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Te falta barrio… II

El mundo cabe en un barrio

Boris Berenzon Gorn Por Boris Berenzon Gorn
21 de julio de 2026
En Opinión, Rizando el Rizo
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El mundo cabe en un barrio. Segunda parte del serial de Rizado el Rizo, Boris Berenzon. AMEXI/Foto: RRSS (Archivo)

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  • Amexi se complace en publicar este serial de tres partes del doctor Boris Berenzon Gorn, aquí está la segunda parte donde encontraran las raíces del barrio y el corazón de la gente.
Boris Berenzon Gorn
Boris Berenzon Gorn. Colaborador Amexi

Las ciudades tienen una extraña obsesión por crecer. Confunden el tamaño con el progreso, la altura con el desarrollo y el número de carriles con la civilización.

Construyen rascacielos, segundos pisos, centros comerciales, corredores financieros y complejos residenciales con nombres extravagantes —»Vista Esmeralda», «Bosques del Cielo», «Urban Life Experience«— aunque no exista un solo bosque, ninguna vista y mucho menos experiencia urbana. Mientras tanto, casi sin que nadie lo advierta, desaparece aquello que hizo posible la ciudad desde el principio: el barrio.

No es una exageración. Las grandes metrópolis del siglo XXI están llenas de habitantes y cada vez más vacías de vecinos. Nunca hubo tantas personas viviendo juntas y, paradójicamente, nunca fue tan fácil pasar años enteros ignorando quién habita al otro lado de la pared. La historia urbana comenzó exactamente al revés.

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Las grandes metrópolis del siglo XXI están llenas de habitantes y cada vez más vacías de vecinos
Las grandes metrópolis del siglo XXI están llenas de habitantes y cada vez más vacías de vecinos. AMEXI/FOTO/ Especial

Las primeras ciudades de Mesopotamia, Egipto, China o Mesoamérica no crecieron como un conjunto uniforme de edificios. Se organizaron en pequeñas comunidades unidas por el agua, el templo, el mercado, el oficio o el parentesco.

Antes de existir una ciudad existían pequeños mundos donde todos sabían quién era el alfarero, quién cultivaba la tierra, quién organizaba las ceremonias y quién resolvía los conflictos cotidianos.

Las grandes civilizaciones fueron, antes que otra cosa, una suma de barrios. Con el paso de los siglos cambiaron los nombres, pero no la lógica.

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¿Cómo crecieron los barrios?

En el mundo islámico aparecieron las mahallas, donde la mezquita, el café y la plaza organizaban la vida cotidiana. En la Europa medieval los barrios crecieron alrededor de gremios, iglesias, talleres y mercados. Había calles de herreros, curtidores, comerciantes, panaderos y artesanos.

Cada una desarrolló una personalidad propia, una manera de hablar y hasta una forma particular de entender el mundo. Mucho antes de que existiera la palabra identidad, ya existía el orgullo de pertenecer a una calle.

En América Latina ocurrió algo todavía más interesante. Nuestras ciudades nunca fueron completamente españolas ni completamente indígenas. Fueron el resultado de una negociación permanente entre dos formas distintas de habitar el espacio.

Las trazas coloniales convivieron con antiguos calpullis, pueblos originarios, barrios indígenas y comunidades artesanales que sobrevivieron durante siglos adaptándose sin desaparecer del todo.

Por eso recorrer ciudades como Oaxaca, Puebla, Guanajuato o la Ciudad de México es caminar sobre varias épocas al mismo tiempo. Cada barrio guarda una cronología distinta. Basta cruzar unas cuantas calles para cambiar de siglo. Eso explica por qué el barrio nunca es solamente una división administrativa. Es una forma de recordar.

Fiesta y tradición Oaxaca
Municipio de Santiango Textitlán, en Oaxaca. AMEXI/Foto: Cortesía

El barrio conserva el pasado en tradiciones, oficios y fiesta

Los historiadores solemos buscar el pasado en archivos, manuscritos y documentos oficiales. El barrio lo conserva de otra manera. En una receta. En una fiesta patronal. En un oficio. En un apodo. En una canción. En una forma particular de pronunciar las palabras.

La memoria colectiva rara vez vive donde los gobiernos creen que vive. No habita exclusivamente los museos. Habita las personas. Y las personas suelen vivir en barrios.

Quizá por eso algunos de los espacios más extraordinarios del mundo no son necesariamente los más monumentales. Harlem no cambió únicamente la historia de Nueva York; transformó la música del siglo XX.

La Boca terminó convirtiéndose en uno de los símbolos culturales de Buenos Aires mucho antes de aparecer en las guías turísticas. Las comunas de Medellín demostraron que una biblioteca podía convertirse en una herramienta de paz.

Las favelas de Río produjeron algunas de las expresiones musicales más influyentes del planeta mientras el resto de la ciudad insistía en definirlas únicamente como un problema urbano.

Los hutong de Pekín enseñaron durante siglos que la arquitectura también podía ser una conversación. En Marrakech los zocos siguen funcionando como una gigantesca red social donde las noticias viajan más rápido que las mercancías.

En Nápoles basta tender la ropa entre dos balcones para iniciar una conversación colectiva. Y en Lisboa hay calles donde todavía parece posible escuchar el eco de generaciones enteras conversando desde las ventanas.

Cada ciudad posee barrios distintos. Pero todos terminan pareciéndose sorprendentemente. Porque un barrio nunca se define por sus edificios. Se define por la velocidad de los saludos.

¿La gentrificación amenaza a los barrios?

Hay ciudades donde la gente tarda cinco minutos en recorrer una cuadra porque debe detenerse a conversar con media docena de personas. Y existen otras donde cientos de individuos atraviesan diariamente la misma calle sin levantar la mirada del teléfono. La diferencia parece pequeña. En realidad, separa dos formas completamente distintas de entender la civilización.

Sin embargo, los barrios enfrentan hoy un enemigo mucho más sofisticado que las antiguas murallas o los incendios. Se llama gentrificación. Es una palabra elegante para describir un fenómeno bastante menos elegante.

Todo comienza cuando un barrio conserva aquello que el resto de la ciudad ya perdió: comercios pequeños, arquitectura antigua, mercados tradicionales, vida callejera, cafés modestos, artistas, estudiantes, talleres, diversidad social.

Entonces llegan los inversionistas. Descubren que ese lugar posee «autenticidad«. Y comienza el milagro inmobiliario. Los alquileres aumentan. Los pequeños negocios desaparecen. Llegan cafeterías donde un café cuesta lo mismo que antes costaba la comida de una familia completa.

Las panaderías se convierten en galerías. Los talleres mecánicos se transforman en espacios de coworking. Las vecindades aparecen rebautizadas como «lofts industriales». Y quienes construyeron la identidad del barrio terminan mudándose porque ya no pueden pagar el privilegio de vivir en el sitio que ellos mismos hicieron interesante. Pocas ironías resultan tan crueles.

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La gentrificación amenaza la vida de los barrios. AMEXI/Foto: Sebastian Odriozola

La cultura se convierte en decoración…

El mercado descubre el valor cultural del barrio justo cuando comienza a destruirlo. La cultura se convierte en decoración. El patrimonio deja de ser una forma de vida para transformarse en estrategia de mercadotecnia.

El visitante llega buscando autenticidad. Y encuentra una versión cuidadosamente empacada para turistas.

Sucede en Ciudad de México. Sucede en Barcelona. Sucede en Lisboa. Sucede en Berlín. Sucede prácticamente en todas las grandes ciudades del planeta. Paradójicamente, cuanto más global se vuelve el mundo, más parecidos comienzan a ser sus centros urbanos.

Uno puede desayunar el mismo café de cadena internacional en Tokio, Londres, Bogotá o Monterrey. Lo difícil es encontrar una tienda donde todavía el propietario recuerde el nombre del cliente. Y ahí reside una diferencia fundamental. El barrio nunca vendió experiencias. Produjo pertenencia. La pertenencia no puede comprarse. Debe construirse lentamente. Durante años. A veces durante generaciones.

¿Y qué pasa con la modernidad?

La modernidad, sin embargo, desconfía del tiempo largo. Prefiere las soluciones inmediatas. Los vínculos rápidos. Las amistades instantáneas. Las comunidades digitales. Las ciudades inteligentes. Todo parece extraordinariamente eficiente. Hasta que ocurre una inundación. Un terremoto. Una pandemia. Un apagón.

Entonces descubrimos algo que las antiguas comunidades nunca olvidaron. La tecnología puede conectar dispositivos. Los barrios conectan personas. Durante la pandemia aparecieron miles de ejemplos silenciosos.

Vecinos que hacían compras para adultos mayores. Jóvenes que organizaban redes de medicamentos. Pequeños comercios que siguieron fiando. Médicos improvisando consultas. Cocinas colectivas. Bibliotecas vecinales. Huertos urbanos. La solidaridad no nació con la crisis. Simplemente volvió a hacerse visible. El barrio seguía allí. Esperando que alguien recordara su existencia.

Tal vez el siglo XXI necesite volver a pensar el barrio no como un residuo del pasado, sino como una posibilidad de futuro.

Durante décadas imaginamos que el progreso consistía en independizarnos cada vez más de los demás. Automóviles individuales. Casas individuales. Pantallas individuales. Entretenimiento individual. Trabajo individual. Compras individuales. Terminamos descubriendo una verdad bastante incómoda. La independencia absoluta suele parecerse demasiado a la soledad. Y ninguna sociedad ha logrado sobrevivir únicamente gracias a individuos perfectamente aislados.

¿Qué necesitan las ciudades?

Las ciudades necesitan volver a producir comunidad. No por nostalgia. Por supervivencia. Eso implica recuperar mercados, parques, plazas, banquetas, bibliotecas, centros culturales, pequeños comercios, árboles, conversaciones y espacios donde la gente pueda encontrarse sin necesidad de consumir algo.

Las mejores ciudades del futuro quizá no sean las más automatizadas. Serán aquellas donde todavía resulte posible caminar unas cuantas cuadras y sentir que alguien conoce nuestro nombre.

Porque la verdadera inteligencia urbana jamás consistió en instalar más cámaras de vigilancia. Consistió en construir confianza. No en llenar las calles de sensores. Sino de personas. No en producir datos. Sino memoria. No en multiplicar edificios. Sino encuentros.

Al final, el barrio representa la última resistencia frente a una época que insiste en convertirlo todo en mercancía. Resiste porque todavía conserva una economía del favor. Una ética del saludo. Una política de la cercanía. Una filosofía de la conversación. Y una certeza profundamente humana: nadie construye solo una ciudad. Quizá por eso, cuando un barrio desaparece, no sólo perdemos un conjunto de calles.

El barrio mucho más que un lugar

Perdemos una manera de aprender la solidaridad sin discursos, la diversidad sin manuales y la democracia sin necesidad de pronunciar esa palabra. Perdemos una forma de reconocernos. Porque el barrio siempre fue mucho más que un lugar. Fue la escala donde la humanidad aprendió a convivir.

Y tal vez sea también la única escala capaz de recordarnos que el futuro de las ciudades no dependerá únicamente de la inteligencia artificial, del urbanismo o de la economía.

Dependerá de algo mucho más antiguo y mucho más frágil. De nuestra capacidad para seguir llamando vecino a alguien antes de llamarlo usuario. Quizá ahí resida la última esperanza de las ciudades.

No en construir metrópolis cada vez más espectaculares. Sino en conservar esos pequeños territorios donde todavía alguien golpea la puerta para pedir un poco de azúcar, preguntar cómo amaneciste o simplemente sentarse unos minutos a conversar mientras cae la tarde. Porque cuando desaparece el barrio, la ciudad sigue existiendo. Pero deja de parecerse a un hogar.

 

  • El contenido de este artículo refleja exclusivamente la opinión y responsabilidad de su autor. Las ideas, afirmaciones y conclusiones aquí expresadas no representan la postura oficial ni la línea editorial de la agencia AMEXI, que mantiene independencia y neutralidad en sus publicaciones.

 

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