia carpa, se quitó la vida a los 49 años, tras haber grabado Últimas composiciones, el disco donde estaba “Gracias a la vida”, esa canción que el mundo cantó como himno de alegría, sin entender que Violeta la escribió en el borde del dolor cruento del alma.
Alfonsina y el mar
Poeta argentina, suiza de nacimiento, criada entre San Juan y Rosario Argentina. Nacida en mayo de 1892 en Sala Capriasca, Suiza, murió el 25 de octubre de 1938 en Mar del Plata a los 46 años. Madre soltera en una época en que era una condena social. Se mantuvo sola desde los 14 años, fue costurera, corista, maestra y escritora. Fue una de las primeras voces feministas de la literatura latinoamericana cuando el feminismo no tenía ese nombre. Publicó su primer libro “La inquietud del rosal”, en 1916 y nunca dejó de escribir, aunque los intelectuales de su época la miraban con condescendencia. En 1938, según su nieto Guillermo Storni, “era más importante que Borges. Nadie se lo reconoció en vida con la misma generosidad con que se lo reconocieron después de muerta.”
Alfonsina Storni no llegó al mar por una angustia vaga, ni por desamor romántico como la leyenda prefiere contarlo, llegó cargando un cuerpo que ya no era el suyo del todo. En 1935 le habían extirpado un seno debido al cáncer de mama, y la mastectomía la dejó con cicatrices físicas y emocionales que nunca sanaron. La depresión, la paranoia y los ataques de nervios la acompañaban desde antes, pero después de la operación se recrudecieron hasta volverse insostenibles.
En enero de 1938 le confió a su hijo Alejandro, que el cáncer había vuelto y que no aceptaría otro tratamiento. Había perdido además a Horacio Quiroga, amigo íntimo y figura decisiva de su entorno literario, quien se suicidó en 1937, y meses después también se suicida Leopoldo Lugones; no necesariamente un amigo cercano, pero sí una presencia mayor del mismo mundo intelectual argentino. Aquella sucesión de muertes terminó de oscurecer el clima de una época en la que varios escritores parecían llegar al límite al mismo tiempo.
El 18 de octubre de 1938, Alfonsina tomó un tren a Mar del Plata, escribió “Voy a dormir” y lo envió al diario La Nación. El 25 de octubre, mientras el poema se publicaba, ella se entregó al mar desde la escollera del Club Argentino de Mujeres, su cuerpo apareció al amanecer en la orilla. A esta serie de suicidios se le nombro “triángulo de la desgracia”.
“Alfonsina y el mar”, canción compuesta por Ariel Ramírez (música) y Félix Luna (letra) en 1969.
Alfonsina Storni, enferma y cercada por sus propios límites, dejó “Voy a dormir”, ese poema que parece pedir descanso con una dignidad que se sostiene con alfileres en el estoicismo. No hay que convertir su muerte en leyenda marina para turistas del dolor, es mejor leerla como lo que fue: Una mujer inmensa que puso en palabras una despedida cuando su enfermedad ya no le ofrecía orilla.
Dientes de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme puestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados. / Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. / Ponme una lámpara a la cabecera, una constelación, la que te guste, todas son buenas; bájala un poquito. / Déjame sola: oyes romper los brotes, te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases para que olvides. / Gracias… / Ah, un encargo, si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido…
Las olas de Virginia
Virginia Woolf nació el 25 de enero de 1882 en Londres y murió el 28 de marzo de 1941 en Lewes, Inglaterra. Tenía 59 años. No fue una muerte súbita ni incomprensible; fue el desenlace de una vida entera lidiando con episodios, de lo que hoy algunos biógrafos y especialistas han nombrado “trastorno bipolar”. Padecía crisis que la tumbaban semanas, escuchaba voces, tenía periodos de oscuridad total seguidos de una lucidez feroz que la motivaban a escribir compulsivamente. Había intentado suicidarse antes, y en marzo de 1941, sintiendo que otra crisis se acercaba, aterrada de no poder sostenerse ni sostener a su esposo Leonard, llenó los bolsillos de su abrigo con piedras, y caminó hacia el río Ouse, cerca de su casa en Rodmell. Dejó dos cartas, una para su hermana Vanessa y otra para Leonard:
“Querido, / Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Siento que no podemos volver a pasar por esos momentos terribles. Y esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. / Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. / Me has brindado la mayor felicidad posible. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que alguien podría ser. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices hasta que llegó esta terrible enfermedad. / Ya no puedo luchar más. / Sé que te estoy arruinando la vida, que sin mí podrías trabajar.
Y sé que lo harás. Verás, ni siquiera puedo escribir esto bien. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido muy paciente conmigo y te has portado increíblemente bien. Quiero decirlo; todo el mundo lo sabe. / Si alguien hubiera podido salvarme, habrías sido tú. Lo he perdido todo, excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que hemos sido nosotros.”
Su cuerpo no fue encontrado hasta tres semanas después. Bajo esta circunstancia comprendemos a profundidad esta frase de su libro “Las Olas”:
“He perdido amigos, algunos por la muerte… otros por la pura incapacidad de cruzar la calle.”
Esa frase es utilizada en la actualidad por algunos psicólogos, como una de las definiciones más exactas de la depresión.
Los títulos más representativos de la literatura de Woolf son: “La señora Dalloway” (1925), un solo día en la vida de una mujer, la consciencia como río. “Las olas” (1931), su obra más experimental y cercana a la poesía. “Una habitación propia” (1929), el texto fundacional del feminismo literario: para escribir, una mujer necesita dinero y un cuarto para ella sola.
Anillo de fuego
Johnny Cash murió oficialmente por complicaciones de una enfermedad física (diabetes), su final quedó enlazado en la memoria a la muerte de June Carter (su esposa), ocurrida meses antes.
June Carter Cash nació el 23 de junio de 1929 en Maces Spring, Virginia, en el seno de la familia Carter, dinastía fundadora de la música country americana. Cantante, compositora, actriz, comediante, cinco veces ganadora del Grammy. Ella escribió “Ring of Fire” en 1963, una canción que describe el amor como un círculo de fuego del que no puedes salir, pensando en Johnny Cash, con quien todavía no se había casado y a quien ya amaba. Se casó tres veces, primero con el cantante Carl Smith, luego con Edwin “Rip” Nix, y finalmente con Cash en 1968, después de que él le pidiera matrimonio en público durante un concierto en Ontario, Canadá.
June lo sostuvo durante las adicciones, las recaídas, los abismos. Sacrificó su propia carrera para que la de él no se derrumbara del todo. Murió el 15 de mayo de 2003 en Nashville, a los 73 años, por complicaciones de una operación a corazón abierto. Antes de morir le dijo a Johnny que siguiera trabajando y grabando. Durante un concierto, poco después de su muerte, Cash leyó desde el escenario unas palabras que había escrito para ella antes de salir. Su voz ya no era la misma:
“El espíritu de June Carter me eclipsa esta noche con el amor que sentía por mí, y el amor que yo tengo por ella. Nos conectamos en algún lugar entre este lugar y el cielo. Ella bajó para una corta visita, creo, desde el cielo para visitarme esta noche y darme coraje e inspiración, como siempre ha hecho. Nunca ha sido nada más que coraje e inspiración para mí. Le doy gracias a Dios por June Carter. La amo con todo mi corazón. Me gustaría cantar una canción que ella escribió y de la que estaba sumamente orgullosa.”
Cash murió el 12 de septiembre de 2003, cuatro meses después que June. La causa oficial fue diabetes. La lectura simbólica fue inevitable. No hace falta falsear la causa médica para entender la dimensión de lo que pasó, comenzó a apagarse antes del último día. Cash plasmó en sus últimas grabaciones una voz cavernosa, como si la garganta ya no le perteneciera al cuerpo, presagiando la pérdida.
Así con esta canción de Trent Reznor “Hurt”, lo recordamos.
Así habló Nietzsche
Y entonces, llega hasta mí como una piedra negra arrojada a mitad del pensamiento; Nietzsche.
Nietzsche no murió de tristeza, pero hay una escena que lo persigue como si hubiera sido escrita por ella:
Turín, 1889, un caballo azotado en la calle, el filósofo corre hacia él, lo abraza, le pide perdón y se desploma. Después vendrían 11 años de silencio total, dependencia y deterioro. No importa si esto ocurrió exactamente como lo cuentan, la cultura la ha conservado como una parábola brutal de aquél hombre que es recordado ingratamente más por el concepto del “Superhombre”, que por sus textos sobre la libertad y el amor. Así es, el hombre que anunció la muerte de Dios, no soportó ver el sufrimiento de un animal.
Entre su literatura más importante encontramos títulos como: “Así habló Zaratustra” (1883-1885), donde invita a amar al lejano, al futuro, al potencial del humano por construir: “Más allá del bien y del mal” (1886), expone que el bien y el mal son una construcción social que no permite al individuo desarrollar su propio sentido de la vida para lograr la grandeza.
“La gaya ciencia” (1882), en este libro aparece el amor fati, amar lo que es, incluso lo que duele. La doctora en filosofía y psicología Hilda Salmerón catedrática de la UNAM. escribió un libro que se llama “Más allá de la estética: Ética y ontología de la existencia y el arte de vivir en la filosofía de Nietzsche”, donde Salmerón rastrea el concepto de arte desde los griegos y su visión dionisíaca de la existencia ( la vida como tragedia que vale la pena vivir de todas formas), y desde ahí construye una ética nietzscheana, centrada en cuatro ejes fundamentales: El espíritu libre, el amor fati, el eterno retorno y las etapas del individuo que busca su propia libertad.
Su tesis central es que la voluntad de poder no es dominación sobre otros, sino la fuerza que te permite ser quien eres, sin lloriquear ante la desgracia. Vivir como guerrero, aunque tu talla sea insignificante. Decir sí a la vida, incluso cuando la vida es (en palabras del propio Nietzsche que ella cita), una mierda.
El violinista
Alex Fernández Figueroa nació el 25 de agosto de 1980 y murió el 10 de junio de 2026. Al parecer un paro cardiaco lo alcanzó mientras dormía. La frase tiene una quietud insoportable; dormir, ese pequeño ensayo de la muerte, y ya no regresar.
Alex era violinista, pero decirlo así es poco, casi una injusticia. Era uno de esos músicos capaces de abrir una canción por dentro, de escuchar lo que todavía no existía y convertir un arreglo en respiración. Estudió en el Conservatorio de las Rosas, en Morelia. Después atravesó escenas teatrales, proyectos, giras, conciertos, ensayos, grabaciones, improvisaciones y afectos.
Tocó con Jaramar Soto, con quien colaboró en los arreglos de “Memoria, el tiempo circular”, con “A Campo Traviesa”, de Manuel Ugarte Arce; con Marcos Miranda, Xavier Quirarte, La Forja, con Manuel Mejía Armijo, Deborah Silberer, Adriana Camacho, Itzam Cano y otros artistas. En su paso por el Jazzorca descubrió en la improvisación libre un territorio propio: ahí el músico ejecuta y empieza a pensar en tiempo real. Ahí su violín encontró nuevos poderes interpretativos. Su último proyecto personal fue B-SIDES TRÍO.
Lo conocí hace casi 15 años. Tocó en mi “Ensamble Brujo” durante varios años. Y hay algo que sé de Alex, que no se aprende sólo escuchándolo, sino compartiendo con él un escenario, una gira o una tarde de ensayo. Tenía esa sensibilidad que en el escenario parece don y en la vida cotidiana puede volverse desventaja. Era amable, intenso, temperamental; capricho y técnica, voluntad y pasión. Un músico de enorme inteligencia emocional y sonora, pero también un ser humano que buscaba pertenecer. Quería ser libre, quería un lugar donde el arte no fuera souvenir, donde la empatía no pareciera lujo, donde su talento no tuviera que pedir perdón por existir. Soñaba con irse a Canadá, quizás a una sociedad menos cruel, menos acostumbrada a convertir la sensibilidad en rareza y el virtuosismo en servicio barato.
También fue maestro. Enseñó violín, trabajó en academias de música, dio clases particulares y formó a otros. Y ahí aparece la paradoja brutal del artista mexicano. Un virtuoso puede tocar con grandes proyectos, sostener obras ajenas, enseñar, crear, acompañar, levantar escenarios enteros, y aun así no tener garantizada una vida tranquila. Alex cargaba padecimientos físicos importantes desde joven. También cargaba algo más difícil de nombrar; una necesidad profunda de tribu, de amor, de continuidad, de un espacio donde no tuviera que demostrar todo el tiempo por qué valía la pena quedarse. No hace falta convertir su vida íntima en recurso para entender lo esencial. Como tantos artistas, vivió entre el talento, la desventaja, la enfermedad y la búsqueda de una red que alcanzara a comprenderlo, pues como todo genio, también fue complejo.
Alex Fernández Figueroa no cabe en la palabra ausencia. Hace unos días se fue mi amigo y gran colaborador; un músico de sensibilidad extraordinaria, virtuoso, armónico, estoico y volátil, con ese humor sardónico que también era parte de su inteligencia. Durante varios años unió su talento al nuestro, creamos, viajamos, ensayamos, discutimos, nos peleamos, nos domesticamos y construimos una amistad de esas que no se explican con la mente, tan sólo se sienten por dentro y al desprenderse desgarran profundo.
Cierro dedicando un breve homenaje en este guijarro, en el que definitivamente no debería estar Alex, pero quiero despedirlo de manera pública en mi columna. Les dejo la única pieza que grabamos en solitario, un proyecto que existió como fue nuestra amistad, como fuimos juntos, un testimonio de amor vertido en arte, como todo lo que importa “incompleto y verdadero”.
Fado de Santa Catarina Poema: Vasco Graça Moura / Música: Fontes Rocha
Intérpretes: Iris Bringas (voz), Alex Fernández Figueroa (violín de cinco cuerdas y arreglo musical)
Hasta el siguiente guijarro, no sin antes decir que este texto no quiere dejar al lector en la belleza del desastre. Si alguien que lee esta columna, siente que la tristeza ya no es tristeza sino encierro; si la vida pesa más que el cuerpo; si no puede dormir, comer, trabajar, levantarse o imaginar un mañana; si siente que cruzar la calle se ha vuelto una tarea imposible: no debe quedarse a solas con eso. Pedir ayuda no es debilidad, es una forma de interrumpir la caída. En México existe la Línea de la Vida: 800 911 2000, disponible las 24 horas. También está el 911 para emergencias. Hablar con alguien, acudir a un servicio de salud mental, decirle a una persona cercana “no estoy bien” puede ser la diferencia entre una crisis y una ausencia. Hasta la próxima.
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