
Stephen King creyó que aquella historia había muerto.
Había escrito unas cuantas páginas sobre una muchacha llamada Carrie. Las leyó, dudó de ellas y finalmente las arrancó de la máquina de escribir. Las hizo a un lado y las arrojó al bote de basura.
Para él, era un fracaso más.
Pero su esposa, Tabitha, encontró las páginas.
Las sacó del bote y las extendió sobre la mesa.
Stephen volvió a mirarlas.
En su imaginación, las hojas comenzaron a arder.
Entre las llamas apareció Carrie.
Después apareció su madre.
Después, los jóvenes que se burlaban de ella.
Y Stephen comprendió que aquella historia hablaba de algo más profundo: del miedo, de la humillación, de la soledad y de la violencia que puede esconderse detrás de una persona aparentemente común.
Entonces regresó a la máquina de escribir.
Y mientras escribía, comenzaron a aparecer otros personajes.
Un hombre encerrado en un hotel.
Un payaso esperando en una alcantarilla.
Una mujer obsesionada con su escritor favorito.
Un pistolero caminando hacia una torre.
Stephen comenzó a comprender que sus personajes no llegaban desde afuera.
Nacían de sus propios recuerdos, sus miedos, sus obsesiones y sus preguntas.
Carrie terminó convirtiéndose en su primera novela publicada.
Después llegaron El resplandor, It, Misery, The Stand y muchas otras historias.
Pero todo había comenzado con unas páginas que estuvieron a punto de desaparecer en un bote de basura.
Y aquella noche, mientras volvía a escribir, Stephen King descubrió algo que lo acompañaría durante toda su carrera:
a veces una historia no muere cuando la abandonamos; simplemente espera a que alguien tenga el valor de rescatarla.
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